Valeria Montenegro lo tenía todo: éxito profesional, riqueza, una familia amorosa, un matrimonio estable y una vida perfecta a los ojos de todos. Pero por dentro, su alma se consumía en un vacío profundo y doloroso. Atrapada en una existencia ordenada y predecible, sentía que solo existía, no vivía. Buscaba desesperadamente pasión, emoción y un sentido que nunca encontró en su mundo humano, incluso cuando tomó la valiente decisión de romper con todo para buscar su propio camino. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Una noche de tormenta, un accidente fatal le arrebató la vida justo cuando estaba a punto de empezar de nuevo. En sus últimos momentos, su alma gritó un deseo desesperado: "Haré lo que sea, iré a donde sea, con tal de sentir algo real, aunque sea oscuridad, aunque sea muerte".
Su petición fue escuchada.
NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9: Placer en la eternidad
Sus labios se posaron de nuevo sobre los míos, pero esta vez no hubo prisa, ni contención. Fue un beso lento, profundo, devorador, donde cada movimiento, cada roce, cada suspiro, estaba cargado de milenios de espera, de un deseo que había crecido en la soledad más absoluta y que ahora, por fin, encontraba su destino. Azrael se inclinó completamente sobre mí, apoyando su peso sobre sus brazos para no aplastarme, pero envolviéndome por completo con su cuerpo inmenso, cálido y frío a la vez, una sensación única, adictiva, que me hacía arder y estremecerme al mismo tiempo.
Sus manos, grandes, firmes, de dedos largos y elegantes, empezaron a recorrer mi cuerp• con una lentitud tortuosa y deliciosa. Pasaron por mi cintura, apretándome con fuerza contra él, marcando su posesión, subieron por mis costados, rozando la piel con una caricia que me hacía arquear la espalda buscando más contacto, y llegaron hasta mis hombros, donde sus dedos se engancharon en el borde de la túnica ligera que vestía, una prenda de seda fina y oscura que él mismo había tejido para mí, suave como una caricia, ligera como el aire. Con un solo movimiento suave pero decidido, la deslizó hacia abajo, dejando mi piel al descubierto, expuesta ante sus ojos, ante su mirada hambrienta que recorría cada centímetro de mí con una devoción que me hacía sentir la criatura más hermosa y deseada de todo el universo.
—Eres perfecta, Lysandra —murmuró contra mi piel, su voz ronca, cargada de deseo, rozando sensiblemente la piel de mi cuello, enviando escalofríos eléctricos que recorrían toda mi columna vertebral—. Más hermosa de lo que mi mente pudo imaginar durante todos estos siglos. Cada curva, cada línea, cada parte de ti… está hecha para mí. Para que yo te toque, para que yo te ame, para que yo te haga mía.
Sus labios bajaron desde mi boca, recorriendo la línea de mi mandíbula, mordisqueando suavemente mi barbilla, bajando por mi cuello, besando, lamiendo, marcando con pequeños mordiscos que no dolían, sino que encendían fuego en mi sangre, que me hacían gemir su nombre, que me hacía enroscar mis manos en su cabello oscuro, tirando de él, atrayéndolo más hacia mí, necesitando que no hubiera ni un milímetro de separación entre nosotros.
Nunca había sentido nada igual. En mi vida humana, el amor había sido algo suave, correcto, tranquilo. Pero esto… esto era una tormenta. Un huracán de sensaciones que me arrastraba, que me consumía, que me hacía perder la razón y el juicio, dejándome solo con el instinto puro, con la necesidad salvaje de pertenecerle, de sentirlo, de fundirme con él hasta ser una sola cosa. Sus manos exploraban cada rincón de mi cuerpo, descubriendo mis reacciones, aprendiendo dónde era más sensible, dónde un roce me hacía temblar, dónde un apretón me hacía arquearme y gritar su nombre. Y él disfrutaba de ello. Disfrutaba de mi respuesta, de mi fuego, de cómo me entregaba sin reservas, de cómo yo también lo deseaba con la misma intensidad con la que él me deseaba a mí.
Se apartó un poco para mirarme, apoyado sobre sus antebrazos, sus ojos grises brillando con una luz oscura, casi salvaje, dilatados por el deseo, clavados en los míos. Me miró con una mezcla de adoración y de hambre animal, recorriendo mi cuerpo desnudo con la mirada, desde mi cara hasta mis pies, como si quisiera grabar cada detalle en su memoria para siempre.
—Quiero ver todo de ti —dijo, con voz profunda y exigente—. Quiero saber todo lo que te hace sentir placer, todo lo que te hace gemir, todo lo que te hace perder el control. Porque tú eres mi reina, Lysandra. Y el placer que te dé será el más grande, el más intenso, el más eterno que jamás haya existido.
Se deshizo de sus propias prendas con movimientos rápidos y ágiles, dejando al descubierto su cuerpo, y contuve el aliento al verlo. Era una obra de arte. Perfecto, tallado, duro y fuerte, con músculos definidos, marcados por milenios de existencia, de poder, de fuerza. Su piel pálida brillaba bajo la luz suave de la habitación, sus hombros anchos, su pecho firme, su cintura estrecha, sus piernas largas y poderosas… todo en él estaba hecho para imponer, para dominar, para poseer. Y entre sus piern•s, la evidencia de su deseo, grande, duro, palpitante, esperándome, pidiéndome.
Me acerqué a él, deslizando mis manos por su pech•, sintiendo la piel suave y caliente, la dureza de los músculos bajo mis dedos, recorriendo cada línea, cada marca, cada parte de él, devolviéndole la misma exploración, la misma admiración, el mismo deseo. Él cerró los ojos un instante, inclinando la cabeza hacia atrás, dejando escapar un gemido ronco y profundo al sentir el tacto de mis manos sobre su piel, y cuando volvió a mirarme, su mirada era más oscura, más peligrosa, más llena de fuego.
—Me vas a matar, esposa mía —susurró, atrapando mis manos entre las suyas y llevándolas a sus labios para besarlas—. Me vas a matar con esa inocencia que no es tal, con ese fuego que llevas dentro. Pero qué muerte tan dulce sería, morir entre tus brazos.
Me empujó suavemente hacia atrás, haciéndome recostar de nuevo sobre las almohadas suaves y sedosas, y se colocó entre mis piern•s, abriénd•me para él con una lentitud que me hacía desesperarme, que me hacía levantar las c•deras buscando el contacto que él se negaba a darme todavía. Se inclinó sobre mí, rozando su cuerp• contra el mío, piel con piel, sintiendo su calor, su dureza, su tamaño, y frotándose contra mí, lenta, rítmicamente, creando una fricción deliciosa que me hacía gemir alto, que me hacía enroscar mis piernas alrededor de su cintura para atraerlo más cerca.
—Por favor… —susurré, perdiendo la dignidad, perdiendo todo lo que no fuera la necesidad de él—. Azrael… por favor, no me hagas esperar más. Tengo que sentirte. Tengo que tenerte dentr• de mí.