Lelia sale del convento para asistir a la boda de su hermana, estaba feliz al saber que se casaba por amor, pero nunca se imagino que su vida iba a cambiar.
Su destino la iba a llevar por un camino muy diferente al que pensó y le iba a poner pruebas muy duras.
¿Podrá Lelia superar todo lo que le prepara el destino?
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CAPÍTULO 10
Lelia deseaba tanto responderle con una bofetada, pero realmente no podía hacer eso; tenía que soportar sus humillaciones, esperar a estar a solas para dejar las cosas claras, exigirle respeto.
No le quedó más que ceder a otro de sus besos, soportar sus manos que la tocaban sin decoro; aunque lo hacía sobre la ropa, para ella era algo que la hacía sentir asqueada.
Para soportarlo, se decía mentalmente: “Tengo que salvar a mi familia, a mi hermana, solo soportarlo”. Estaba sin moverse, sujetando su vestido con todas sus fuerzas.
Apolo se dio cuenta de su indiferencia, de que más parecía estar besando a un pilar de su casa que a la hermosa mujer que ahora era su esposa.
Deja de besarla y la levanta para hacerla que se sentara en sus piernas; eso no le gustó a Lelia, estaba por resistirse cuando le susurra al oído.
—No te muevas, sé obediente, porque si no lo eres, me vas a poner de malas y no sé qué podría pasar. Mi mal humor no diferencia culpables o inocentes; podría desquitarme con tus padres, como cobrarles un poco más de la deuda, quitarles tierras y venderlas a un noble que odie a tu padre.
Sabes, las tierras de tus padres cuentan con un manantial; de esa agua dependen para sembrar. Te puedes imaginar qué pasaría si le quito esa parte de las tierras; se quedaría sin poder sembrar, no habría forma de pagarme… -
Lelia sabía muy bien que eso era una amenaza y estaba harta de seguir escuchándolo; para callarlo, pega sus labios a los de él, lo besa con torpeza.
Apolo se sorprendió con ese beso, tanto que no supo cómo reaccionar; no esperaba esa respuesta, más bien quería súplicas, lágrimas, verla desesperada y con miedo.
No lograba entender su carácter y eso lo ponía nervioso; no sabía cómo debía tratarla para entender qué funcionaba con ella y mantenerla sometida a sus órdenes.
Molesto, la retira de él, la sienta a su lado y se gira para ver el camino; estaba con sus manos cruzadas en su pecho, molesto porque nada le salía como quería.
Sin embargo, Lelia se dio cuenta de que ese hombre tan feroz y que era duro con sus palabras, que solo buscaba intimidarla, tenía esa debilidad; no era tan valiente cuando ella tomaba la iniciativa.
Ese pensamiento la hizo sonreír, porque tenía una oportunidad de defenderse, de hacerlo correr, y pensaba aprovecharse de eso; si volvía a acercarse, no pensaba quedarse quieta; esta vez era ella quien lo iba a intimidar, hacerlo sentir un poco de lo que él mismo le hacía a ella.
La fiesta de la boda iba a ser en la villa de Apolo; los invitados iban detrás de ellos en otras carrozas.
Apolo bajó del carruaje y, como un caballero, le ayudó a bajar; algo que Lelia aprovechó para poner a prueba su teoría de que era fácil de intimidar si se portaba cariñosa con él.
Finge que se iba a caer y él, al ver que su cuerpo se venía encima, reacciona; rápido levanta sus manos para sujetarla.
En el momento en que la abraza, ella pega sus labios a su boca y con su lengua los recorre; no era muy buena seduciendo, pero ese acto hizo que Apolo se pusiera rígido.
Abrió los ojos por la sorpresa; parecía que se le iban a salir y lo peor fue cuando siente cómo mete su mano entre su cabello, dejando unas caricias.
Apolo traga saliva y Lelia entendió que era su mejor forma de defenderse de él; deja de besarlo y se le acerca al oído para susurrarle.
—¿Es como te gusta? No tienes que seguir amenazando; esta noche seré muy obediente. -
Apolo sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo; rápido la hace que se pare en el suelo para separarla; nunca se esperó esas palabras, mucho menos que se viera tan dócil.
La tenía agarrada de los hombros, la miraba a los ojos y en ese momento le dice.
—Eres una mujer muy rara y no sabes besar. -
Estas últimas palabras las dijo con inseguridad; hasta se escuchó nervioso y ella descaradamente le sonríe, porque sabía que había tenido éxito; por lo menos eso iba a servir para que no la molestara más en la fiesta.
La enorme mansión tenía una sala de eventos a un costado; él hizo que lo sujetara del brazo y caminaron hasta el salón.
Se quedaron en la puerta recibiendo a los invitados; después se sirvió la comida, que fue un gran banquete, digno de la realeza.
El emperador y su tío, el papá, estuvieron en su fiesta; sus regalos fueron de los mejores, joyas de la realeza y oro.
Tenían que entrar a bailar su primer vals, pero ella no sabía bailar y no sabía cómo decirle a Apolo.
Tuvo que fingir un dolor de pie; le dijo que era causado por la caída al momento de bajar de la carroza.
Para su suerte, Apolo solo creyó en lo que le dijo y canceló esa parte de la fiesta.
Se puso a hablar con el emperador y su tío; los dos estaban encantados con ella. No solo era una mujer bella, también sabía comportarse y seguir las pláticas con educación.
Apolo la escuchó hablar de temas sociales, de las ayudas a las comunidades pobres, de las carencias que estaban llevando algunas luchas.
Estaba sorprendido por lo lista que era y lo sabia que era al usar sus palabras para no ofender al emperador.
Fue una plática larga hasta que su mamá llegó. La tomó del brazo con el pretexto de que quería hablar con su hija, la sacó del salón de baile, la llevó a la parte trasera de la mansión, donde estaba un kiosco.
Una vez que se aseguró de que estaban solas, le dijo.
—¿Cómo te atreves a hablar de esa manera? Las señoritas de buena familia no deben hablar de esos temas tan escandalosos.
Que sea la última vez que te escuché hablar de esos temas o me veré obligada a castigarte; entiende que en nuestra familia hay educación, buenos modales y tú no vas a venir a hacerme pasar vergüenza.
No sé cómo pude tener una hija como tú. Primero te fuiste a ese convento, nos dejaste solos, tu padre sufrió mucho con esa decisión; si no hubiera sido por tu hermana, en este momento ya estuviera muerto.
Ahora estás tomando el lugar de tu hermana y esa fue solo tu decisión, no puedes culparnos, pero ya que decidiste esto, será mejor que te comportes, que no dañes la imagen de tu hermana, porque sé que va a regresar y en ese momento tendrás que dejarle su lugar. -
Lelia se sintió mal al escuchar lo que su madre le decía; ya estaba acostumbrada a su frialdad, pero en ese momento estaba siendo dura e insensible.
Con lágrimas en los ojos le dijo.
—No estaba haciendo nada malo, solo contesté algunas preguntas que me hicieron.
Madre, entiendo que estés enojada, pero no puedes hablarme de esta manera; me duele que tú también me mires como una sustituta de mi hermana.
Es cierto que fue mi decisión, pero la que se casó con el duque soy yo, no mi hermana, la que juró ante Dios y la que va a dormir en su cama cada noche.
Soy una mujer de fe, que tiene que ser leal a su juramento; ¿cómo puedes pedirme que deje al que es mi esposo cuando regrese mi hermana? Esto es injusto para mí.
Madre, ¿por qué siempre me has tratado con tanta dureza? Soy tu hija, al igual que Aelia y yo estoy aquí dando la cara para corregir los errores de ella.
Realmente esperaba que esto nos uniera más, que vieras que soy alguien que los ama y que estoy dispuesta a todo para que no les pase nada, solo te…-
No terminó de hablar porque su madre la calló de una bofetada, al mismo tiempo que le dijo.
—Soy tu madre y tú haces lo que se te ordene.
Para empezar, no vuelvas a hablar de esos temas; eres una señorita, que debe concentrarse en hacer feliz a su esposo, en las costuras, en la comida y manejo de la casa.
No me hagas enojar más; te puede ir muy mal. -
Una vez que dijo eso, se dio media vuelta y la dejó sola.
Lelia dejó salir sus lágrimas; le dolía la actitud de su madre, no entendía por qué siempre la trataba con esa dureza.
El dolor y la tristeza la hicieron sentir débil; sus rodillas se le doblaron y estaba por dejarse caer al suelo cuando los brazos de Apolo la sujetaron.
Lelia se le quedó mirando, estaba sorprendida de verlo ahí y un miedo la invadió de solo pensar que había escuchado su plática.