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El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

Status: Terminada
Genre:Romance / Época / Completas
Popularitas:643
Nilai: 5
nombre de autor: Selene Asteria

Un vals, un rumor y un compromiso que nadie supo desmentir.

NovelToon tiene autorización de Selene Asteria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: El paseo, el sombrero y la guerra de los rumores

Beatrice Montclair no confiaba en los sombreros demasiado apropiados.

Los sombreros sensatos tenían una forma de anunciar desgracias con encaje. Eran elegantes, obedientes, calculados para hacer parecer a una joven más dulce, más dócil y menos propensa a decir que un caballero respetable parecía un mueble caro.

El sombrero que Lady Agatha había dejado sobre la cama aquella mañana era exactamente esa clase de amenaza.

Tenía lazos color crema, una pequeña flor de seda y una inclinación tan delicada que parecía diseñada para decir: esta joven jamás causaría incidentes en una mesa de pastelillos ni sería sujetada de la cintura por Lord Nathaniel Ashford.

Beatrice lo miró con desconfianza.

—No.

Lady Agatha, desde la puerta, respondió sin inmutarse:

—Sí.

—Parece inocente.

—Ese era el objetivo.

—Tía, nada verdaderamente inocente necesita tanta cinta.

Clara, que sostenía los guantes de Beatrice, observó el sombrero con criterio profesional.

—Es muy favorecedor, señorita.

Beatrice la miró.

—Eso no responde a si es peligroso.

—La mayoría de las cosas favorecedoras lo son.

—Gracias, Clara. Esa es la primera opinión sensata del día.

Lady Agatha avanzó hasta la cama y tomó el sombrero con una solemnidad casi religiosa.

—Hoy habrá paseo en el parque. Habrá carruajes, damas observando desde sombrillas y caballeros fingiendo que no escuchan cada palabra. Necesitas parecer tranquila.

—Estoy tranquila.

Clara bajó la mirada a los guantes.

Lady Agatha ni siquiera se molestó en hacerlo.

—Beatrice.

—Estoy relativamente tranquila.

—Pareces una persona que se batiría en duelo con una servilleta si la servilleta comentara el baile de Bellhaven.

—La servilleta sabría lo que hizo.

Lady Agatha colocó el sombrero sobre la cabeza de Beatrice.

Beatrice se quedó inmóvil.

Clara ladeó un poco la cabeza.

—Le queda bien.

—Traición doméstica —dijo Beatrice.

—Con respeto, señorita.

—La peor clase.

Lady Agatha ajustó la cinta bajo su barbilla.

—Lord Ashford estará allí.

Beatrice sintió que el sombrero pesaba el doble.

—No veo qué tiene que ver Lord Ashford con mi cabeza.

—Desde hace dos días, querida, Valdoria parece encontrar una relación entre Lord Ashford y casi todas tus partes.

—Tía.

—No fui yo quien convirtió una cintura en asunto público.

—Tampoco fui yo. Fue mi pie.

—Entonces quizá debimos ponerle el sombrero al pie.

Clara hizo un sonido sospechoso.

Beatrice la señaló.

—La oí.

—No dije nada, señorita.

—Lo pensó con volumen.

Lady Agatha tomó los guantes de Clara y se los entregó a Beatrice.

—Hoy solo necesitas pasear, saludar y no alimentar el rumor.

—¿Y si el rumor viene a mí hambriento?

—Le ofrecerás silencio.

—Qué menú tan triste.

—Beatrice.

Ella suspiró.

—Muy bien. No alimentaré el rumor. No miraré a Lord Ashford de forma comprometedora. No permitiré que ningún caballero me sujete ninguna parte del cuerpo en ninguna circunstancia meteorológica.

—Un plan excelente.

—Y, si el sombrero me traiciona, lo negaré ante testigos.

Lady Agatha miró el sombrero con una ligera duda, como si por primera vez considerara que quizá el accesorio tenía carácter.

—El sombrero no te traicionará.

Beatrice no respondió.

Había aprendido, con dolorosa experiencia, que las frases optimistas eran una invitación directa al desastre.

El parque estaba lleno cuando llegaron.

Carruajes abiertos avanzaban lentamente por el paseo principal. Las damas inclinaban sombrillas, los caballeros saludaban con sombreros y las conversaciones flotaban en el aire con la suavidad venenosa de los perfumes caros.

Beatrice se sentó junto a Lady Agatha en el carruaje Montclair, con la espalda recta, las manos quietas y el sombrero perfectamente colocado.

Odiaba admitirlo, pero el sombrero funcionaba.

Varias damas la saludaron con sonrisas más amables que curiosas. Un caballero levantó el sombrero sin parecer a punto de mencionar su cintura. Incluso Lady Harcourt, desde un carruaje verde oscuro, se limitó a llevarse una mano al pecho con emoción moderada.

—¿Ves? —dijo Lady Agatha—. Todo va bien.

—No diga eso.

—¿Por qué?

—Porque ahora no irá bien.

En ese instante, apareció el carruaje de los Ashford.

Beatrice lo vio antes de querer verlo, lo cual fue sumamente irritante.

Nathaniel Ashford iba sentado frente a su madre y junto a Sebastián. Llevaba sombrero, guantes y esa expresión correcta que parecía haber sido heredada junto con el título. Pero cuando sus ojos encontraron a Beatrice, la compostura sufrió una pequeña interrupción.

Pequeña.

Casi invisible.

Beatrice la vio de todos modos.

Sebastián también.

El hermano menor de Nathaniel sonrió como si acabara de encontrar una moneda en la sopa.

—Señorita Montclair —saludó Sebastián cuando los carruajes quedaron a la par—. Qué alivio verla erguida y sin incidentes visibles.

—Señor Ashford —respondió Beatrice—. Qué pena verlo todavía con voz.

Lady Agatha aspiró aire.

Lady Ashford bajó la mirada, pero Beatrice sospechó que estaba sonriendo.

Nathaniel inclinó la cabeza.

—Señorita Montclair.

—Lord Ashford.

—El sombrero es muy… apropiado.

Beatrice lo miró con ofensa.

—No diga eso como si fuera una virtud.

—Creí que lo era.

—Para algunas personas.

—¿Y para usted?

—Para mí es una acusación con lazos.

Sebastián se inclinó hacia Nathaniel.

—Creo que acaba de insultar el sombrero.

—Creo que el sombrero sobrevivirá —dijo Nathaniel.

—No esté tan seguro —dijo Beatrice—. Aún no termina el paseo.

Lady Agatha intervino con rapidez.

—Lord Ashford, Lady Ashford, qué mañana tan agradable.

—Muy agradable —respondió Lady Ashford—. El clima parece acompañar.

Beatrice miró al cielo.

—Otra frase optimista. Estamos acumulando peligro.

Nathaniel la oyó. Su boca hizo aquello otra vez: no una sonrisa, sino la decisión educada de no sonreír.

Era casi peor.

Los carruajes continuaron avanzando en paralelo unos minutos. Se habló del parque, de la música de Bellhaven, de una próxima cena y de lo hermosa que estaba la temporada. Beatrice respondió lo menos posible, no porque careciera de opiniones, sino porque Lady Agatha la observaba como un halcón con parentesco.

Entonces llegó la ráfaga de viento.

No fue una brisa amable. No fue uno de esos movimientos delicados que hacen temblar una cinta para favorecer el perfil de una dama. Fue una ráfaga decidida, oportunista y con profundo resentimiento hacia el decoro.

El sombrero de Beatrice se levantó.

Ella lo sintió antes de entenderlo.

—No —dijo.

El sombrero no escuchó.

La cinta rozó su barbilla, se deslizó con una audacia ofensiva y el sombrero salió volando hacia el paseo como si hubiera esperado toda la mañana para buscar una vida más libre.

—¡Mi sombrero! —exclamó Lady Agatha.

—Técnicamente es mi cabeza la que acaba de ser abandonada —dijo Beatrice.

El carruaje se detuvo. El sombrero rodó por el suelo, dio un pequeño salto indecente y se dirigió directo hacia el caballo de un caballero anciano, que pareció tan ofendido como Beatrice.

Antes de que nadie pudiera reaccionar, Nathaniel descendió de su carruaje.

Lo hizo con irritante eficacia.

No corrió de forma teatral. No agitó los brazos. No convirtió el momento en una escena de ópera. Simplemente bajó, cruzó el paseo con paso rápido y recuperó el sombrero justo antes de que una rueda lo aplastara.

Todo el parque lo vio.

Por supuesto que lo vio.

Lady Harcourt se levantó medio palmo de su asiento.

—Oh —dijo.

Beatrice cerró los ojos.

—No.

Lady Agatha susurró:

—No digas nada.

—Estoy diciendo no con el alma.

Nathaniel regresó con el sombrero en la mano.

El objeto, que hacía un minuto parecía apropiado, ahora tenía una cinta torcida, una flor aplastada y el aire satisfecho de quien había causado más daño del esperado.

Nathaniel se detuvo junto al carruaje Montclair.

(todas las imágenes son creadas por IA)

—Señorita Montclair.

Beatrice miró el sombrero.

Luego a Nathaniel.

Luego otra vez al sombrero.

—Lord Ashford, lamento informarle que acaba usted de comprometerse con mi sombrero.

Sebastián, desde el carruaje Ashford, soltó una carcajada.

Nathaniel bajó la mirada al accesorio.

—¿Con el sombrero?

—Lo rescató en público. Valdoria es muy estricta con estas cosas.

—Comprendo.

—Tendrán que anunciarlo antes de que termine la temporada.

—¿Cree que aceptará mi oferta?

Beatrice parpadeó.

Lady Agatha hizo un sonido ahogado.

Sebastián apoyó una mano en el borde del carruaje, encantado.

—Nathaniel, ¿acabas de seguir una broma?

—Parecía necesario.

—Madre, registre este día. Mi hermano ha coqueteado con un sombrero.

Nathaniel le lanzó una mirada.

—No he coqueteado.

—No, claro. Solo has insinuado matrimonio textil.

Beatrice, contra toda prudencia, rio.

Fue una risa breve, brillante e imposible de esconder. Nathaniel la miró.

Y entonces sonrió.

No mucho. Nunca demasiado. Pero lo suficiente para que Beatrice sintiera una molestia cálida en el pecho, una sensación absurda y alarmante que no podía culpar al viento, al sombrero ni a la repostería.

Lady Harcourt, desde su carruaje, se llevó el pañuelo a los labios.

—Qué gesto tan galante —murmuró con voz perfectamente audible.

—Fue un rescate de sombrero —dijo Beatrice.

—Los objetos queridos revelan afectos ocultos —respondió Lady Harcourt.

Beatrice miró a Lady Agatha.

—¿Puedo arrojar el sombrero al lago?

—No.

—¿Y si digo que fue una ceremonia?

—Beatrice.

Nathaniel le tendió el sombrero.

—Creo que pertenece aquí.

Beatrice lo tomó, pero sus dedos rozaron los de él al hacerlo.

Apenas.

Naturalmente apenas.

Pero el roce existió, y por absurdo que fuera, Beatrice sintió que el parque entero se había quedado mirando sus manos.

Nathaniel también pareció notarlo. Su expresión se volvió un grado más serio.

—Debe ajustarlo mejor —dijo.

—¿El sombrero?

—Sí.

—Por un momento pensé que estaba haciendo una observación sobre mi destino.

—No me atrevería.

—Qué sensato.

—Intento serlo.

—Debe de ser agotador.

Nathaniel sostuvo su mirada.

—A veces.

La misma respuesta que le había dado aquella primera noche al entrar a Bellhaven. La misma palabra sencilla. La misma pequeña grieta en su corrección.

Beatrice bajó la vista al sombrero porque no estaba dispuesta a que él descubriera que la había desarmado con una sola palabra.

Sebastián, por supuesto, no tenía ninguna intención de permitir un silencio significativo sin arruinarlo.

—Debo decir —anunció— que este paseo ha superado mis expectativas. Primero la cintura, ahora el sombrero. Espero con ansiedad saber qué parte del guardarropa Montclair conquistará Nathaniel mañana.

—Sebastián —dijo Nathaniel.

—¿Los guantes? ¿Una cinta? ¿Un abanico rebelde?

Beatrice ajustó el sombrero con tanta dignidad como pudo.

—Si mi abanico se rebela, lo enviaré directamente a usted, señor Ashford.

—Me honra su confianza.

—No era confianza. Era amenaza.

—Aún mejor.

Lady Ashford intervino por primera vez, con una sonrisa suave.

—Sebastián, quizá deberías permitir que la señorita Montclair conserve al menos un accesorio sin comentario.

—Madre, intento preservar la historia familiar.

—La historia familiar sobrevivirá sin tu narración inmediata.

Sebastián suspiró.

—Qué casa tan ingrata.

Los carruajes volvieron a moverse, pero el daño ya estaba hecho. Beatrice podía sentirlo como se siente el cambio de presión antes de una tormenta. Las miradas se cruzaban de carruaje en carruaje. Lady Harcourt hablaba con la dama del vestido lavanda. La condesa viuda de Everly levantaba las cejas con la expresión de quien acababa de confirmar una teoría.

Lady Agatha se inclinó hacia Beatrice.

—No digas nada.

—No iba a hacerlo.

—Eso nunca ha impedido que lo hagas.

Beatrice miró el sombrero, ahora sujeto con una mano firme.

—En mi defensa, fue él quien cayó en brazos de Lord Ashford esta vez.

—El sombrero no tiene brazos.

—No necesita. Tiene reputación.

Lady Agatha se masajeó la sien.

—Querida.

—¿Cuántas damas cree que preguntarán ahora?

—Si tenemos suerte, menos de cinco.

—¿Y si no tenemos suerte?

Lady Agatha miró hacia Lady Harcourt, que parecía estar relatando el incidente con movimientos cada vez más elaborados.

—Entonces quizá debamos fingir una migraña y retirarnos antes de que alguien mencione flores.

Beatrice apretó los labios para no sonreír.

—Ese sombrero era idea suya.

—No esperaba que escapara.

—Ningún carcelero lo espera.

Lady Agatha la miró de lado.

—No conviertas tu sombrero en mártir de la libertad.

—Demasiado tarde. Ya tiene una historia de fuga, rescate y compromiso.

En el carruaje Ashford, Nathaniel miraba al frente con compostura. Pero Beatrice notó que Sebastián le hablaba y él no parecía escuchar. Luego, como si sintiera la mirada de ella, Nathaniel volvió los ojos.

Se miraron entre carruajes, entre aire fresco, entre rumores recién nacidos y cintas mal ajustadas.

Beatrice levantó apenas el sombrero, en una especie de saludo irónico.

Nathaniel inclinó la cabeza con solemnidad.

Sebastián se llevó una mano al corazón como si presenciara una ceremonia.

Beatrice bajó el sombrero de inmediato.

—Lo detesto —murmuró.

—¿A Sebastián? —preguntó Lady Agatha.

—A casi todos.

—Qué específico.

—Estoy intentando ser discreta.

El paseo continuó un cuarto de hora más, aunque a Beatrice le pareció una eternidad decorada con ruedas. Al final, los carruajes se detuvieron cerca de la salida del parque. Lady Ashford y Lady Agatha intercambiaron saludos formales. Sebastián hizo una reverencia exagerada hacia el sombrero.

—Mis respetos al prometido textil.

Beatrice entrecerró los ojos.

—Cuidado, señor Ashford. Los sombreros tienen memoria.

—Y al parecer excelente gusto.

Nathaniel descendió otra vez, pero esta vez no hizo nada escandaloso. Solo se acercó al carruaje Montclair y ofreció una inclinación correcta.

—Señorita Montclair. Espero que el resto del paseo transcurra sin nuevas fugas.

—Yo también. No puedo permitirme más compromisos esta semana.

—Comprensible.

—Además, mi sombrero tiene un carácter inestable. No sería una pareja conveniente.

—Entonces me consideraré advertido.

Beatrice sostuvo su mirada.

—Eso sería prudente.

—Intento serlo —dijo él otra vez.

Y esta vez, Beatrice no pudo evitar sonreír.

La sonrisa de Nathaniel apareció como respuesta, pequeña y privada, aunque estuvieran en mitad del parque y bajo vigilancia de media sociedad.

Lady Harcourt suspiró desde algún lugar cercano.

—No —dijo Beatrice sin mirar—. No fue nada.

Lady Harcourt respondió con suavidad:

—Por supuesto, querida.

Beatrice se volvió hacia Lady Agatha.

—Necesitamos irnos.

—Sí.

—Antes de que alguien escriba versos.

—Probablemente ya es tarde.

—Entonces antes de que rimen.

Lady Agatha dio la orden al cochero.

Cuando el carruaje se alejó, Beatrice sostuvo el sombrero con ambas manos, como si el objeto pudiera intentar una segunda fuga.

—Bueno —dijo Lady Agatha—. Pudo haber sido peor.

Beatrice la miró.

—Tía, Lord Ashford acaba de rescatar mi sombrero de una muerte bajo carruaje, Lady Harcourt lo llamó gesto galante y Sebastián lo considera mi prometido textil.

Lady Agatha pensó un momento.

—Pudo haber sido mucho peor.

—¿Cómo?

—Podrías haber dejado que él te lo colocara otra vez.

Pareció responder, lo pensó mejor y desistió.

Miró el sombrero.

Luego el camino por donde el carruaje Ashford se alejaba.

—No diga cosas horribles.

Lady Agatha sonrió apenas.

Beatrice se hundió en el asiento con el sombrero en el regazo y una sensación profundamente incómoda en el pecho.

No por el rumor.

El rumor era irritante, absurdo y veloz como siempre.

Lo incómodo era que, cuando Nathaniel había sostenido aquel sombrero ridículo y había seguido su broma sin perder la compostura, Beatrice había sentido que el caballero correcto quizá no era tan rígido como había querido creer.

Quizá había humor bajo la corbata impecable.

Quizá había calidez bajo la prudencia.

Quizá había un hombre peligroso escondido dentro del hombre apropiado.

Y aquello, pensó Beatrice mientras el viento amenazaba de nuevo la cinta del sombrero, era una catástrofe mucho más seria que cualquier rumor.

Porque un rumor podía desmentirse.

Pero una sonrisa inesperada de Lord Nathaniel Ashford parecía tener una manera imperdonable de quedarse.

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