Hay personas que llegan a tu vida haciendo ruido, otras que lo cambian todo en el silencio.
Libra nunca imaginó que una conversación sobre Saturno pudiera convertirse en el comienzo de la historia más importante de su vida. Entre recreos, paseos después de clase, chocolates calientes, bancos de madera y amaneceres compartidos, conocerá a Acuario, un chico que tiene la extraña habilidad de encontrar belleza en los pequeños detalles y de hacer sentir especiales a quienes lo rodean.
Mientras el tiempo avanza y el final del curso se acerca, ambos descubrirán que crecer significa aprender a convivir con los cambios, con el miedo a perder lo que amas y con las palabras que, a veces, nunca llegan a decirse.
Porque algunas historias de amor no nacen con un beso.
Nacen con una conversación que parecía insignificante.
Con una fotografía tomada sin avisar.
Con una promesa hecha entre risas.
Con dos personas que, sin darse cuenta, empiezan a convertirse en el hogar del otro.
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Capítulo 13 - Las Vacaciones
Siempre pensamos que las vacaciones son sinónimo de felicidad.
Dormir más.
No madrugar.
Olvidarse de los exámenes.
Tener tiempo para hacer lo que uno quiera.
Pero nadie habla de la otra cara.
La de echar de menos aquello que no sabías que se había convertido en parte de tu rutina.
Porque, a veces, no es el instituto lo que extrañas.
Es a quien veías dentro de él.
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El último timbre del trimestre sonó con una fuerza especial.
Los pasillos se llenaron de alumnos despidiéndose a gritos.
Algunos ya hablaban de los regalos de Navidad.
Otros de los viajes familiares.
Había abrazos.
Promesas de verse.
Fotos improvisadas.
El ambiente tenía esa mezcla extraña entre alegría y nostalgia que solo existe cuando termina una etapa, aunque sea una pequeña.
—¡Somos libres! —gritó Leo mientras salía del aula con la mochila colgando de un solo hombro.
—Libres durante dos semanas —corrigió Escorpio.
—No me estropees el momento.
Capricornio sonrió.
—Disfruta. Después vendrán los deberes.
—No pienso hacerlos hasta el último día.
—Lo sabíamos.
Acuario apareció detrás de ellos.
—Eso también es tradición.
Todos comenzaron a caminar hacia la salida.
Como siempre.
Pero esta vez el camino se sentía distinto.
Más lento.
Como si ninguno tuviera demasiadas ganas de llegar a la puerta.
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Cuando salieron del instituto, el grupo se quedó unos minutos en la acera.
Nadie parecía tener prisa.
Leo hablaba sin parar sobre la cena de Nochebuena.
Escorpio discutía con Capricornio sobre qué película era obligatorio ver en Navidad.
Libra escuchaba la conversación, pero su atención estaba en otra parte.
Miró de reojo a Acuario.
Él también parecía más callado de lo habitual.
Después de unos minutos comenzaron las despedidas.
—Nos vemos en dos semanas.
—Feliz Navidad.
—No os atragantéis con los polvorones.
—Eso va por ti, Leo.
Hubo abrazos rápidos.
Choques de manos.
Bromas.
Todo parecía normal.
Hasta que solo quedaron ellos dos.
Había llegado el momento de tomar caminos diferentes.
—Bueno...
—Bueno...
Los dos sonrieron.
Era increíble la cantidad de veces que empezaban así una conversación.
—Pásalo bien estas vacaciones —dijo Libra.
—Tú también.
Silencio.
—Y no hagas muchas tonterías.
Acuario levantó una ceja.
—No puedo prometer eso.
—Lo imaginaba.
Él metió las manos en los bolsillos.
Miró el suelo durante un segundo.
—Oye...
—¿Sí?
—Escríbeme.
Aquellas dos palabras fueron tan sencillas que cualquiera habría pensado que no tenían importancia.
Pero para Libra significaron mucho más.
No era un "si quieres".
No era un "ya hablaremos".
Era un "escríbeme".
Como si realmente quisiera seguir formando parte de sus días.
Ella sonrió.
—Lo haré.
Él asintió.
—Vale.
Y, sin saber muy bien por qué, ambos tardaron unos segundos más de lo necesario en darse la vuelta.
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Las primeras horas de vacaciones fueron extrañas.
Libra llegó a casa.
Dejó la mochila en un rincón.
Se cambió de ropa.
Encendió la televisión.
Intentó leer.
Nada conseguía entretenerla demasiado.
A las seis de la tarde desbloqueó el móvil.
Ningún mensaje.
Se sintió ridícula.
Solo habían pasado unas horas.
Respiró hondo.
"Tranquila."
Entonces la pantalla se iluminó.
Acuario:
"¿Has sobrevivido al primer día de vacaciones?"
Una sonrisa apareció automáticamente.
Respondió sin pensar.
"De momento sí."
"Yo ya me estoy aburriendo."
"Han pasado cinco horas."
"Exacto."
"Tienes un problema."
"Lo sé."
Libra soltó una pequeña carcajada.
Aquella conversación duró apenas diez minutos.
Hablaron de cualquier tontería.
De una película.
De la comida.
De los deberes que ninguno pensaba empezar.
Nada importante.
Y, aun así, cuando terminó, sintió que el día había mejorado.
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Los días comenzaron a repetirse.
Cada mañana había un "Buenos días".
Cada noche un "Buenas noches".
Entre medias aparecían fotos absurdas.
Memes.
Audios.
Comentarios sobre cualquier cosa.
A veces hablaban cinco minutos.
Otras veces una hora.
No existía ninguna obligación.
Simplemente ocurría.
Como si ya formara parte de la rutina.
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Una noche, mientras hablaban, Acuario envió una fotografía.
Era el cielo.
Completamente despejado.
Las estrellas brillaban con una claridad poco habitual.
"Mira arriba."
Libra frunció el ceño.
Se levantó de la cama.
Abrió la ventana.
El aire frío le golpeó la cara.
Levantó la vista.
El mismo cielo.
Las mismas estrellas.
Durante unos segundos olvidó el móvil.
Solo observó.
Entonces llegó otro mensaje.
"Es curioso."
"¿Qué?"
"Ahora mismo estamos mirando exactamente lo mismo."
Libra volvió a levantar la cabeza.
Nunca había pensado en algo así.
Él estaba en otro barrio.
En otra casa.
Y, aun así, compartían el mismo cielo.
"Nunca lo había visto de esa manera."
"Yo tampoco."
"Es bonito."
"Sí."
Pasaron varios minutos sin escribir nada.
No hacía falta.
Los dos siguieron mirando las estrellas desde lugares distintos.
Separados por varios kilómetros.
Unidos por el mismo instante.
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La Nochebuena llegó casi sin darse cuenta.
Las casas se llenaron de luces.
Las familias comenzaron a reunirse.
El móvil permaneció en silencio durante gran parte del día.
Era lógico.
Cada uno estaba con los suyos.
Cuando el reloj marcó las doce y media de la noche, el teléfono de Libra vibró.
Acuario:
"Feliz Navidad, borde."
Ella sonrió.
Contestó inmediatamente.
"Feliz Navidad, pesado."
A los pocos segundos llegó un audio.
—Espero que estés pasando una buena noche. Y... gracias por este año.
Solo eso.
No había música.
Ni frases preparadas.
Solo su voz.
Natural.
Sincera.
Libra escuchó el audio dos veces más antes de responder.
Grabó uno ella también.
Le costó más de lo que esperaba.
—Gracias a ti... por hacer este año mucho mejor de lo que imaginaba.
Lo envió.
Y, por primera vez desde que se conocían, sintió que ya no hablaban solo por costumbre.
Lo hacían porque ambos querían estar presentes en la vida del otro.
Aunque fuera desde la distancia.
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Aquella madrugada, antes de dormir, Libra volvió a abrir el cajón de la mesilla.
El pequeño Saturno seguía allí.
A su lado, la pulsera azul.
Los observó durante unos segundos.
Sonrió.
Era curioso.
Hacía apenas unos meses, aquellos objetos no significaban nada.
Ahora eran capaces de devolverle recuerdos enteros.
Una conversación.
Una risa.
Un paseo.
Un recreo.
Comprendió que el valor de las cosas nunca depende de lo que cuestan.
Depende de quién te las entrega.
Y de cómo consigue hacerte sentir.
Sin saberlo, aquellas vacaciones estaban demostrando algo importante.
No hacía falta verse todos los días para seguir acercándose.
Porque cuando dos personas empiezan a ocupar un lugar de verdad en la vida del otro...
La distancia deja de medirse en kilómetros.
Empieza a medirse en cuánto tarda una notificación en dibujar una sonrisa.