Ella lo obligó a casarse. Él hará que se arrepienta de haberlo conseguido.
Alexander Ríos tenía poder, fortuna y un solo amor: Andrés. Pero una conspiración lo llevó al altar con Ángela Casamayor, la mujer que más odiaba. Ella creyó haber conquistado al heredero. Sin embargo, Alexander tiene sus propias reglas para aquel matrimonio: convertir la vida de su esposa en una guerra donde el amor no tendrá cabida y la venganza será apenas el comienzo.
¿Qué sucede cuando la mujer que consiguió todo lo que quería descubre que su mayor victoria será también su peor castigo?
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El monstruo que aprendió a sonreír
Hay monstruos que nacen de la oscuridad y hay otros que nacen en habitaciones demasiado iluminadas. Ángela Ríos pertenecía a los segundos.
Nadie habría podido señalar el momento exacto en que dejó de ser una niña y comenzó a convertirse en aquello que años después haría temblar a hombres mucho más poderosos que ella. Quizá fue cuando descubrió que llorar hacía que los adultos cedieran. Quizá cuando comprendió que una sonrisa conseguía más que una súplica. O quizá ocurrió mucho antes. Cuando todavía era demasiado pequeña para entender que el amor no debía medirse por la cantidad de cosas que alguien estaba dispuesto a concederte.
En la mansión Casamayor, Ángela nunca escuchó la palabra no. Su padre se encargó de que así fuera. No porque fuera un hombre particularmente cariñoso. Todo lo contrario. Era agudo, frío, calculador y obsesionado con el apellido, pero Ángela era su única hija. Su princesa. La heredera. La niña que había llegado después de años de médicos, tratamientos y desesperación. Así que convirtió el cariño en una forma de adoración. Cada capricho era satisfecho. Cada error era justificado. Cada travesura era atribuida a su inteligencia.
-Mi hija simplemente sabe lo que quiere.
Eso decía su padre y los adultos a su alrededor asentían. Hasta que Ángela descubrió algo mucho más poderoso: siempre podía conseguir lo que quería y cuando no podía conseguirlo… podía destruir aquello que se interpusiera en su camino. La primera vez que lo hizo tenía nueve años. Una compañera de colegio se negó a prestarle una muñeca. Ángela no lloró. No gritó. No se enfadó. Simplemente esperó. Dos días después, la niña fue acusada de haber robado dinero de una profesora. La evidencia parecía perfecta. Una nota escrita con su letra. Un sobre escondido entre sus pertenencias. Tres compañeros dispuestos a declarar que la habían visto cerca del escritorio. La expulsaron. Ángela jamás volvió a hablar del asunto. Aquella noche, mientras cenaba, su padre le preguntó.
-¿Estás contenta princesa? -ella levantó los ojos. Sonrió.
-Mucho, pero quiero específicamente esa muñeca. -su padre sonrió también.
-La tendrás mañana en tu cuarto de juegos.
El señor Casamayor no había entendido lo que acababa de crear. Ángela sí. Un monstruo despiadado. Ella acababa de descubrir que destruir a alguien podía ser tan sencillo como conocer exactamente dónde presionar y desde entonces empezó a estudiar a las personas. No los libros. No las matemáticas. No la política. A las personas. Aprendió qué palabras hacían llorar a una mujer. Qué silencios hacían dudar a un hombre. Qué secretos podían romper una familia. Qué inseguridades convertían a una persona orgullosa en un animal desesperado. Aprendió a observar y sobre todo, aprendió a esperar.
A los dieciséis años ya podía mantener una conversación con alguien durante diez minutos y salir de ella sabiendo cuál era su mayor miedo. A los veinte, sabía cuál era el de casi todos los hombres que entraban en una habitación, pero había algo todavía más peligroso. Ángela no necesitaba odiar a alguien para hacerle daño. A veces ni siquiera necesitaba una razón. Le bastaba con aburrirse. Alexander Ríos apareció en su vida cuando Ángela ya había aprendido que el mundo estaba dividido en dos clases de personas:
las que podían ser utilizadas… y las que todavía no habían descubierto que podían serlo. Alexander pertenecía a la segunda categoría y eso la fascinó.
No porque fuera especialmente amable. Ni porque fuera el hombre más hermoso que hubiera visto. Ni siquiera porque fuera difícil de conquistar. Lo que llamó su atención fue algo mucho más sencillo. Alexander no le tenía miedo. La primera vez que discutieron, él no retrocedió. La segunda, tampoco. La tercera, se marchó. Sin pedir permiso. Sin disculparse. Sin mirar atrás. Ángela permaneció inmóvil en mitad del salón. Aquello no le había sucedido jamás. Nadie se marchaba de Ángela Casamayor. La gente podía odiarla. Podía criticarla.
Podía incluso intentar enfrentarse a ella, pero tarde o temprano regresaba. Alexander no y aquello convirtió la curiosidad en obsesión.
No quería simplemente tenerlo. Quería demostrar que podía tenerlo. Quería verlo regresar por voluntad propia. Quería que aquel hombre que había sido capaz de darle la espalda terminara mirándola como si ella fuera el centro de su universo y cuando comprendió que Alexander jamás lo haría de aquella manera… Ángela cambió de estrategia. Si no podía conseguir su amor… conseguiría su vida. Su apellido. Su libertad. Su futuro. Su matrimonio. No necesitaba que Alexander la quisiera. Necesitaba que no pudiera escapar y ahí comenzó la verdadera guerra.
Ángela no lo sedujo. Eso no tenía casó con él. Lo cercó financieramente. No le ofreció una elección. Le ofreció alternativas que parecían elecciones hasta que uno comprendía que todas terminaban en el mismo lugar. Ella. El matrimonio. La derrota. Cuando finalmente Alexander aceptó convertirse en su esposo, Ángela no sintió felicidad. Sintió satisfacción. Una satisfacción fría. Casi científica. Había demostrado su teoría. Había tomado aquello que no podía obtener voluntariamente y lo peor era que Alexander lo sabía. Por eso jamás hubo verdadera victoria. Porque un hombre sometido no es un hombre conquistado y Ángela, en el fondo, necesitaba que Alexander la eligiera. Ese era el único detalle que su inteligencia no podía fabricar. Por eso comenzó a castigarlo. Por eso cada humillación se volvió más sofisticada. Cada provocación más cruel. Cada golpe más preciso. Porque cuanto más evidente se hacía que Alexander la detestaba, más desesperadamente necesitaba destruir aquello que no podía obtener: su indiferencia.
Dimitri era diferente. Alexander había sido un desafío. Dimitri era un experimento. Con Alexander, Ángela quería demostrar que podía poseer. Con Dimitri quería descubrir cuánto podía soportar un hombre antes de romperse. Había algo en él que la irritaba. Dimitri no la admiraba. Tampoco la temía. Hasta podía jurar que la odiaba y peor todavía… la comprendía. No completamente, pero lo suficiente.
Él veía las pequeñas grietas detrás de su perfección. Notaba cuándo una sonrisa era falsa. Cuándo estaba verdaderamente furiosa. Cuándo una provocación escondía inseguridad y Ángela odiaba sentirse observada.
Así que empezó a jugar con él. No porque quisiera enamorarlo. Eso habría sido demasiado sencillo a pesar de su aparente homosexualidad. No, ella deseaba convertirse en su obsesión. Quería que pensara en ella cuando despertara. Cuando trabajara. Cuando estuviera solo. Quería instalarse en su cabeza. Convertirse en una presencia imposible de expulsar. Por eso nunca lo atacaba donde él esperaba. Si Dimitri estaba preparado para una humillación, ella le daba una cortesía impecable. Si esperaba una discusión, Ángela sonreía. Si creía haber ganado una batalla, ella simplemente decía.
-¿Eso era todo? -y se marchaba.
Era un juego de ajedrez en el que las piezas eran personas y Ángela disfrutaba especialmente de las partidas en las que su adversario creía estar ganando. Porque entonces podía quitarle todo de una sola vez, pero Dimitri tenía algo que Alexander no parecía tener. Paciencia. Él también sabía jugar y eso hacía que Ángela quisiera llevarlo cada vez más lejos. Hasta descubrir quién sería el primero en cometer un error. Lo terrible de Ángela no era que fuera cruel. La crueldad podía ser impulsiva. Lo verdaderamente aterrador era que ella podía ser también muy paciente.
Podía pasar semanas preparando una venganza. Podía fingir indiferencia durante meses. Podía permitir que alguien creyera que había escapado y después aparecería con una sonrisa perfecta y una frase cuidadosamente escogida. Siempre sabía dónde dolía. Siempre. Porque llevaba toda la vida estudiando a las personas. Se graduó incluso en la universidad en Licenciatura en Psicología, pero había una verdad que Ángela todavía no había aprendido. Conocer las heridas de alguien no significa tener derecho sobre ellas y convertir el amor en posesión no lo convierte en amor.
Ella todavía no lo comprendía. Porque nadie se lo había mostrado. Su padre le había enseñado que podía obtenerlo todo. La sociedad le había enseñado que su belleza podía abrir puertas. Su inteligencia le había demostrado que podía manipular personas y sus propias victorias le habían hecho creer que las consecuencias siempre eran para los demás. Hasta que Alexander apareció. Hasta que Dimitri decidió no apartarse. Hasta que, por primera vez, dos hombres comenzaron a jugar contra ella sin aceptar sus reglas.
Ángela todavía no sabía que el monstruo que había creado durante años tenía un defecto. Uno pequeño. Casi invisible, pero fatal. Estaba jugando contra personas que no querían ganar. Querían sobrevivir a ella y un hombre que lucha por sobrevivir… puede llegar a hacer cosas que un hombre que lucha por ganar jamás se atrevería a hacer. Ángela sonrió frente al espejo aquella noche. La misma sonrisa perfecta. Los mismos ojos hermosos. La misma mujer que todos admiraban, pero detrás de aquel reflejo había algo que nadie había querido mirar demasiado de cerca. Una niña que había aprendido demasiado pronto que podía conseguir amor comprándolo. Una adolescente que descubrió que podía reemplazarlo por poder y una mujer que, después de tantos años, ya no sabía distinguir entre ser amada… y ser obedecida.
Por eso convirtió su vida en un campo de batalla. Por eso convirtió a Alexander en su esposo. Por eso convirtió a Dimitri en su entretenimiento y por eso todavía no comprendía la verdadera naturaleza de su error. Porque había pasado toda su vida aprendiendo a destruir a quienes la herían. Nunca había aprendido qué hacer cuando alguien dejaba de tener miedo de ella y ahora ignorante de su error estaba lista para el próximo combate. Hizo venir a Dimitri.
-Diga señora.
-Mañana salimos temprano.
-Como usted ordene.
Ángela eligió el prado a propósito. Dimitri lo supo en cuanto vio las primeras margaritas. No fue una sospecha. Fue una certeza. El automóvil avanzó lentamente por el camino de tierra mientras el prado se extendía a ambos lados, blanco y verde bajo la luz pálida del amanecer. Miles de pequeñas flores agitándose con el viento. Margaritas. Las manos de Dimitri se cerraron alrededor del volante. Deyanira las amaba. No cualquier flor. Margaritas. Decía que eran flores demasiado sencillas para mentir. Que parecían frágiles, pero siempre encontraban la manera de volver a crecer. Deyanira había tenido diecinueve años cuando murió. Diecinueve y un hijo que nunca nació.
Durante mucho tiempo, Dimitri había sido incapaz de pronunciar su nombre sin sentir que algo se le desgarraba por dentro. La depresión había comenzado lentamente. Después llegaron las noches sin dormir. El aislamiento. Los silencios. Las llamadas que nadie contestaba. Los padres ya no estaban, mientras él intentaban mantener a flote a su hermana. Ella se había aferrado al novio y no pudo soportar perderlo también por la misma mujer que había vuelto sus vidas del revés. Dimitri había aprendido demasiado tarde que algunas heridas no sangran.
Ángela no había sabido entonces cuánto daño estaba provocando. Eso era lo que se repetía a sí mismo. O se había repetido. Hasta aquel momento en qué vio a Deyanira muerta y ahora Ángela no podía dejar de pensar que ella hacía esto a propósito porque de alguna manera sabía perfectamente qué flores había en aquel prado y sabía perfectamente quién las amaba y quiénes estaban enterrados al otro lado de la ciudad.
-Detén el coche. Aquí está perfecto. -dijo ella. Dimitri obedeció. Ángela bajó primero. Se quedó contemplando el prado con una sonrisa tranquila. -Son preciosas. -Dimitri no respondió. -¿No lo crees?
-Sí, señora.
Su voz salió perfectamente controlada. Ángela caminó entre las flores y se agachó. Se veía hermosa. Casi etérea. Arrancó una margarita. Después otra y otra. Dimitri cerró los ojos durante un segundo con ganas de llorar. No. No iba a hacerlo. No iba a darle esa satisfacción. Cuando volvió a abrirlos, Ángela llevaba un pequeño ramo dentro de la canasta que traía entre las manos.
-Vamos. Llévame al cementerio. -Dimitri la miró por el espejo retrovisor.
-¿Al cementerio?
-Sí.
Aquello fue peor. Mucho peor, pero arrancó el motor. Durante todo el trayecto no pronunció una palabra. Ángela tampoco. Parecía disfrutar del silencio. Como si supiera que, dentro de aquel automóvil, Dimitri estaba librando una guerra consigo mismo. Cuando llegaron, el sol comenzaba a ascender. Dimitri bajó del vehículo. Ángela caminó delante de él. No preguntó dónde estaba la tumba. No necesitaba hacerlo. Naturalmente. Llegaron hasta la sección donde descansaban los Blackwood. Primero los padres. Después Deyanira y el bebé. Dimitri se detuvo. Durante unos segundos fue incapaz de respirar. La lápida estaba limpia. Él había colocado flores frescas días atrás, pero ninguna margarita. Ángela se acercó. Miró el nombre grabado en la piedra. Deyanira Blackwood. Después miró a Dimitri.
-Ella las adoraba, ¿verdad? -el cuerpo de Dimitri se tensó.
-Sí. -Ángela dejó escapar una pequeña sonrisa.
-Lo imaginé. -y depositó el ramo sobre la tumba. Dimitri sintió que algo dentro de él se rompía. No por tristeza. Por rabia. Una rabia tan brutal que tuvo que clavar las uñas en las palmas de las manos para recordar que estaba allí como guardaespaldas. No como hermano. No como hijo. No como hombre. Como guardaespaldas para destruir a esta mujer desde adentro.
-Gracias. -dijo Ángela. Dimitri la miró. No entendía por qué le daba las gracias. Entonces comprendió. Ella quería que él reaccionara. Quería verlo quebrarse y él no le concedería ese placer. Así que tragó el veneno.
-De nada, señora. -cada palabra le supo a sangre. Ángela inclinó ligeramente la cabeza. Pareció decepcionada. No había lágrimas. No había gritos. No había amenaza. Ni violencia. Nada. Solo un hombre permaneciendo de pie frente a la tumba de su hermana mientras hacía un esfuerzo sobrehumano por no convertirse en asesino.
-¿Nos vamos? Aquí ya terminé. -dijo ella.
El regreso a la mansión Ríos fue silencioso. Cuando llegaron, Dimitri abrió la puerta del automóvil y Ángela descendió. Subió los escalones. Entró en la mansión. Dimitri la siguió a una distancia prudente. Ángela llegó hasta su dormitorio. Puso una mano sobre el pomo. Entonces se detuvo. Miró por encima del hombro. Dimitri esperaba detrás de ella. Impasible. O fingiendo estarlo. Ángela sonrió casi inocentemente.
-Dimitri.
-¿Sí, señora? -ella sostuvo su mirada. -Yo no maté a ninguno. Sería bueno que pensaras en ello.
Dimitri no respondió, pero sus ojos cambiaron. Solo durante un instante. Un destello oscuro. Homicida. Puro. Instintivo. Ángela lo vio y aquella vez sí sonrió de verdad. Porque esa era exactamente la recompensa que había estado buscando. No quería que Dimitri gritara, la insultara o intentara matarla. Todavía no. Solo quería comprobar que debajo de aquel hombre disciplinado, educado y aparentemente incapaz de perder el control, seguía existiendo el hermano que había enterrado a su familia.
El hombre que todavía tenía una deuda de dolor y acababa de recordárselo. Así el juego sería más interesante. Ángela cerró la puerta. Dimitri permaneció inmóvil frente a ella. Durante varios segundos. Después respiró profundamente. Una vez. Dos. Tres y solo entonces comprendió algo que le resultó mucho más aterrador que su propia rabia:
Ángela no había llevado flores al cementerio para honrar a Deyanira. Había llevado flores para asegurarse de que él jamás olvidara cuánto podía odiarla.
Ángela Ríos