Isabela Voss murió a los 27 años en su mundo original: una vida humana común, llena de rutinas, decepciones y un vacío que nunca pudo llenar. Trabajaba en una oficina, tenía pocas amistades y creía que el afecto o la conexión profunda eran cosas lejanas o imposibles. Murió en un accidente inesperado, sin saber que su destino no terminaba ahí: despertó en el Abismo, un reino profundo, eternamente oscuro, caótico y habitado por seres sobrenaturales que los humanos solo imaginan en sus peores pesadillas. Al llegar no tenía nada: ni ropa adecuada, ni fuerza, ni idea de dónde estaba. Solo su nombre, una mente clara y una voluntad de hierro que ni la muerte pudo romper. El dueño absoluto de ese territorio es Lucien Drakar, un príncipe demonio de sangre antigua, descendiente de la primera estirpe que habitó las profundidades. Antes de que Isabela apareciera, su vida era eterna, solitaria y sin propósito más que sobrevivir y dominar. Gobernaba con mano de hierro, destruía sin dudar a cualquier
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Capítulo 10: Cuando la curiosidad se vuelve obsesión.
Pasaron varios ciclos de calor y fuego, esos días sin sol que marcaban el paso del tiempo en el Abismo. Poco a poco, me fui acostumbrando a los pasillos infinitos, a la luz rojiza y profunda, a la presencia constante de seres que me miraban con respeto y curiosidad, pero que nunca se atrevían a acercarse más de lo permitido. Lucien pasaba gran parte del día conmigo, enseñándome, hablándome, mostrándome cosas nuevas, pero también tenía obligaciones como gobernante: reuniones, asuntos de tierras, decisiones que solo él podía tomar. En esos momentos, me quedaba en mis aposentos o caminaba por los jardines interiores, siempre acompañada por alguno de sus sirvientes o por Morgrath, el viejo consejero que ya se había convertido en una figura amable y sabia para mí.
Pero, aunque él no estuviera físicamente a mi lado, sentía su presencia en todas partes. Era extraño, pero podía notar cuándo estaba cerca, cuándo pensaba en mí, cuándo su atención se desviaba hacia donde yo estaba. Y cada vez que aparecía, esa curiosidad que había mostrado desde el principio crecía más y más, hasta convertirse en algo que ya no era solo interés, sino una necesidad absoluta, una obsesión que se leía en cada uno de sus gestos, en cada una de sus palabras, en cada una de sus miradas.
Una tarde —o lo que equivalía a ello— estaba sentada en el gran salón de lectura, rodeada de libros antiguos que él me había permitido tocar, leyendo sobre la historia de estas tierras, tratando de entender mejor el mundo donde ahora vivía. De repente, sentí ese calor familiar, esa vibración en el aire que me avisaba de su llegada. Levanté la vista y lo vi parado en el marco de la puerta, mirándome.
Llevaba puesta su ropa de gobierno, tejidos oscuros y pesados con adornos de metal, su cabello negro suelto y brillante, sus cuernos imponentes que se curvaban hacia atrás. No se movía. Solo me miraba. Y en sus ojos, esas llamas oscuras que siempre ardían, vi esa intensidad que ya conocía, pero que hoy parecía haber crecido hasta llenar todo el espacio.
—Llevas ahí parado mucho rato —le dije con suavidad, cerrando el libro despacio—. ¿Cuánto tiempo llevas mirándome sin decir nada?
Él entró despacio, caminando sin hacer ruido, como si se deslizara sobre las piedras. Se acercó a la mesa donde yo estaba, se apoyó en ella con ambas manos y se inclinó hacia mí, su rostro muy cerca del mío.
—Llevo el tiempo suficiente —respondió con esa voz grave que me recorría entera—. El tiempo suficiente para ver cómo mueves los labios cuando lees, cómo frunces la frente cuando algo no entiendes, cómo pasas la página con esos dedos pequeños y suaves… El tiempo suficiente para darme cuenta de que no puedo apartar la vista de ti ni un segundo más.
Suspiró y pasó una mano por su cabello, como si estuviera luchando contra algo que lo desbordaba.
—Al principio solo tenía curiosidad —confesó, bajito, mirándome fijamente a los ojos—. Caíste aquí, de un mundo que no conozco, eras tan distinta a todo lo que he visto en milenios… Quería saber qué eras, qué pensabas, por qué tenías esa fuerza extraña a pesar de ser tan frágil. Quería entender por qué, desde el primer momento, habías llamado mi atención de una forma que nadie más había logrado.
Se enderezó un poco, pero no se alejó. Sus ojos recorrían mi rostro, mi cuello, mis manos, cada parte de mí, con una avidez que me hacía sentir desnuda, aunque estuviera vestida.
—Pero la curiosidad se quedó pequeña, Isabela. Se quedó corta, se quedó lejos de lo que realmente siento. Porque ahora… ahora no es solo que quiera saber cosas de ti. Ahora necesito saberlo todo. Necesito saber qué piensas en cada segundo, qué sientes cuando me miras, qué recuerdos te hacen sonreír o te ponen tristeza. Necesito saber dónde estás, qué haces, con quién hablas, cada instante.
Dio la vuelta a la mesa, se sentó a mi lado y tomó mis manos entre las suyas, apretándolas con fuerza, como si tuviera miedo de que desapareciera si soltaba.
—Antes de ti, mi vida era predecible, eterna, sin sorpresas. Sabía lo que pasaría mañana, dentro de cien años, dentro de mil. Todo seguía su curso, todo bajo mi control. Y entonces llegaste tú, pequeña humana, y lo cambiaste todo. Me has convertido en alguien que no conocía. Alguien que sale de las reuniones antes de tiempo solo para ver si estás bien. Alguien que recorre el castillo solo para encontrarte, aunque sepa que estás segura. Alguien que se despierta en la oscuridad solo para asegurarse de que sigues aquí, de que no te has ido, de que no eres un sueño que se desvanece.
—¿Te molesta? —pregunté, suavemente, acariciando el dorso de su mano con mis dedos—. ¿Te molesta que te haya cambiado?
Lucien negó con la cabeza rápidamente, con una intensidad feroz. Se inclinó hacia mí y me tomó el rostro entre sus manos, sosteniéndome con una mezcla de ternura y desesperación.
—¿Molestarme? —repitió, y su voz se quebró un poco—. Es lo mejor que me ha pasado en toda mi existencia. Pero es también lo que más me asusta. Porque esto ya no es curiosidad, Isabela. Esto es obsesión. Estoy obsesionado contigo. Con tu voz, con tu olor, con tu forma de ver el mundo, con tu cuerpo, con tu alma. Estoy obsesionado con la idea de que eres mía, y con el terror de que algo te pase, o de que algún día puedas dejar de serlo.
Sus pulgares acariciaron mis mejillas, recorriendo cada línea de mi rostro, grabando mi imagen en su memoria.
—He prohibido que nadie te mire, que nadie te hable, que nadie te toque… no solo porque eres mía, sino porque no soporto la idea de que nadie más pueda ver lo que yo veo. No soporto que nadie más pueda saber lo que yo sé. Quiero que todo lo que eres, todo lo que piensas, todo lo que sientes… sea solo para mí. Quiero ser el único que te haga reír, el único que te haga temblar, el único que te haga sentir viva.
Se acercó más, hasta que sus labios estuvieron a milímetros de los míos, y sus palabras fueron un susurro cargado de pasión y necesidad:
—Si pudiera, te encerraría en una burbuja hecha solo para nosotros, donde nadie más existiera, donde solo estuviéramos tú y yo, eternamente. Porque cada vez que te alejas un paso, cada vez que hablas con otro, cada vez que tu atención se va hacia algo que no soy yo… siento que algo me falta, siento que algo me duele aquí —se señaló el pecho, justo sobre su corazón—. Nunca había sentido nada igual. Nunca había necesitado tanto a nadie.
Me quedé sin palabras, escuchando todo lo que me decía, viendo la verdad absoluta en sus ojos. Sabía que era intenso, sabía que era posesivo, sabía que su forma de querer era distinta a todo lo que había conocido. Pero ahora entendía que no era solo orgullo de príncipe, ni deseo de posesión. Era algo mucho más profundo, mucho más antiguo, mucho más fuerte.
Su curiosidad por mí había nacido porque yo era diferente. Pero se había convertido en obsesión porque yo era lo único que le importaba. Porque yo era lo único que le hacía sentir, lo único que le hacía vivir de verdad.
—Lucien —susurré, y me acerqué más, pegando mi frente a la suya—. Yo no voy a ir a ningún lado. Y toda mi atención, todo lo que soy, todo lo que pienso… es para ti. Desde el momento en que caí aquí, desde el momento en que te vi, tú te llevaste todo eso. No hay nada de mí que no sea tuyo.
Él soltó un suspiro tembloroso, como si hubiera estado esperando escuchar esas palabras desde siempre, y me abrazó con fuerza, apretándome contra su pecho, enterrando su rostro en mi cuello, inhalando mi olor, como si quisiera guardarlo para siempre en su memoria.
—Lo sé —murmuró contra mi piel—. Lo sé… pero mi obsesión es más fuerte que yo mismo. Necesito escucharlo, necesito verlo, necesito sentirlo cada segundo. Quiero saberlo todo de ti, quiero tenerlo todo de ti. Y te advierto, pequeña mía… esto no va a parar. Esto va a crecer más y más. Porque cuanto más te conozco, más te quiero. Y cuanto más te quiero, más necesito que seas solo mía.
Me separó un poco para mirarme a los ojos, y vi en ellos esa mezcla aterradora y maravillosa de poder y amor, de dominio y entrega.
—¿Te asusta? —preguntó, con una pequeña sombra de duda en su voz.
Sonreí, y le acaricié el rostro, recorriendo sus marcas, sus cuernos, su mandíbula fuerte.
—No —respondí con total sinceridad—. Porque yo también me estoy volviendo igual. Al principio te tenía miedo, al principio te miraba con curiosidad… pero ahora, Lucien, ahora también estoy obsesionada contigo. Con tu fuerza, con tu oscuridad, con tu forma de quererme. Y no quiero que esto pare. Quiero que crezca. Quiero que sea todo lo que tengamos.
La sonrisa que apareció en sus labios fue la más hermosa, la más verdadera que había visto jamás. Me besó entonces, con una intensidad que me quitó el aliento, un beso que no era solo deseo, sino afirmación, posesión, amor absoluto. Un beso que selló lo que ya sabíamos: que la curiosidad había muerto, y que la obsesión había nacido para quedarse, para gobernarnos a los dos, para ser el lazo indisoluble que nos uniría por toda la eternidad.