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Bésame en el infierno

Bésame en el infierno

Status: Terminada
Genre:CEO / Policial / Completas
Popularitas:2.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Mía Ríos

Dante Lam era un fantasma.

Tres explosiones, veintisiete fragmentos de cristal extraídos de su cuerpo y una cirugía de reconstrucción facial después, el agente de élite de Interpol aceptó la misión más peligrosa de su carrera: asumir la identidad de Dean Yang, heredero de la Joyería Yang, e infiltrarse en el corazón del imperio criminal más poderoso del mundo.

El problema fue que Anderson Lorenzo ya lo estaba esperando.

Heredero de la dinastía militar-industrial Lorenzo, magnate de armas con contactos en cada gobierno del planeta, Anderson es un hombre que consigue todo lo que desea. Y desde el momento en que estrechó la mano de "Dean Yang", supo exactamente quién se escondía detrás de esa cara nueva. No dijo nada. No lo delató. En cambio, compró el edificio donde Dante vivía. Instaló cámaras en su departamento. Aprendió su sabor favorito de helado. Y cada noche, mientras Dante dormía inconsciente en un sótano del que no sabía que era prisionero, Anderson besaba su nuca sin que él lo supiera.

Obsesivo. Peligroso. Irresistible.

Pero Dante no es una presa fácil. Francotirador de élite, políglota, entrenado para resistir cualquier forma de tortura, tiene una regla inquebrantable: nunca mezclar la misión con los sentimientos. Y hay alguien más esperando su corazón——Leslie Avis, su compañero de armas en Interpol, el hombre que lo protege en silencio y jamás pide nada a cambio.

Entre un agente de la ley y un señor de las armas no debería existir nada. Pero cuando Dante descubre que Anderson recibió tres balazos por salvarlo y cruzó un puente en llamas cargándolo en su espalda, la línea entre el deber y el deseo se quiebra.

Y luego está Marlin——el joven vulnerable que Dante rescató de un casino, el amigo inocente que siempre sonríe con dulzura. Nadie sospecha lo que Marlin esconde. Ni siquiera Dante. Hasta que es demasiado tarde.

NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Capítulo 10: El ramo de los celos

Anderson Lorenzo comió un filete término medio en un café de Condesa, solo, a las dos de la tarde de un martes. Sin reservación. Sin Richard. Sin saco. El café era el mismo donde había desayunado con un agente de Interpol hacía más de un año — el mismo ladrillo, las mismas plantas colgantes, la misma mesa junto a la ventana. Pidió el filete sin salsa. Término medio. Con agua mineral.

La mesera no lo reconoció. No era la clase de establecimiento donde los clientes habituales fueran hombres que valían más que el edificio entero.

Anderson cortó el filete con la precisión de siempre, pero comió despacio. Más despacio de lo habitual. Richard, que lo esperaba en el Bentley afuera, lo sabía porque llevaba tres décadas leyendo los silencios de Anderson Lorenzo, y este silencio en particular — el de un hombre comiendo un filete barato en un sitio que no le corresponde — tenía un nombre que Richard no se atrevía a decir en voz alta.

Nostalgia. Anderson Lorenzo tenía nostalgia de un hombre muerto.

Cuando subió al auto, Anderson no habló durante los primeros diez minutos. Luego dijo:

—Haz otra prueba de ADN. Dean Yang y Marcus Yang. Usa un laboratorio diferente. Uno que no tenga conexión con Interpol.

—Señor, la primera prueba fue concluyente.

—Hazla otra vez.

Richard la hizo. El laboratorio era privado, con sede en Monterrey, sin vínculos gubernamentales. Leslie interceptó la muestra cuarenta y ocho horas antes de que llegara al laboratorio y la sustituyó por una que daría resultado positivo. La segunda prueba confirmó lo que la primera había dicho: Dean Yang era, genéticamente, hijo de Marcus Yang.

Anderson recibió el resultado en su estudio, sentado en el sillón de cuero donde solía ver las pantallas de vigilancia — las mismas pantallas que ahora mostraban estática, porque las cámaras del departamento de Iztapalapa ya no tenían nada que grabar. Lo miró durante un minuto. Luego abrió el cajón del escritorio, sacó un sobre, y dejó caer sobre la mesa una fotografía. La fotografía era de un hombre joven, de rasgos chinos, con un cabestrillo en el hombro izquierdo y una mirada que no pedía nada ni ofrecía nada. Dante Lam. La foto tenía el sello de Interpol y una fecha de más de un año atrás.

Anderson puso la fotografía junto al informe de ADN. Miró la primera. Miró el segundo. Miró la primera otra vez.

—Richard —dijo—. ¿Tú crees que un hombre puede convertirse en otro?

Richard, junto a la puerta, consideró la pregunta con la seriedad que merecía.

—No completamente, señor. La voz puede cambiar. La cara puede cambiar. Pero hay cosas que no se pueden alterar. La temperatura de las manos. La forma de caminar. La manera en que alguien mira cuando cree que nadie lo observa.

Anderson asintió. Guardó la fotografía en el cajón. Cerró el cajón con llave.

—Una persona, no importa cuánto se esfuerce, no puede convertirse completamente en otra —dijo Anderson, más para sí mismo que para Richard—. Siempre queda algo.

* * *

Al otro lado de la ciudad, Dante estaba sentado en la sala de juntas de Joyería Yang con seis directores que llevaban veinte minutos discutiendo sobre porcentajes de comisión. Ninguno de ellos sabía que el heredero que presidía la mesa era un agente de Interpol con cicatrices de quemaduras bajo la camisa y un transmisor del tamaño de un grano de arroz cosido en la solapa del saco.

—El contrato con MASSIVE incluye una cláusula de exclusividad territorial —dijo uno de los directores, un hombre calvo cuyo nombre Dante había memorizado junto con otros doscientos sesenta y dos—. Si la aceptamos, perdemos el mercado europeo.

—No lo perdemos —dijo Dante, con la voz de Dean Yang—. Lo renegociamos.

En el auricular, Leslie habló. Su voz era un bisturí: precisa, fría, sin sílabas de más.

—Artículo 47.3 del contrato marco de MASSIVE con Naviera KA, firmado hace dos años. La cláusula de exclusividad tiene una excepción para empresas con facturación superior a 200 millones anuales. Joyería Yang supera esa cifra.

Dante repitió la información como si la hubiera sabido siempre. Los directores intercambiaron miradas. El calvo asintió.

—El señor Yang tiene razón. Procedemos con la renegociación.

La reunión terminó veinte minutos después. Dante salió al pasillo y aflojó el nudo de la corbata — gesto de Dean, no de Dante, pero después de un año los gestos se estaban mezclando de formas que lo inquietaban.

—Leslie.

—Aquí.

—A partir de mañana te necesito en la oficina. No solo en el auricular. Necesito a alguien que pueda cubrir los ángulos muertos en tiempo real.

Silencio de tres segundos. Luego:

—Lister aprobó mi cobertura como jefe de la División de Información de Joyería Yang. Empiezo el lunes.

—¿Ya lo tenías preparado?

—Preparé tres opciones. Esta era la más eficiente. —Una pausa—. Avis fuera.

Dante se quedó en el pasillo vacío. Leslie Avis era la persona más competente que había conocido, y eso incluía a Gwen, a Lister, y al propio Anderson Lorenzo. La diferencia era que Leslie no usaba su competencia para impresionar a nadie. La usaba como otros usaban la respiración: sin pensarlo, sin exhibirla, sin esperar aplauso.

El lunes, Leslie se presentó en la oficina de Joyería Yang con un traje gris, el pelo perfectamente peinado y una carpeta que contenía un análisis completo de las vulnerabilidades financieras de MASSIVE que habría hecho llorar al departamento de inteligencia de cualquier gobierno. Se sentó en el escritorio contiguo al de Dante, abrió su computadora portátil, y no volvió a hablar en tres horas.

Dante trabajó en silencio junto a él. Leslie no hacía preguntas innecesarias, no llenaba los vacíos con charla, no intentaba demostrar nada. Simplemente estaba ahí, eficiente y presente, como un segundo par de ojos que cubría exactamente los ángulos que Dante no alcanzaba a ver. Y por primera vez desde que había empezado esta misión, Dante sintió algo que se parecía vagamente a no estar solo.

Esa tarde, un ramo de nardos blancos y nomeolvides azules llegó al escritorio de Dante. La tarjeta decía: "Para el diamante de los Yang. —A."

Leslie miró el ramo. Miró a Dante. No dijo nada.

Dante puso el ramo en el rincón más alejado del escritorio, donde no pudiera olerlo. Los nardos eran la flor que Anderson había mandado al hospital después de la segunda explosión. Los nomeolvides no necesitaban traducción. Era un mensaje disfrazado de cortesía, y la firma — solo una A, sin apellido — era un acto de intimidad que Dante no le había autorizado.

Pero no lo tiró.

Anderson Lorenzo, en su estudio, miraba la fotografía de Dante Lam con la frase de Richard resonándole en la cabeza: "La temperatura de las manos. La forma de caminar. La manera en que alguien mira cuando cree que nadie lo observa."

Dean Yang tenía las manos frías. Caminaba con una economía de movimiento que no se enseña en escuelas de modales. Y cuando creía que nadie lo observaba, miraba la salida más cercana.

Exactamente como LAM.

Anderson cerró los ojos. Cuando los abrió, su expresión no había cambiado. Pero algo detrás de ella sí — algo que no era sospecha ni certeza, sino la paciencia infinita de un hombre que sabe esperar.

—Una persona no puede convertirse en otra —repitió, en voz baja, en la habitación vacía—. Siempre queda algo. Y yo voy a encontrarlo.

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