Cinco años después de haber sido absuelta por la misteriosa muerte de sus dos primeros esposos, la enigmática Rubí Vicentelli regresa al ojo de la tormenta pública al anunciar su tercer matrimonio con Julián, un millonario cuya fortuna promete salvar de la ruina a la aristocrática pero decadente familia Vicentelli. Sin embargo, la noche de bodas se convierte en un matadero cuando Julián aparece colgado del candelabro principal de la mansión.
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Capitulo 10
La luz grisácea del amanecer apenas logra colarse por las rendijas de las persianas. El viento de la tormenta de la noche anterior ha cesado, dejando un silencio denso, casi perturbador, en el cuarto.
Rubí se remueve entre las sábanas de seda blanca. Abre los ojos despacio, parpadeando contra la penumbra. Se sienta en la cama y apoya los pies descalzos en el suelo frío de la noche. Al girar la cabeza hacia su tocador, se le corta la respiración.
En el centro del mueble, justo donde ayer estaba su cepillo de marfil, hay algo nuevo.
Rubí se pone de pie, arrastrando los pies con una lentitud que denota el miedo que le paraliza los músculos. Se acerca paso a paso.
Sobre la madera fina yace una muñeca de porcelana de unos treinta centímetros. Viste un minucioso vestido de novia blanco, hecho de joyas y seda, pero el diseño está completamente arruinado: una mancha espesa, pastosa y de un rojo oscuro —sangre fresca— cubría todo el torso del juguete. El velo blanco de la muñeca está echado hacia adelante, tapándole la cara por completo.
Pegada a la frente de la muñeca, con un alfiler de cabeza negra, hay una nota doblada en dos.
Rubí estira la mano cuidadosamente. Sus dedos tiemblan tanto que golpean el frasco de perfume de la mesa. Toma el papel y lo desdobla. La caligrafía es gruesa desangrada, hecha con tinta roja:
“La pureza murió en el sótano, Rubí. Hoy te pones el vestido blanco, pero mañana es un día que será de luto. El novio ya compró la madera para su propia caja.”
Rubí aprieta la nota contra su pecho, ahogándose de depuración. Sus ojos viajan de la muñeca hacia la ventana del balcón. La cerradura de hierro está rota, colgando de un solo tornillo.
El tintineo de las cucharas de plata contra las tazas de porcelana es el único sonido en el gran comedor. Elena sirve el café con una rigidez sutil. Alejandro mantiene la mirada fija en su plato, con ojeras profundas que delatan su falta de sueño. Altagracia, sentada en la cabecera, observa a todos por encima de sus lentes de leer.
***
Rubí entra al comedor. No lleva su ropa habitual; viste un camisón gris casual. Camina directo hacia Alejandro y deja la muñeca de porcelana ensangrentada sobre la mesa, justo al lado de su taza.
Elena suelta la cafetera, que golpea la mesa salpicando el mantel.
—¿Qué es esa cochinada, Rubí? —pregunta Elena, con la voz alterada, poniéndose de pie de un salto—. ¡Saca eso de mi mesa!
—Me lo dejaron en el tocador mientras dormía —dice Rubí, con una voz agitada, mirando fijamente a Alejandro—. Entraron por el balcón.
Alejandro toma la muñeca. Al notar la sangre aún húmeda en sus dedos, se pone de pie con molestia, tirando la silla hacia atrás.
—¡Esto se acabó! —grita Alejandro, mirando a su madre y luego hacia la puerta del pasillo—. ¡Quien quiera que esté jugando a los fantasmas en esta casa, va a terminar mal! ¡Voy a poner seguridad armada en cada esquina de este lugar!
—La seguridad no detiene los pecados de otros, hijo —interviene Altagracia con voz pausada, sin alterarse, mientras limpia sus labios con una servilleta de lino—. Esa muñeca no entró de la calle. Esa muñeca salió de los baúles del sótano. Yo reconozco ese vestido. Era el vestido de comunión de tu tía Berenice.
Elena se lleva las manos a la cabeza, comenzando a hiperventilar, mientras mira de reojo a la puerta, esperando que Henrique aparezca para sacarla de ese sitio mal genio.
***
El limpiaparabrisas de la patrulla se mueve con pesadez, barriendo las pocas gotas de agua que quedan del diluvio. El detective Marcano maneja con una sola mano, mientras con la otra sostiene un cigarrillo apagado entre los labios. El interior del auto huele a tabaco rancio y fríanse y a café de termo.
En el asiento del copiloto está el expediente abierto de Arturo Vicentelli, el patriarca fallecido.
Marcano detiene el auto frente a la entrada del cementerio municipal de la ciudad. Observa a través del parabrisas los cipreses viejos y las lápidas de mármol marrón. Saca su teléfono celular y marca un número.
—Habla Marcano —dice cuando atienden al otro lado—. Necesito que la orden de exhumación para el cuerpo de Arturo y de Julián esté lista al mediodía… Sí, escuchaste bien. Vamos a abrir esa tumba. El Padre Damián insiste en que el cómplice usa la colonia de un muerto, y yo no voy a dejar que un cadáver me gane este caso. Mueve los hilos con el juez, ahora.
El detective cuelga, guarda el arma en su sobaco y baja del auto, pisando con fuerza los charcos de lodo del camino principal del camposanto.
***
Samuel camina por el pasillo largo que lleva a la biblioteca, cargando una bandeja con el almuerzo de Valeria. Sus botas resuenan en el parque. Al pasar frente al gran espejo del vestíbulo, nota que la puerta de la habitación de huéspedes está entornada y vacía.
Escucha murmullos. Una voz de un misterioso y una misteriosa en la habitación.
Samuel se detiene. Deja la bandeja sobre una mesa auxiliar con cuidado de no hacer ruido. Se acerca a la rendija de la puerta y mira hacia el interior.
Henrique tiene a Elena acorralada contra el ropero. Le sujeta las manos con fuerza, pero no con violencia, sino con una desesperación evidente.
—El detective Marcano estuvo haciendo preguntas en la oficina de la naviera, Elena —dice Henrique en un susurro apurado—. Sabe que los movimientos de fondos comenzaron antes de la muerte de Julián. Si no firmamos el traspaso de las acciones de Rubí esta tarde, la policía nos va a congelar todo. Nos van a atrapar aquí adentro.
—Alejandro tiene las llaves de la caja fuerte, Henrique —responde Elena, con los ojos llenos de lágrimas de frustración—. Duerme con ellas bajo la almohada. No puedo sacárselas sin que se dé cuenta. Además… la novia negra estuvo en mi pasillo anoche. Nos tiene vigilados. Ella sabe lo nuestro.
Samuel retrocede un paso, con los ojos muy abiertos al descubrir la traición de la matriarca. Sus manos van directo a la culata de su arma, dándose cuenta de que en esa mansión, los secretos financieros son tan peligrosos como el velo negro.
***
El sol de la tarde se filtra por los vitrales, proyectando luces rojas y azules sobre los bancos de madera vacíos. Valeria está sentada en el suelo del altar, justo donde cayó el cuerpo de Santiago días atrás. Con un trozo de carbón vegetal, dibuja líneas caóticas sobre las baldosas de piedra.
El Padre Damián entra desde la sacristía. Sus pasos con el bastón alertan a la joven.
—Valeria… tu madre te está buscando —dice el sacerdote, arrodillándose con dificultad a su lado—. Samuel me dijo que te trajo aquí para que tuvieras paz, pero este no es un lugar seguro para ti ahora hija.
Valeria detiene el trozo de carbón. Mira al Padre Damián con una fijeza que le eriza la piel al anciano.
—La iglesia ya no es sagrada, Padre —susurra Valeria, con los labios agrietados—. El olor a azufre está debajo de las maderas del altar. Él viene a rezar por las noches con ella. Yo los escucho cantar el avemaría mientras cosen las bocas de los que hablan.
El Padre Damián se queda pálido, mirando hacia el sótano de la parroquia, dándose cuenta de que el horror psicológico de la joven no es una fantasía de ella, sino la crónica de lo que está por venir.
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