Me vendí a un mafioso por un año para salvar la librería de mi madre, pero él decidió que si soy su esposa, soy suya para siempre.
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LA HERIDA
Elena se enteró de que Lorenzo estaba herido porque Viktor entró a la librería a las 7:14 pm sin tocar la campanita, pálido como si hubiera visto un fantasma.
No dijo nada. Solo miró a Elena, que estaba cerrando la caja, y dijo:
"Señora Volkov. Tiene que venir conmigo. Ahora."
Sara, que estaba ayudando a acomodar los nuevos pedidos, se puso de pie al instante. Conocía esa voz. Era la voz de cuando algo muy malo había pasado.
"¿Qué pasó?", preguntó Elena, con el corazón ya en la garganta. Porque Viktor nunca le decía "señora Volkov" si no era grave. Normalmente le decía "señora Elena" con un acento ruso que hacía que sonara chistoso.
"El señor. Hubo un... inconveniente. En el puerto. Está en casa. Dice que no es nada, pero..."
"¿Herido? ¿Está herido?", Elena ya estaba agarrando su abrigo, dejando la caja abierta, las luces prendidas, todo.
"Un rasguño, dice. Pero sangra mucho para ser un rasguño."
Elena no esperó más. Salió corriendo a la calle nevada, con su abrigo mal puesto, con el collar de diamantes que ya no se quitaba nunca, con los zapatos bajos porque había aprendido que con Lorenzo nunca se sabía cuándo iba a tener que correr.
El Mercedes negro iba a 140 por una calle donde el límite era 40. Viktor no habló en todo el camino. Elena no preguntó. Tenía las manos apretadas sobre el collar, como si fuera un rosario.
Llegaron a la mansión en 12 minutos. Un récord. La reja se abrió antes de que tocaran. Agata estaba en la puerta, con una toalla blanca llena de sangre en las manos, llorando bajito.
"¡Señora! ¡Gracias a Dios! ¡Está arriba! ¡No me deja llamar al doctor! ¡Dice que si llamo al doctor llama a la policía y si llama a la policía lo mata!"
Elena subió las escaleras de dos en dos, sin quitarse la nieve de los zapatos. La puerta del cuarto principal estaba entreabierta. Olía a sangre. Mucha sangre. No como en las películas. Como a metal caliente.
Lorenzo estaba sentado en el borde de la cama, sin camisa, con el torso desnudo, con una toalla apretada contra su costado izquierdo, justo debajo de las costillas, donde tenía la cicatriz vieja. La toalla estaba roja. Completamente roja. Su cara estaba pálida, con sudor en la frente, pero con esa terquedad de niño grande que no quiere ir al doctor.
"Te dije que no la trajeras", le gruñó a Viktor en ruso.
Viktor no contestó. Solo miró a Elena y salió, cerrando la puerta.
Elena se quedó parada en la puerta, con la mano en la boca.
"¿Un rasguño?", dijo, con voz temblorosa. "¿Esto es un rasguño? ¡Te estás desangrando!"
"No es nada. Es un corte. Un idiota en el puerto con un cuchillo que no sabía usar. Ya lo... ya lo arreglaron."
"¿Arreglaron al idiota o arreglaron el corte?"
"Los dos."
Elena se acercó, con las piernas temblando. Se arrodilló frente a él, porque él estaba sentado y ella necesitaba ver. Quitó la toalla con manos que temblaban tanto que Lorenzo tuvo que agarrarle las muñecas para que no se le cayera.
Era un corte de unos 10 centímetros, profundo, feo, abierto, que sangraba sin parar. No era mortal, pero no era un rasguño. Necesitaba puntos.
"¡Lorenzo! ¡Necesitas un hospital! ¡Necesitas puntos!"
"No hospitales. No policía. No preguntas. Si voy a un hospital, tengo que explicar por qué tengo un cuchillazo de 10 centímetros en el costado a las 7 pm un martes. Y no quiero explicar."
"¡Me importa una mierda lo que tengas que explicar! ¡Te vas a morir aquí!"
"No me voy a morir. He tenido peores."
"¿Peores que esto? ¿Cuándo? ¿Cuándo tuviste peores?"
"Cuando tenía 19. Cuando mi padre me enseñó que si te apuñalan, no gritas. Sonríes. Porque si gritas, el otro gana."
Elena tenía lágrimas en los ojos ya. No de miedo. De rabia. De verlo ahí, tan grande, tan fuerte, tan invencible siempre, sangrando en su cama por culpa de su mundo.
"Agata me enseñó a coser", dijo de repente, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. "Cuando era niña, mi madre me enseñó a restaurar libros, pero Agata me enseñó a coser tela. Es lo mismo, ¿no? Aguja e hilo. Puedo... puedo cerrarlo."
Lorenzo la miró como si estuviera loca.
"¿Quieres coserme como si fuera un libro roto?"
"Eres un libro roto, Lorenzo Volkov. Estás todo roto y mal cosido por todos lados. Déjame coserte bien esta vez."
Hubo un silencio. Solo su respiración agitada y el goteo de sangre sobre la madera.
"¿Estás segura?", preguntó él, por primera vez vulnerable.
"No. Pero si no lo hago, te vas a desangrar y me voy a quedar viuda de un matrimonio falso y voy a tener que explicarle a tu madre que te moriste porque eres un terco de mierda. Así que sí, estoy segura. Trae whisky."
"¿Para desinfectar?"
"No. Para ti. Para que te lo tomes y no te desmayes. Yo no voy a desinfectar con whisky de 500 dólares. Voy a usar el botiquín que vi en el baño."
Elena se levantó y fue al baño. Encontró un botiquín militar, no un botiquín normal. Con hilo quirúrgico real, aguja curva, pinzas, gasas, desinfectante, todo. Claro. Un mafioso tiene botiquín militar en su baño.
Volvió con todo en una bandeja de plata, como si fuera a servir té. Se lavó las manos con jabón, se puso guantes de látex que encontró, y se arrodilló otra vez frente a él.
"Esto va a doler", dijo.
"Ya me duele."
"Más."
"Estoy acostumbrado."
"Yo no."
Le limpió la herida con gasas y desinfectante. Lorenzo apretó la mandíbula tan fuerte que Elena oyó sus dientes rechinar, pero no hizo ni un ruido. Ni uno. Solo respiraba por la nariz, fuerte, mirando un punto fijo en la pared.
"¿Por qué no gritas?", susurró Elena mientras preparaba la aguja, con lágrimas cayéndole ya sin parar, mezclándose con la sangre.
"Porque si grito, tú te asustas. Y si tú te asustas, me dejas de coser. Y si me dejas de coser, me desangro. Y si me desangro, no puedo besarte mañana."
"Idiota. Eres un idiota romántico."
"Soy tu idiota romántico."
El primer punto fue el peor. La aguja entró en su piel y Elena sintió que se le revolvía el estómago, pero siguió. Un punto, otro punto, otro punto. 7 puntos en total. Mal hechos, chuecos, de principiante, pero cerrados. La sangre dejó de salir a chorros y empezó a salir solo un hilito.
Cuando terminó, cortó el hilo con los dientes porque no encontraba tijeras, y le puso una gasa grande con cinta.
Estaba cubierta de sangre. Sus manos, su camiseta gris que todavía era de él, su cara donde se había limpiado las lágrimas.
Lorenzo la miraba. No la herida. A ella. Con una intensidad que la hizo temblar más que la sangre.
"Ya está", dijo ella, con voz rota. "Ya está, mafioso terco. Ya no te mueres hoy."
Lorenzo no contestó. Con la mano que no estaba herida, la atrajo hacia él y la besó. No como en la librería. No fue un beso de celos. Fue un beso de hombre que acaba de entender que alguien lo cuidó de verdad por primera vez en 15 años sin pedirle nada a cambio.
Fue un beso con sabor a sangre y a lágrimas y a whisky.
Elena le correspondió, con las manos manchadas de su sangre en su pelo, sin importarle.
Cuando se separaron, él apoyó su frente contra la de ella.
"¿Sabes cuál es la regla número nueve?", preguntó, con voz ronca, agotada, por la pérdida de sangre y por ella.
"¿Cuál?"
"Cuando me cosas como si fuera uno de tus libros rotos, te conviertes en la única persona en este mundo que puede romperme y arreglarme. Y ya no te dejo ir nunca. Ni cuando termine el contrato. Ni cuando me odies. Nunca."
"No te odio", susurró Elena.
"Lo sé. Por eso estoy jodido. Porque tú no me odias y yo ya no sé estar sin ti."
La cargó, herido y todo, hasta la cama, la acostó a su lado, con su sangre todavía en sus manos entrelazadas, y se durmió abrazándola, con 7 puntos chuecos hechos por su esposa en su costado.
Elena no durmió. Se quedó mirando los puntos, tocándolos con cuidado, y pensando que acababa de coser a su esposo mafioso como si fuera un lomo de libro antiguo. Y que, por primera vez, sintió que ese libro era suyo.
Abajo, Viktor le mandó un mensaje a Irina: "Señora, el señor está bien. La señora Elena lo cosió. 7 puntos. No llamó al doctor. No llamó a la policía. Se quedó con él."
Irina contestó 2 minutos después: "¿Lloró ella?"
Viktor: "Sí."
Irina: "¿Gritó él?"
Viktor: "No."
Irina: "Entonces ya está. Ya es Volkov. Déjalos."
Y apagó el teléfono, sonriendo por primera vez en años por su hijo.