🚩⚠️🔞Azael, CEO de una firma exclusiva. Creció bajo el yugo de padres controladores que trataban su vida como un negocio; por eso, él ahora controla todo a su alrededor para nunca volver a ser vulnerable. No tolera que nada que considere "suyo" escape de sus manos.
Bastian, un pasante de último año en la empresa. Trabaja bajo una presión brutal porque necesita el dinero y los contactos para costear el costoso tratamiento médico de su madre.
NO APTO PARA PERSONA SENSIBLES Y NO TIENE UN FINAL COLOR DE ROSAS. Están advertidos.🔞⚠️🚩
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Fotografía
La noche trajo consigo el quiebre de los últimos recuerdos de Bastian Murphy. Cuando entró a la sala principal del ático después de una extenuante jornada revisando contratos en el escritorio de la esquina, se encontró con tres grandes cajas de cartón apiladas junto al sillón de cuero negro.
Azael Brinkman estaba de pie junto a ellas, sosteniendo un portarretratos de madera entre sus manos enguantadas.
—Josh hizo la mudanza definitiva hoy, Bastian —anunció Azael, con esa voz suave y fría que congelaba el ambiente—. Dejamos las llaves de tu antiguo apartamento de estudiante en la administración de la facultad. Ya no tienes ninguna propiedad a tu nombre fuera de estas paredes.
Bastian caminó lentamente hacia las cajas, sintiendo un vacío horrible en el estómago. Al mirar el interior de la primera caja, vio sus libros de texto de la universidad, sus camisas viejas y, en el fondo, un álbum de fotografías gastado. Azael, con lentitud, extrajo una fotografía del álbum. Era una imagen de hacía dos años: Bastian y Robin, abrazados por los hombros y sonriendo a la cámara el día que aprobaron su primer examen complejo.
La mirada de Azael se oscureció al instante. Ver el rastro de felicidad que otro hombre había provocado en el rostro de Bastian despertó su sádica necesidad de control territorial.
—Te advertí que no quería distracciones de tu pasado, Murphy —susurró Azael, fijando sus ojos en el joven.
Con un movimiento pausado y calculadamente cruel, Azael tomó la fotografía por los bordes y la rompió en dos pedazos justo frente a los ojos de Bastian. Luego, dejó caer los trozos en un cenicero de cristal y encendió con un encendedor, reduciendo el recuerdo a cenizas en pocos segundos.
Bastian no gritó. No intentó detenerlo. El entrenamiento psicológico de las últimas semanas había sido tan efectivo que su mente asimiló el castigo con una resignación absoluta. Sabía que protestar significaba poner en peligro el tratamiento médico de su madre en la clínica VIP.
—Ve al gimnasio, Bastian. Es hora de tu rutina de resistencia física —ordenó Azael, limpiándose las manos con un pañuelo—. Te veo allá en cinco minutos.
Bastian asintió en silencio y caminó por el pasillo hacia la sala de entrenamiento del ático. Se quitó la camisa del traje y se colocó una playera de tirantes gris, dejando al descubierto sus brazos y la parte alta de sus hombros. Debido al esfuerzo físico de los días anteriores, se sentía agotado, con los músculos tensos.
Cuando Azael Brinkman entró al gimnasio, no vestía ropa deportiva; se había quitado el saco del traje y la corbata, pero mantenía los pantalones oscuros y la camisa blanca con las mangas remangadas. Caminó hacia Bastian, quien estaba de pie junto a las barras de estiramiento.
—Date la vuelta —mandó el director ejecutivo.
Bastian obedeció, dándole la espalda. Azael se colocó justo detrás de él. Con un movimiento decidido, Brinkman sujetó el cuello de la playera de tirantes gris y la jaló hacia abajo con fuerza, exponiendo por completo la parte superior del dorso de Bastian.
Azael se congeló. Sus pupilas se dilataron por completo debido a una fascinación obsesiva. Allí, grabado con una tinta negra impecable sobre la piel pálida del joven, estaba el tatuaje: una intrincada y afilada enredadera de espinas que subía por el omóplato izquierdo hacia la base del cuello. Era un diseño agresivo, pecaminoso y dolorosamente sexy que contrastaba de manera perfecta con la apariencia sumisa de Bastian.
—Un tatuaje de espinas… —susurró Azael, pasando las puntas de sus dedos fríos sobre las líneas de tinta. El contacto físico envió una descarga eléctrica directa por la columna de Bastian, haciéndolo arquear la espalda con un sutil jadeo—. Ocultabas esto bajo tus camisas. Es una marca hermosa, Bastian. Pero te recuerdo que ahora este cuerpo me pertenece. Y un esclavo no puede tener marcas que su dueño no haya autorizado.
Azael lo tomó por los hombros y, con una demostración de fuerza física superior, obligó a Bastian a girarse y a sentarse en una de las bancas de cuero acolchado del gimnasio. Brinkman se colocó de rodillas entre las piernas del joven, atrapándolo por completo contra el respaldo de la banca.
—Tu mente estuvo pensando en esa fotografía de Robin mientras la quemaba, ¿verdad? —preguntó Azael, alzando la barbilla de Bastian con su mano izquierda. Su mirada brillaba con un sadismo refinado—. No te dejaré marcas visibles en la piel, Bastian. No necesito golpearte para enseñarte obediencia. Voy a usar tu propio cuerpo para castigar tu mente.
Bastian tragó saliva, mirando los labios del director a escasos centímetros de los suyos. El nivel de pánico psicológico se mezcló con una intensa y oscura expectación.
Azael bajó su mano derecha con lentitud hacia el cinturón del pantalón de Bastian. Con movimientos hábiles y calculados, desabrochó la prenda y deslizó su mano por debajo de la tela, buscando el centro de la intimidad del joven Murphy.
Bastian soltó un gemido ahogado en la penumbra del gimnasio, cerrando los ojos con fuerza. Esperaba que fuera un asalto violento, pero Azael ejecutó el castigo con una delicadeza perversa y experta. Sus dedos comenzaron a masturbar al joven con un ritmo constante, pausado y envolvente, controlando cada una de las sensaciones de Bastian con la precisión de un experto.
El castigo sádico de Azael consistía en la asimetría absoluta del poder: estaba doblegando la masculinidad de Bastian, arrebatándole el control sobre sus propias reacciones biológicas, sin causarle el menor dolor físico. No dejaría hematomas, ni heridas, ni marcas que los médicos de una clínica pudieran ver al día siguiente. Solo dejaría una huella psicológica imborrable de sumisión.
Lo más terrible para Bastian no era el acto en sí, sino su propia reacción. Su voluntad ya no tenía validez, pero su cuerpo no se resistió ni un milímetro. A pesar de que su mente intentaba recordar las mentiras sobre su madre o el rostro de Robin, el contacto de la mano de Azael Brinkman era tan magnético, tan placentero y tan asfixiante que Bastian terminó separando las piernas voluntariamente, permitiendo que su jefe lo dominara por completo. Aunque jamás lo admitiría en voz alta, le encantaba la forma en que Azael lo hacía sentir pequeño, seguro y totalmente poseído.
—Mírame, Bastian Murphy —ordenó Azael en un susurro dominante, acelerando el ritmo de sus dedos justo cuando sintió que el cuerpo del joven se tensaba por la inminencia del clímax—. No cierres los ojos. Quiero que veas quién te está haciendo esto. Quiero que entiendas de quién eres esclavo.
Bastian abrió los ojos, con las lágrimas de la estimulación y la sumisión empañándole la vista. Miró el rostro rígido, sádico y extrañamente hermoso de Azael Brinkman en la penumbra. En ese preciso segundo, el placer estalló en su interior de una manera tan intensa que tuvo que morderse el labio inferior para no gritar el nombre de su jefe. Su cuerpo se arqueó por completo sobre la banca de cuero, entregándose al éxtasis del castigo, liberando chorros de semen que Azael atrapó en una mano.
Cuando todo terminó, Bastian se quedó recostado en el asiento, con la respiración entrecortada y el pecho subiendo y bajando con violencia. Estaba completamente desarmado, física y mentalmente.
Azael Brinkman se puso de pie con total parsimonia. Sacó un pañuelo del bolsillo de su pantalón y se limpió los dedos con una elegancia escalofriante, como si acabara de firmar un documento en su oficina corporativa. Miró el cuerpo rendido de su asistente, prestando especial atención a la enredadera de espinas negras de su dorso que aún temblaba sutilmente por el espasmo del placer.
—Buen entrenamiento para esta noche, Bastian —dijo Azael, guardando el pañuelo—. Tu cuerpo aprende rápido las lecciones de la obediencia. Acomódate la ropa y ve a la cama. Josh preparará tu desayuno a la hora habitual mañana por la mañana.
Azael se dio la vuelta y salió del gimnasio con ese andar firme y rítmico que poseía el lugar, dejando la habitación en un silencio asfixiante.
Bastian Murphy se quedó solo en la penumbra, abrochándose el pantalón con manos temblorosas. Miró hacia la puerta por donde su jefe se había marchado, sintiendo que las paredes del ático se cerraban sobre él. Había perdido sus fotografías, su pasado y su carrera universitaria, pero al tocarse los labios aún calientes por la agitación, Bastian comprendió la verdad más oscura de su cautiverio: ya no quería que nadie lo salvara de la jaula de Azael Brinkman.