"Prisionera de Fuego"
Min-jae, una humilde profesora de 22 años, acepta un trabajo desesperado en la Cárcel Seúl Elite sin saber el mundo que está por descubrir. Allí conoce a Kyung-ho, un apuesto mafioso coreano de 25 años que, tras las rejas, observa cada uno de sus movimientos en silencio.
Lo que comienza como una tensión silenciosa entre profesor y recluso se convierte en algo inevitable cuando un atentado nocturno envenenado los deja a ambos luchando por sobrevivir en la enfermería de la cárcel. Atrapados, drogados y desesperados, se encuentran en una noche que lo cambia todo.
Cuando ella decide irse, él sale libre. Pero el destino tiene otros planes.
Una reencuentro accidental años después deja claro que algunos fuegos nunca se apagan.
Una historia de supervivencia, pasión prohibida y la imposibilidad de olvidar.
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La Trampa Cierra
CAPÍTULO 10: "La Trampa Cierra"
Park Jin-ho ejecuta su plan. Los gemelos son secuestrados en su camino a la escuela, arrebatados de las manos de sus cuidadores. El pánico consume a Min-jae y a Kyung-ho. Pero descubren que los gemelos no son víctimas pasivas: sus talentos especiales les permiten comunicarse silenciosamente, dejar pistas digitales, y manipular a sus captores. Kyung-ho moviliza todos sus recursos. Una batalla de poder comienza, no solo en el mundo físico, sino en el digital.
La llamada llegó cuando estaba en la clase de Literatura.
Un número desconocido. Usualmente ignoraría, pero algo en mi instinto gritó. Salí del aula y contesté.
— ¿Profesora Park? — la voz era de hombre, calmada, controlada, aterradora. — Sus hijos han sido adquiridos. Si desea verlos de nuevo, deberá asegurar que su pareja coopere completamente con nuestras demandas.
Toda la sangre abandonó mi cuerpo.
— ¿Dónde están? — grité, mi voz quebrándose.
— En un lugar seguro. Están siendo bien cuidados. Por ahora. Su cooperación determinará si permanecen así.
La línea se cortó.
Condujo hacia la casa en un estado de pánico que borró cualquier pensamiento racional. Solo sabía dos cosas: mis hijos habían sido tomados, y necesitaba encontrar a Kyung-ho.
Lo encontré en su estudio, las paredes cubiertas con pantallas mostrando datos que se movían demasiado rápido para que los siguiera. Cuando vio mi rostro, supo inmediatamente.
— ¿Los gemelos? — preguntó, aunque ya conocía la respuesta.
— Secuestrados hace una hora. De camino a la escuela. Un hombre llamó. Dijo que si cooperabas...
Kyung-ho ya estaba marcando. Sus manos, normalmente tan controladas, temblaban ligeramente.
— Activar protocolo Dragón — ordenó al teléfono. — Localizar a los menores Park, Joon-ho y Hae-won. Máxima prioridad. Máxima autoridad.
Colgó y se giró hacia mí.
— Siéntate — dijo con suavidad. — Porque lo que está a punto de suceder será el evento más aterrador y extraordinario que presenciarás en tu vida.
Lo que no sabía era que los gemelos habían estado preparándose para esto.
Literalmente.
En el auto de secuestro, mientras era conducida a un almacén abandonado en las afueras de Seúl, Hae-won había activado silenciosamente un dispositivo que Joon-ho le había dado meses atrás. Era pequeño, del tamaño de una aspirina, y contenía una serie de tecnologías que Joon-ho había desarrollado en secreto: un localizador GPS de precisión militar, un micrófono de rango ultracorto, y más importante aún, acceso a los sistemas de ciberseguridad de su padre.
— Mamá está asustada — murmuró Hae-won a Joon-ho en el asiento de atrás del auto.
Joon-ho cerró los ojos, y su hermana supo que estaba activando algo que había en sus mentes. Una conexión que habían desarrollado a través de años de vivir en el mismo espacio, respirando el mismo aire, compartiendo la misma sangre anormalmente brillante.
Telepatía. O algo lo suficientemente cercano como para que el concepto de palabras se volviera innecesario.
Cuando llegaron al almacén, fueron empujados a una habitación que había sido convertida en especie de celda improvisada. Había cuatro hombres vigilándolos, todos con armas, todos mirándolos con una mezcla de respeto y miedo.
Park Jin-ho entró después.
Era exactamente como Joon-ho lo había imaginado basándose en sus investigaciones. Pero en persona, era más aterrador. Sus ojos eran huecos, como si la humanidad hubiera sido retirada cuidadosamente de su interior y reemplazada con solo ambición y venganza.
— Así que estos son los gemelos legendarios — dijo, circundándolos lentamente. — Los prodigios que expusieron a toda una institución criminal. Impresionante. Verdaderamente impresionante.
— ¿Qué quieres de nosotros? — preguntó Joon-ho, sus ojos siguiendo cada movimiento de Jin-ho con la precisión de un depredador.
— Yo no quiero nada de ustedes, pequeño genio — respondió Jin-ho. — Los quiero como... cebo. Su padre tiene algo que quiero. Control sobre ciertos activos financieros, acceso a ciertas redes que él ha estado construyendo. Y ustedes serán mi forma de asegurar su cooperación.
Hae-won y Joon-ho intercambiaron un vistazo.
— Está cometiendo un error — dijo Hae-won simplemente.
— ¿De verdad? — Jin-ho sonrió, pero no había humor en ello. — Ella habla. La genia pequeña. Cuéntame, ¿cuál es mi error?
— Asumir que somos frágiles — respondió Joon-ho. — Asumir que porque somos niños, somos menos peligrosos que nuestro padre. Asumir que podemos ser controlados.
Jin-ho levantó una pistola y la apuntó hacia Joon-ho.
— Prueba tu valor entonces, genio. Vamos a ver qué tan inteligente eres cuando tu cerebro está decorando una pared.
Pero antes de que pudiera hacer algo más que apretar ligeramente el gatillo, todas las pantallas de vigilancia en el almacén se apagaron simultáneamente.
Luego las luces principales fallaron.
En la oscuridad, Joon-ho ejecutó el movimiento que había ensayado en su mente miles de veces. Años de software de IA controlado por su pura fuerza de voluntad le permitía "ver" la habitación en datos. Supo exactamente dónde estaba cada guardia, cada arma, cada objeto en el espacio.
Con la precisión de alguien que veía el mundo en código, golpeó el arma de Jin-ho hacia arriba. El disparo se perdió. Hae-won, usando la telepatía silenciosa que compartía con su hermano, supo exactamente cuándo moverse. Saltó hacia la izquierda justo cuando un guardia intentaba dispararle.
Los 47 segundos que siguieron fueron un ballet de supervivencia infantil. Joon-ho y Hae-won se movieron en perfecta sincronización, anticipando cada acción como si pudieran ver cinco segundos hacia el futuro. Porque en cierto sentido, Joon-ho podía. Su IA personal, alimentada por datos de movimiento, patrones de comportamiento humano, podía predecir con el 94% de precisión lo que haría cualquier persona en los próximos cinco segundos.
Cuando las luces volvieron a encenderse —una orden que Joon-ho había ejecutado con su mente a través del sistema de la Academia que le había enseñado a hackear desde dentro—, los cuatro guardias estaban inconscientes. Jin-ho estaba desarmado, sangrando de una herida en el muslo donde Hae-won lo había golpeado con la precisión de un cirujano asesino.
Y Joon-ho tenía la pistola.
— Ahora — dijo con la voz de alguien muy mayor que once años —, vamos a esperar a que mi padre llegue.
Kyung-ho llegó en veinte minutos.
No solo. Llevaba a treinta de sus hombres más letales. Cuando irrumpieron en el almacén, la escena que encontraron fue un cuadro de poder:
Sus dos hijos, completamente ilesos, uno sosteniéndose contra una pared con los brazos cruzados, el otro con una pistola que parecía demasiado grande para sus manos infantiles. Y Park Jin-ho, sangrando, derrotado, vencido por dos niños de once y diez años.
Kyung-ho se arrodilló frente a los gemelos, examinándolos con desesperación, sus manos tocándolos como si necesitara confirmar que eran reales.
— ¿Están bien? — preguntó, su voz rota.
— Estamos perfectos — respondió Hae-won. — Como siempre.
Luego le sonrió a su padre de una manera que sugería que había algo más en ella que cualquier niño de diez años debería contener.
— Papá, tienes que ver qué hicimos mientras estábamos aquí. Joon-ho accedió a todos los sistemas financieros de Jin-ho. Todos sus activos. Todo su dinero. Todo está siendo trasferido a cuentas que controlamos. Efectivamente, lo hemos quebrado financieramente. Ahora es un hombre sin poder. Sin recursos. Sin nada.
Joon-ho asintió.
— Y aquí está lo interesante. También hackeeamos los sistemas de seguridad del gobierno. Toda la evidencia del crimen de Jin-ho, todo lo que ha hecho en los últimos treinta años, ahora está en manos de las autoridades. Está terminado. Completamente terminado.
Kyung-ho miró a sus hijos como si estuviera viendo el futuro mismo reflejado en sus ojos.
— Nunca van a ser seguros — dijo suavemente.
— No — estuvo de acuerdo Joon-ho. — Porque la gente siempre querrá controlar lo que tiene miedo de no entender. Y entender nos hace a nosotros... impredecibles.
Cuando regresamos a casa esa noche, con los gemelos dormidos en los brazos de su padre, la Abuela Kim simplemente sonrió como si hubiera sabido todo el tiempo que esto sucedería exactamente de esta manera.
— Los genios no nacen — susurró mientras veía a Kyung-ho besar las frentes de sus hijos dormidos. — Se crean a través del amor y la necesidad de proteger lo que importa.