Traicionada por quienes más amaba y reducida a la nada, Angie huye de su vida anterior con el corazón roto y sin un centavo. La única mano extendida es la de Roberta, su amiga de toda la vida, que la acoge en su hogar sin hacer preguntas. Allí, Angie conoce al padre de su amiga: Lucian, un hombre imponente, millonario, de mirada profunda y carácter inquebrantable.
Entre ellos surge algo imposible de callar: un deseo abrasador, una conexión que quema cada encuentro, aunque el secreto los condene. Cuando la verdad sale a la luz, la culpa y el miedo la empujan a huir. Pero Lucian no está dispuesto a dejarla ir: la retiene, no como prisionera, sino como la mujer que posee su alma. Ahora Angie deberá elegir: ¿la lealtad que le debe a su amiga, o el deseo que la consume junto al hombre prohibido?
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La furia de Roberta
El grito me despertó antes de que el sol terminara de subir.
Estaba encerrada en mi habitación, sentada al borde de la cama, cuando la voz de Roberta estalló en la planta baja, clara y cortante, atravesando las paredes. Me acerqué a la puerta, con el corazón apretado, y escuché sin querer, sin poder evitarlo.
—¿Cómo pudiste? —le gritó—. Ella era mi hermana. Le di todo. Y tú… tú la miraste como si yo no existiera.
Lucian respondió con voz serena, sin levantar la suya:
—No planeé que pasara. No la busqué con mala intención. Sucedió. Y no me arrepiento.
—¿No te arrepientes? —la voz de Roberta se quebró de rabia—. ¿No te arrepientes de destruir mi confianza? De hacerme sentir tonta por contarte mis sueños, mis miedos… sin saber que me mentías en la cara mientras la mirabas así.
Me llevé las manos al rostro, quemada de vergüenza. Quise bajar, ponerme entre los dos, decirle que la culpa era mía también… pero las piernas no me respondieron. Me quedé pegada a la puerta, escuchando cada palabra como un golpe.
—No te mentí a propósito —dijo Lucian, firme—. Oculté lo que sentía porque te quería proteger. Porque sabía que te dolería. Pero no puedo fingir que no siento nada. La amo, Roberta.
—¡Ella no existe para ti! —estalló ella—. Es la amiga que acogí. La que lloró en mi hombro por el hombre que la traicionó. Y tú… te aprovechaste de su vulnerabilidad. De la mía.
—No me aproveché —respondió él, y su tono no fue de defensa, sino de sinceridad—. Ella me vio a mí. No al dinero, ni al apellido. Me vio a mí, cuando nadie lo hacía. Y yo la vi a ella. No fue conveniencia. Fue verdad.
—¿Verdad? —rio con amargura—. La verdad es que me dejaron fuera. De todo. Como si yo no importara. Como si mi cariño, mi lealtad, no valieran nada.
—Vales más que nada —dijo Lucian, y su voz se suavizó, por primera vez con un rastro de dolor—. Eres mi hija. Te amo más de lo que las palabras pueden decir. Pero eso no borra lo que siento por ella. No puedo elegir entre las dos. No quiero.
—¡No tienes que elegir! —le cortó—. ¡Ella se tiene que ir! Si de verdad me quieres, la dejas ir. La sacas de esta casa y de mi vida.
Me contuve el aliento. Esperé escuchar su respuesta, esperé que dijera que sí, que lo haría por ella… pero no fue así.
—No lo haré —dijo con calma, pero inamovible—. No la echaré como si fuera un objeto. No la trataré como si fuera culpable de todo. Si te vas, si te alejas… te esperaré. Pero no la voy a dejar.
El silencio que siguió fue más pesado que los gritos. Imaginé el rostro de Roberta, la decepción, la rabia transformándose en algo más frío y profundo.
—Entonces ya sé dónde estoy —dijo ella, con voz helada—. En segundo lugar. Siempre.
—No digas eso…
—¡No me hables! —la cortó—. Prefiero que no me hables nunca más a que me mientas diciendo que todo estará bien. Me has roto, papá. Los dos.
Escuché pasos subiendo las escaleras, rápidos y furiosos. Me aparté de la puerta de un salto, retrocediendo hasta la ventana, con el pecho subiendo y bajando entrecortado. Cuando su puerta se cerró arriba con un golpe seco, me dejé caer en la cama, temblando.
Lucian no la había atacado. No le había reprochado nada. Había sostenido su postura con firmeza, sin ceder, sin herirla… y aun así, la había perdido.
Me debatía entre bajar y defender a mi amiga, decirle que Lucian no era el villano que creía, o quedarme donde estaba, junto al hombre que amaba, sabiendo que mi presencia era la herida que no cerraba. Ninguna opción me parecía bien. Ninguna me salvaba de sentirme culpable.
Alguien llamó suavemente a mi puerta.
—Angie… —era la voz de Lucian, baja y cansada—. Sé que escuchaste.
No respondí. No sabía qué decir.
—No la obligué a elegir —dijo al otro lado—. Pero yo tampoco lo haré. Estoy aquí. Si quieres bajar, si quieres quedarte… sea lo que sea, te espero.
Se alejó despacio. Me quedé sola en la habitación, dividida en dos mitades que no podían convivir: la que debía a Roberta todo, y la que no podía dejar de amarlo.