Sol Linares no tenía tiempo para soñar con vestidos blancos ni finales felices. Su mamá necesitaba una cirugía urgente, y su padre, que llevaba años mirándola desde lejos, le ofreció una sola salida: casarse con Bruno Alcázar, el heredero de una de las familias más poderosas de Buenos Aires.
Bruno no podía hablar. No podía moverse. Después de una caída extraña, todos lo daban por perdido.
Pero Sol descubre algo que nadie le había dicho: ese hombre inmóvil fue quien la salvó una noche en la que ella creyó que no iba a salir viva.
Lo que empezó como un trato frío se vuelve una deuda, después una promesa, y finalmente una guerra silenciosa dentro de una casa llena de secretos. Mientras Sol cuida a Bruno, alguien intenta terminar lo que empezó aquella caída.
Y Bruno, atrapado en su propio cuerpo, escucha todo.
La chica que compraron para acompañarlo no se parece a nadie de su mundo. Habla demasiado, cocina como si pudiera curar con las manos, pelea cuando la acorralan y no sabe rendirse.
Él sólo tiene una idea fija: despertar antes de que la destruyan.
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Capítulo 10
Capítulo 10
Sol bajó más temprano que el día anterior.
Bruno había comido más rápido, y ella todavía tenía que pasar por la cocina antes de ir al sanatorio. Llevaba pantuflas y no tomó el ascensor. Bajó por la escalera, donde la alfombra gruesa se tragaba cada paso.
Al llegar al segundo piso, vio a Marta agachada cerca de la cocina.
La mujer miraba fijo hacia la puerta del ascensor mientras hablaba por teléfono.
—Sí, sí, usted quédese tranquilo. Esto lo voy a hacer.
Sol frenó.
Marta bajó la voz.
—El señor Bruno ahora no está muy bien...
Sol enderezó la espalda.
Algo raro había ahí.
Marta siguió murmurando. Sol ya no alcanzó a distinguir nada, pero no se movió. Sabía que en una familia así el agua nunca era clara. Desde el primer día había sospechado de Marta: demasiada indiferencia, demasiada comida fría, demasiadas respuestas rápidas.
Bruno la había salvado una vez.
Ella no podía salvarlo de todo, pero al menos podía intentar mantenerlo vivo.
Dio dos pasos más.
La sombra le cayó encima a Marta. La mujer levantó la cabeza, se sobresaltó y el celular se le resbaló de la mano. La pantalla golpeó contra el piso y se rajó.
Sol sonrió como si nada.
—Marta, ¿con quién hablaba? Mire cómo se asustó.
Se inclinó para levantar el teléfono.
Marta lo agarró antes y se lo metió en el bolsillo.
—¿Usted está enferma? ¿Camina sin hacer ruido?
Sol mantuvo la calma.
—Perdón, la asusté. Si se rompió la pantalla, se la pago.
—No hace falta. Para eso tengo plata.
Contestó demasiado rápido.
Sol no insistió y entró a la cocina.
Marta quedó con la espalda sudada.
Del otro lado le habían preguntado por Bruno y le habían dado la siguiente orden: no girarlo, dejar que le salieran escaras. Bruno ya estaba flaco hasta los huesos. Si además se lastimaba la piel, se iba a apagar más rápido.
Marta no quería imaginarlo, pero tampoco podía negarse.
Su marido debía más de treinta mil pesos por juego. Si no pagaban pronto, el mes siguiente la deuda iba a ser mucho más alta. La voz del teléfono lo sabía todo.
Entró a la cocina para tantear.
—Señorita Sol, ¿escuchó algo recién?
Sol llevaba auriculares pequeños en las orejas.
—No. Venía escuchando música.
Marta miró los auriculares y soltó el aire.
Los jóvenes y esa manía de tener música todo el día, pensó.
Sol bajó la vista para esconder la sonrisa.
Marta estaba haciendo algo. Ya no era una impresión.
Cuando volvió al cuarto, Sol se sentó al pie de la cama y empezó a masajearle las plantas a Bruno.
—Señor Alcázar, Marta está metida en algo. Recién hablaba por teléfono, escondida, y lo nombró a usted. No alcancé a oír bien. Encima se le rompió la pantalla por mi culpa y ni quiso que se la pagara. Rarísimo.
Bruno, por dentro, contestó de inmediato:
Vigilala. Ahora.
—Yo no sé mucho de familias con plata —siguió Sol—, pero leí bastantes novelas. En esas casas siempre hay alguien queriendo hacerle algo a otro. No sé si acá será igual, pero mejor tener cuidado.
Bruno casi quiso suspirar.
Si fueras mi asistente, ya te habría echado mil veces por lenta.
Pero al menos estaba pensando.
Sol miró la hora.
—Se me hizo tarde. Me voy. Cuando empiecen las vacaciones voy a poder acompañarlo más.
Le acomodó la manta y salió.
Sus días se habían vuelto una línea apretada: facultad antes del mediodía, casa Alcázar por la tarde, sanatorio de noche. Si se permitía cansarse, se caía. Así que no se permitía nada.
Cuando llegó al sanatorio, Mercedes caminaba despacio por el pasillo con una mujer de mediana edad, también en bata de paciente. Iban conversando como si se conocieran de toda la vida.
—Mamá.
Mercedes sonrió.
—Sol, saludá. Ella es la señora Clara, de la habitación de al lado. Cuando vos no estás, me acompaña y charlamos.
Sol sostuvo a Mercedes del brazo y sonrió.
—Buenas noches, señora Clara. Gracias por acompañar a mi mamá.
La mujer la miró con cariño.
—Pero qué linda hija tenés, Mercedes. Da gusto verla.
En ese momento apareció un chico alto, con mochila al hombro.
—Mamá.
Las dos madres se rieron. Cada una volvió a su habitación con su propio hijo.
Más tarde, Mercedes se acomodó contra la almohada.
—Hoy vino el médico. Dijo que estos días me vio bien. En dos días me hacen un control completo y, si sale todo bien, me dan el alta.
A Sol se le iluminó la cara.
—¿De verdad? Mamá, qué bueno.
Nadie quería vivir en un sanatorio. Y además cada día internada era plata que se iba, aunque ahora la cuenta estuviera cubierta por los Alcázar.
—Entonces mañana voy a limpiar bien la casa. Extraño mi cuarto.
Con Mercedes, Sol volvía a ser una hija cualquiera. Hablaba sin medirse, hacía planes chicos, se permitía entusiasmarse.
Mercedes le acarició la mano.
—Estas dos semanas te mataste, hija. Cuando volvamos, te hago esas milanesas que tanto te gustan.
—Primero se recupera la cocinera —dijo Sol, y la arropó mejor.
De madrugada, Mercedes ya dormía.
Sol estaba acostada en la cama de acompañante, tiesa para no hacer ruido. La luz de la luna entraba por la ventana y le recordó los ojos fríos de Bruno en la foto.
Pobre Bruno.
Tenía una fortuna detrás y Marta se atrevía a tratarlo así.
Cuando le había cambiado la ropa, Sol había visto moretones en la cintura. Varios. Había marcas moradas de dedos y dos líneas rojizas en forma de media luna, como hechas con uñas.
Los cuidadores hombres podían ser brutos, pero esas marcas parecían de Marta.
¿Qué quería hacer esa mujer?
Y los dos cuidadores apenas aparecían cuando ella los llamaba. Siempre con mala cara.
—Señorita Sol, nosotros también tenemos un trabajo digno. No somos sirvientes para que nos llamen cada dos minutos.
—Desde que usted llegó, tenemos el doble de trabajo. Vamos a pedir aumento.
Sol apretó los dientes en la oscuridad.
Bruno había cenado a las cinco.
¿Y si necesitaba ir al baño?
Él no podía llamar. Si Marta y los cuidadores no entraban, ¿cuánto tiempo lo dejaban esperando?
No.
Había aceptado cuidar a Bruno. Tenía que hacerlo bien.
Sol se incorporó despacio, miró a Mercedes para asegurarse de que seguía dormida y agarró la mochila.
No iba a tocar timbre ni avisar a nadie. Sólo iba a entrar, revisar a Bruno y volver antes del amanecer.
Pidió un auto desde la puerta del sanatorio.
Mientras esperaba, se abrazó la mochila contra el pecho.
—Voy, miro y vuelvo —murmuró.
Pero la casa Alcázar, de noche, ya no le parecía una casa.
Le parecía una trampa con demasiadas habitaciones cerradas.
Mercedes Salcedo
me estoy aburriendo 😡