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EL ARTE DE AUTO DESTRUIRNOS

EL ARTE DE AUTO DESTRUIRNOS

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Embarazo no planeado / Posesivo
Popularitas:458
Nilai: 5
nombre de autor: Paula_noches de tintas

⚠️ Advertencia: Esta no es una historia de amor tradicional. Aquí no hay príncipes azules, ni finales color de rosa, ni relaciones sanas.

Si buscas un romance tranquilo, este libro no es para ti. Pero si te encantan las historias llenas de tensión palpable, celos enfermizos, orgullo inquebrantable, peleas verbales que queman y una química tan intensa que duele, bienvenida al caos.

Dicen que de los amores sanos se escriben libros bonitos, pero de los tóxicos, adictivos y destructivos nacen las mejores tragedias.

Liam Black y Zoé Miller tienen un acuerdo tácito: mantenerse a kilómetros de distancia. Separados son una bomba de tiempo a punto de estallar, dos almas intentando fingir que el otro ya no importa. Pero juntos... juntos son un campo de minas.

Se odian con la misma intensidad con la que se necesitan. Cada reencuentro es una guerra de orgullo, reproches y miradas que queman, terminando siempre en el mismo abismo del que juraron escapar.

NovelToon tiene autorización de Paula_noches de tintas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Combustión espontánea

Me quedé plantada en la penumbra del callejón varios minutos después de que Liam se fuera, con los puños cerrados y el pecho ardiendo de pura rabia. Odiaba su maldita superioridad. Odiaba que tuviera la habilidad de dejarme temblando con un par de palabras y una mirada. Y, sobre todo, odiaba que tuviera razón: ninguno de los dos quería que terminara en un sucio callejón a plena luz del día. Queríamos caos, queríamos destrucción absoluta, y eso exigía algo mejor.

O al menos eso era lo que intentaba repetirme para convencer a mi cerebro de que no había sido una idiota al dejarlo marchar.

Los días siguientes se convirtieron en una prueba de resistencia mental y física. Nos habíamos impuesto una tregua silenciosa, una especie de distancia obligatoria que se sentía como caminar sobre cristales rotos. En la universidad, en las reuniones familiares de los domingos, en las esquinas del barrio: cruzábamos miradas cargadas de electricidad, pero no decíamos una sola palabra. Era una guerra fría de abstinencia.

Hasta que llegó la noche del viernes.

Había una fiesta en casa de unos conocidos en común. Al principio juré que no iba a ir. No quería arriesgarme a cruzarme con él y perder el poco control que me quedaba. Pero la idea de quedarme encerrada en mi habitación, dándole vueltas al recuerdo de su voz y su cuerpo, era una tortura aún peor. Así que terminé enfundándome en un vestido negro ajustado, con la estúpida esperanza de que la noche me distrajera.

Grave error.

Apenas puse un pie en la sala, atestada de gente, música alta y luces de neón parpadeantes, sentí el peso de una mirada fija en mí.

Alcé la vista entre la multitud. Estaba recostado contra el marco de la puerta que daba al patio trasero, con una cerveza en la mano, una camisa oscura con los primeros botones desabrochados y esa expresión de depredador paciente que me erizaba la piel. No se movió ni un milímetro, pero sus ojos oscuros recorrieron mi cuerpo de arriba a abajo con una lentitud deliberada, hambrienta, que me dejó sin aliento a metros de distancia.

El mensaje mental fue claro y directo, sin necesidad de palabras: Te tardaste, Zoé.

Sentí un escalofrío recorrer toda mi columna. Intenté desviar la mirada, hacerme la fuerte y saludar a un par de conocidos, pero el pulso ya se me había desbocado. Sabía exactamente lo que iba a pasar esa noche. Las reglas que nos habíamos impuesto en el callejón se habían podrido, y la paciencia de los dos se había agotado por completo.

Me obligué a ignorarlo. Me giré hacia la barra, pedí un trago y comencé a reírme con una supuesta gracia de cualquier cosa que me decía un chico a mi lado, solo para demostrarle a Liam que su presencia me importaba un bledo.

Pero el plan de la indiferencia duró exactamente lo que tardé en ver el panorama a mis espaldas.

Una chica alta, con un vestido rojo llamativo y una sonrisa descarada, se le había acercado a Liam. Lo vi reírse de algo que ella le dijo -una risa cínica y baja que rara vez regalaba a los demás- mientras ella le rozaba el pecho con total confianza con la punta de los dedos, coqueteándole descaradamente a menos de cinco metros de mí.

Un pinchazo de furia caliente y amarga me recorrió el estómago de golpe.

Maldita sea.

Aparté la mirada con brusquedad, sintiendo cómo los celos me quemaban la garganta. Para calmar el ardor, tragué mi vaso de alcohol de un solo sorbo, y luego pedí otro.

A lo largo de la siguiente hora, el juego de las miradas cruzadas se convirtió en una tortura insoportable. Cada vez que alzaba la vista entre la multitud, nuestros ojos chocaban. Él seguía rodeado de gente, bebiendo y respondiéndole las risas a la chica del vestido rojo, pero yo notaba perfectamente cómo su mandíbula se tensaba y su atención no se apartaba ni un segundo de mí. Y yo, por pura cabezonería y despecho, aceptaba bailar con otros chicos, dejaba que me tomaran de la cintura y sonreía de manera exagerada, sabiendo exactamente qué demonios estaba provocando en él.

El alcohol y la adrenalina empezaron a hacer estragos en mi cabeza, nublándome los pensamientos pero avivando una rabia desafiante. Cuando vi que Liam, harto de mi juego, se despegaba finalmente de la chica del vestido rojo y comenzaba a abrirse paso entre la multitud con paso firme y una expresión de pocos amigos en dirección a donde yo estaba, mi corazón dio un vuelco.

No pensaba dejar que me atrapara ni darle el gusto de reclamarme nada en medio de la fiesta.

Aproveché un descuido y me escabullí hacia el pasillo más oscuro y menos concorrido de la casa, buscando escapar del calor de la sala y de sus ojos clavados en mí.

-Hola, nena. Te ves muy sola por aquí... ¿te perdiste? -la voz ronca y pegajosa de un tipo al que ni siquiera le conocía la cara me sobresaltó de repente.

Me giré tambaleándome un poco. Era un tipo mayor, de hombros anchos y mirada babosa, que me bloqueaba el paso con una sonrisa lasciva, acercándose demasiado a mi espacio personal.

-Déjame en paz. No estoy interesada -le espeté con la lengua un poco trabada por el alcohol, intentando esquivarlo por un lado.

Pero el tipo dio un paso al frente, agarrándome con fuerza de la muñeca para impedirme avanzar.

-No te hagas la difícil, hermosa. Si viniste a esta fiesta buscando diversión, yo te puedo dar una buena... de hecho, hay una habitación libre por el pasillo, vamos -dijo con insistencia, tirando de mi brazo con prepotencia mientras intentaba arrastrarme hacia la penumbra.

El pánico y la rabia me sacudieron, pero antes de que pudiera gritarle o golpearlo con la copa que aún tenía en la mano, una fuerza invisible barrió al tipo de mi lado.

Un golpe seco retumbó en las paredes del pasillo.

El sujeto soltó mi muñeca de inmediato, tambaleándose hacia atrás y cayendo de espaldas contra el suelo tras recibir un puñetazo brutal directo en la mandíbula.

Jadeé, pegando la espalda a la pared y parpadeando para enfocar la vista.

Allí estaba Liam. Tenía los nudillos rojos, la respiración acelerada y los ojos oscuros completamente inyectados en furia pura, mirando al tipo tirado en el suelo como si quisiera matarlo con las manos limpias.

-¿Qué te pasa, imbécil? ¡Estás loco o qué! -se quejó el sujeto, sobándose la cara ensangrentada y levantándose con torpeza, furioso por la agresión.

Liam dio un paso al frente, con una postura tan intimidante y mortal que el tipo, al verle la cara de pocos amigos y la furia ciega en los ojos, prefirió no arriesgarse a otro golpe; escupió sangre, maldijo por lo bajo y se largó corriendo por el pasillo.

El silencio volvió a instalarse en el corredor, solo roto por el eco distante de la música de la fiesta. Liam exhaló un susurro tembloroso, cerrando los ojos un segundo antes de volverse lentamente hacia mí. Su mirada recorrió mi cuerpo con una desesperación feroz, evaluando si el idiota me había hecho algo.

-¿Estás bien? -me preguntó con la voz más ronca y quebrada que le había escuchado en la vida.

El peso del alcohol me nublaba la cabeza, pero la adrenalina y la rabia acumulada hacían que todo me pareciera una broma pesada y deliciosa. Parpadeé lentamente, intentando enfocar sus facciones duras bajo la luz tenue del pasillo, y en lugar de asustarme o agradecerle por el golpe, una risita tonta y desafiante se escapó de entre mis labios.

-Vaya, vaya... el caballero protector al rescate -burlé, ladeando la cabeza con una sonrisa torcida y arrastrando un poco las palabras por culpa de los tragos-. ¿Qué pasa, Black? ¿Te dolió ver que otro tipo intentaba llevarse lo que crees que es tuyo?

Liam seguía con los nudillos rojos y el pecho subiendo y bajando con violencia, mirándome como si estuviera a punto de perder los estribos por completo. Pero yo ya no tenía filtros.

A pesar de las advertencias de que no quería nada a medias, me acerqué a él tambaleándome un poco, invadiendo su espacio con total descaro. Me incliné hacia su rostro, con la respiración pesada impregnada a alcohol, y le clavé los ojos con un reproche cargado de celos que ya ni intentaba ocultar.

-Te vi muy entretenido con la barbie de vestido rojo -le siseé en un susurro burlón, picándole el pecho con un dedo con torpeza-. ¿Qué pasa? ¿Acaso yo ya no soy suficiente para ti? ¿O es que necesitas bajar el nivel con cualquiera que te sonría?

-Cierra la boca, Zoé. Estás borracha y no sabes lo que dices -masculló Liam con la mandíbula tensa, intentando dar un paso atrás para mantener la distancia, aunque sus ojos oscuros no se apartaban ni un segundo de mi boca.

-¿Borracha? Sí, tal vez -me reí entre dientes, con una osadía temeraria-. Pero sé perfectamente lo que veo.

Antes de que pudiera reaccionar o alejarme, tomé sus manos con fuerza y, con un movimiento rápido y deliberado, tiré de ellas hacia adelante, obligándolo a envolver mi cintura antes de guiar sus palmas con firmeza directamente sobre mis pechos, aplastándolas contra la tela ajustada de mi vestido.

El cuerpo de Liam se congeló al instante. Sentí cómo sus dedos se crispaban por reflejo contra mí, incapaces de apartarse, mientras el calor de sus manos me quemaba a través de la ropa.

-Tócalas bien, Liam -le susurré al oído, con la voz rota por el alcohol y el deseo, pegándome tanto a su cuerpo que podía sentir su erección latiendo otra vez contra mi cadera-. Mira si no soy lo suficientemente buena para ti... soy una maldita copa C. ¿O es que la otra te gustaba más?

El gemido ronco que se escapó de su garganta fue la señal de que su autocontrol acababa de hacerse pedazos.

El agarre de Liam en mis pechos se volvió tan firme que me cortó la respiración por un segundo. Sus manos grandes se cerraron sobre la tela de mi vestido, amoldándose a mi cuerpo con una desesperación ciega, mientras su respiración se convertía en un silbido áspero contra mi cuello.

-Estás jugando con fuego, Zoé... y te vas a quemar -gruñó su voz, ronca y temblorosa, vibrando directamente contra mi piel.

-Quémame entonces -le desafié con una risita suave y tonta, completamente entregada al vértigo del alcohol y a la electricidad de su cuerpo pegado al mío-. Llevas toda la noche queriendo hacerlo.

Por un segundo, pensé que iba a romper todas sus propias reglas allí mismo, que iba a arrastrarme a la habitación vacía que el otro idiota había mencionado y terminar con esta agonía. Sus ojos negros me devoraban, oscuros, dilatados y suplicantes.

Pero entonces, Liam apretó los ojos con fuerza, soltó un susurro maldiciendo en voz baja y, con un movimiento firme pero cuidadoso, retiró sus manos de mi cuerpo. Me sostuvo de los hombros solo lo suficiente para evitar que me tambaleara.

-Se acabó la fiesta para ti, Miller -sentenció con una frialdad forzada que no engañaba a nadie, mientras su pecho seguía subiendo y bajando con violencia-. Te vas a casa. Ahora.

-No quiero ir a casa, quiero... -intenté protestar, agitando las manos en el aire con torpeza, pero Liam ya me había tomado de la muñeca con firmeza, cortando cualquier argumento.

-No estoy pidiendo tu opinión -me interrumpió con tono de mando, tirando de mí con suavidad para sacarnos de aquel pasillo antes de que alguien más nos viera en ese estado.

El frío de la calle me golpeó en cuanto cruzamos la puerta trasera de la casa. Me condujo entre tropiezos hasta su auto, abriendo la puerta del copiloto y prácticamente sentándome dentro. El contraste entre el calor sofocante de la fiesta y la penumbra silenciosa del vehículo hizo que mi cabeza diera vueltas, pero no le quitaba los ojos de encima.

Liam cerró la puerta, rodeó el auto y se subió al asiento del conductor. Se quedó unos segundos con las manos apoyadas en el volante, respirando hondo, con los nudillos todavía ensangrentados y la mandíbula tan tensa que parecía que se le iban a romper los dientes.

-Maldita sea, Zoé... me vas a volver loco -murmuró para sí mismo antes de encender el motor y arrancar con brusquedad, alejándose de la fiesta con el auto cortando la noche en completo silencio.

El motor del auto ronroneaba mientras avanzábamos por las calles semiabandonadas de la madrugada. La tensión dentro del habitáculo era tan densa que casi se podía cortar con un cuchillo. Liam conducía con los nudillos blancos de tanto apretar el volante, intentando mantener la vista fija en la carretera, fingiendo una concentración férrea que yo sabía perfectamente que era una farsa.

El alcohol me zumbaba en las venas, dándome un valor imprudente. Decidí que no le iba a poner las cosas fáciles.

Con una lentitud deliberada, levanté la pierna y la apoyé sobre el tablero del auto. La tela de mi vestido negro se deslizó hacia arriba, dejando al descubierto toda la suavidad y la perfección de mi piel bajo la luz tenue de los faros que pasaban. Giré ligeramente el tobillo, consciente de lo provocativa que lucía, y lo miré de reojo, esperando su reacción.

La mandíbula de Liam se tensó de golpe. Un músculo saltó en su mejilla. Vio de reojo mi pierna, pero apretó los dientes, tragó grueso y se hizo el loco, negándose a mirar de frente, aunque su respiración se volvió inmediatamente más pesada y errática.

¿Con que te haces el fuerte, Black? pensé con una sonrisa de triunfo.

Desabroché el cinturón de seguridad con movimientos suaves. Antes de que pudiera detener o calcular lo que hacía, me deslicé por el asiento hacia su lado, invadiendo su espacio. Me incorporé lo suficiente para inclinarme sobre la consola central, quedando a centímetros de su rostro.

Pasé los labios muy despacio por la línea de su cuello, rozando su piel con una lentitud desesperante, sintiendo cómo él estremecía todo el cuerpo ante mi contacto.

-Sigues fingiendo que no me deseas, Liam... qué aburrido eres cuando te pones digno -le susurré al oído con voz ronca y cargada de burla.

Antes de que pudiera responder o apartarme, bajé la mano con descaro y la deslicé directamente entre sus piernas, atrapando su miembro por encima de la tela del pantalón.

Liam soltó un jadeo ahogado, un sonido roto que se ahogó en su propia garganta. El auto dio un pequeño bandazo involuntario en la carretera oscura mientras él perdía el control por una fracción de segundo. Sus manos se aferraron al volante con tanta fuerza que pensé que iba a doblarlo, mientras su erección respondía de inmediato a mi tacto, saltando dura y palpitante bajo mis dedos.

-Zoé... joder, detente ahora mismo o te juro que te voy a desatar un infierno -advirtió Liam con la voz completamente rota, temblando de pies a cabeza, con los ojos oscuros clavados en mí llenos de una mezcla letal de hambre y desesperación.

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