En un mundo salvaje donde las hembras son escasas, codiciadas y acumulan harenes de múltiples esposos para asegurar la supervivencia de la especie, Lin Mei (la antigua "hembra perezosa y fea") toca fondo tras intentar forzar al guerrero oso Boran a amarla. Al borde de la muerte tras un intento de suicidio, su cuerpo es ocupado por Mei, una brillante estudiante de agronomía y medicina alternativa del mundo moderno.
Decidida a no ser el juguete ni el parásito de nadie, Mei revoluciona la Tribu de la Roca con conocimientos de higiene, agricultura y costura. Su transformación física y mental la convierte en la hembra más hermosa y deseada del continente. Mientras rechaza los lamentos del arrepentido Boran, Mei desafía las leyes del mundo de las bestias al entregar su corazón a uno solo: Kaelen, el imponente y devoto líder de los leones, demostrando que en un mundo de poligamia, el verdadero poder radica en elegir a quién amar.
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CAPITULO 6
Mei llegó a la entrada de su cueva con la respiración ligeramente agitada, no por el esfuerzo físico de la subida, sino por el eco del ronroneo de Kaelen que parecía haber quedado vibrando en sus oídos. Se detuvo un momento, apoyando la espalda contra la fría roca de la entrada, y miró hacia el espeso bosque que se extendía a sus pies. El aroma del león —ese olor a sol, madera y peligro latente— parecía haberse impregnado sutilmente en sus propias ropas.
—Hombres... —susurró Mei, su soltando una risa seca y sacudiendo la cabeza—. Da igual el mundo en el que esté, los tipos con complejo de alfa siempre entran pateando la puerta. Pero tengo que admitir que tiene estilo. Mucho más que el oso rudo.
Consciente de que no podía alimentar su estómago ni su supervivencia con los halagos de un felino extranjero, Mei entró a la cueva y depositó su botín en una de las repisas de piedra natural que había limpiado el día anterior. Separó las hojas de menta de la corteza de sauce blanco. Con una piedra pesada y plana, comenzó a machacar la corteza con un ritmo constante, transformándola en tiras finas y fibrosas que luego puso a secar sobre una roca lisa cerca de las brasas agonizantes de la fogata. El calor residual eliminaría la humedad, permitiéndole pulverizar la corteza más adelante para conservarla en viales de calabaza seca.
Sin embargo, al mirarse la túnica de piel de venado, Mei frunció el ceño con profunda insatisfacción. La prenda, aunque limpia gracias a sus esfuerzos con la saponaria, estaba rígida, mal cortada y deshilachada en los bordes. En este mundo, las hembras dependían de los machos para que estos moldearan las pieles golpeándolas con piedras pesadas hasta ablandarlas, un proceso tosco que dejaba la ropa pesada, incómoda y propensa a pudrirse con la humedad.
—Si paso el invierno con esta armadura de cuero tieso, me va a dar una dermatitis horrible —pensó Mei, cruzando los brazos—. Necesito tela. O al menos, una forma de tejer fibras.
Su mente, entrenada en los procesos de producción agrícola y textil rural, comenzó a repasar las materias primas disponibles en el entorno. Recordaba haber visto en sus expediciones anteriores una gran cantidad de lianas de ortiga gigante y arbustos de Linum silvestre (lino) creciendo cerca de las zonas húmedas del bosque. Las plantas de ortiga de este mundo eran colosales; sus tallos eran ricos en fibras largas y extremadamente resistentes que, una vez procesadas, podían convertirse en un hilo fuerte, similar al cáñamo o al lino grueso.
Decidida, Mei tomó su cuenco y regresó a una zona segura del bosque, evitando el claro donde se había topado con Kaelen. Con cuidado de no tocar las hojas urticantes, utilizó su lasca de piedra para cortar los tallos gruesos de las ortigas gigantes. Recolectó un fardo considerable y lo arrastró de vuelta a su cueva.
El proceso que siguió fue una demostración pura de conocimiento moderno aplicado a la supervivencia primitiva. Primero, sumergió los tallos en el agua del río en una zona apartada para iniciar el proceso de "enriado", una técnica biológica donde el agua y las bacterias naturales disuelven la materia celular externa del tallo, separando las fibras textiles de la corteza inútil. Sabía que tendría que dejarlas allí un par de días, pero el proceso ya estaba en marcha.
Mientras tanto, para no quedarse de manos cruzadas, Mei decidió fabricar la herramienta más importante: un huso de caída libre rudimentario para hilar, y un telar de cintura básico. Buscó una rama de madera densa, la pulió con su piedra hasta dejarla perfectamente cilíndrica y forjó una pequeña rueda de arcilla húmeda que coció directamente en las brasas de su fogata para que sirviera de contrapeso (la tortera).
A última hora de la tarde, mientras Mei modelaba la arcilla junto a la entrada de su cueva para aprovechar los últimos rayos de sol, una sombra se proyectó sobre su espacio de trabajo.
Mei levantó la mirada, esperando ver de nuevo al león o al molesto Boran, pero la figura que se encontraba frente a ella infundía un respeto de naturaleza distinta. Era un macho de avanzada edad, de cabellera completamente gris pero con una musculatura que aún denotaba la fuerza de un guerrero formidable. Sus ojos marrones eran sabios, cansados y fijos. Llevaba collares hechos con colmillos de depredadores mayores y una capa de piel de oso negro que denotaba su estatus superior.
Era Gorik, el jefe de la Tribu de la Roca.
Mei se levantó despacio, adoptando una postura respetuosa pero firme. No mostró el miedo o la sumisión exagerada que la antigua Lin Mei habría tenido ante la máxima autoridad de la tribu.
—Jefe Gorik —saludó Mei, con una inclinación de cabeza cortés—. ¿Qué trae al líder de la tribu a este rincón olvidado?
Gorik no respondió de inmediato. Sus ojos recorrieron el lugar. Observó el suelo de la cueva, que ahora carecía por completo de la basura y el hedor que solían caracterizarla. Miró el lecho ordenado de helechos aromáticos, la pila de leña perfectamente cortada y organizada por tamaños, y los extraños utensilios de madera y arcilla que la hembra tenía entre las manos. Finalmente, su mirada se posó en el rostro de la chica.
El jefe sintió una profunda sorpresa interna. La Lin Mei que él recordaba era una criatura lastimera, de cabello pegajoso y rostro cubierto de lodo que causaba constantes disputas entre los jóvenes guerreros debido a sus histerias y su holgazanería. La mujer que tenía enfrente poseía una piel tan limpia y clara como la luna, una mirada cargada de una inteligencia serena y una dignidad que rivalizaba con la de las hembras de las tribus más nobles del sur.
—Los rumores vuelan rápido en mi plaza, Lin Mei —habló Gorik, su voz era un gruñido grave, pero carente de la hostilidad de Boran—. Boran me pidió que te enviara con los recolectores de las afueras, alegando que eras una molestia y una paria. Vine aquí para ver si era necesario castigarte o asignarte un tutor que controlara tus locuras. Pero lo que encuentro aquí... no se parece en nada a lo que me describieron.
Mei esbozó una sonrisa sutil y tranquila. —Boran habla desde el orgullo herido, jefe Gorik. Reconozco que mis acciones pasadas fueron vergonzosas y una carga para la tribu. El veneno que consumí en el bosque casi me cuesta la vida, pero también me aclaró la mente. Ya no soy la chica perezosa que mendigaba la atención de un macho que la desprecia.
Gorik arqueó una ceja, impresionado por la elocuencia de sus palabras. Las hembras de este mundo rara vez hablaban con tanta propiedad y estructura lógica. —¿Y qué son estas cosas? —preguntó el jefe, señalando la rueda de arcilla cocida y las plantas secas.
—Medicina para las fiebres del invierno, jefe —explicó Mei, señalando la corteza de sauce—. Y aquello de allá es una herramienta para crear ropa que no pese tanto como las pieles crudas y que mantenga el calor sin pudrirse. Estoy asegurando mi propia supervivencia para no ser una carga para su tribu durante la Luna Blanca.
Gorik guardó silencio durante un largo momento, procesando la información. En un mundo donde las hembras eran consideradas tesoros valiosos pero frágiles que debían ser mantenidos y protegidos a toda costa, ver a una hembra diseñar herramientas, recolectar su propia medicina y limpiar su entorno de manera tan estratégica era algo inaudito. No era una carga; estaba demostrando una autosuficiencia que incluso muchos machos jóvenes envidiarían.
—Si lo que dices es cierto, Lin Mei, y estas... "medicinas" y ropas funcionan, no solo dejas de ser una paria, sino que te convertirías en una bendición para la Tribu de la Roca —declaró Gorik, dando un paso atrás—. Mañana vendrán los enviados de la Tribu del León a un banquete de alianza antes del invierno. Deseo que asistas. Quiero ver cómo te comportas frente a la tribu ahora que afirmas haber cambiado.
—Asistiré, jefe Gorik —respondió Mei, manteniendo la mirada—. Pero bajo una condición: que Boran y su grupo entiendan que no pertenezco a nadie y que mi cueva es territorio sagrado. No toleraré más acosos en mi entrada.
Gorik soltó una carcajada ronca, complacido por el fuego y la determinación de la joven. —Tienes mi palabra, Lin Mei. Si mantienes este orden y esta dignidad, ningún macho te tocará sin tu consentimiento. Prepárate para mañana.
El jefe de la tribu dio media vuelta y se alejó por el sendero, dejando a Mei a solas con sus pensamientos.
Mei miró la rueda de arcilla en sus manos y luego el cielo estrellado que comenzaba a cubrir el valle. El banquete de mañana sería su primera aparición pública oficial ante toda la tribu. Sabía que Talia intentaría humillarla y que Boran la miraría con desprecio, pero también sabía que Kaelen, el imponente león, estaría allí observándola.
—Que vengan —susurró Mei con una chispa de emoción en sus ojos almendrados—. Es hora de que vean de lo que es capaz la "hembra fea" de la tribu.
zorra ? ¿ q animal ?