Marco Vivaldi solo conoce dos colores en su vida, blanco o negro. Para él no hay quizás, no hay colores intermedios. El peso del pasado está sobre sus hombros haciendo estragos en su vida hasta que conoce a Isabella quien llega a convertirse en su arcoiris. Con ella descubre que hay una gama amplia de colores en la vida, de sentimientos y emociones...¿Pero que tendrán que enfrentar para disfrutar de ellos?
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Capítulo 7 Dos mundos que empiezan a rozarse
La vida en casa de Isabella siempre había sido sencilla, casi silenciosa en su propia forma.
No por falta de amor.
Sino por costumbre.
Elisa se levantaba antes del amanecer, organizaba el poco trabajo que conseguía y volvía a casa cuando el día ya estaba cayendo.
Isabella había aprendido a crecer entre ausencias breves y responsabilidades pequeñas.
Pero responsabilidades al fin.
Aquel día, sin embargo, todo parecía moverse con una energía distinta.
—Isabella —dijo Elisa mientras colocaba una taza de café sobre la mesa—. Necesito hablar contigo.
La joven levantó la vista.
—¿Qué pasa?
Elisa se sentó frente a ella.
—En la mansión… me ofrecieron quedarme de forma fija.
Isabella parpadeó.
—¿Fija?
—Sí.
Con mejor salario, más estabilidad.
Isabella intentó sonreír.
—Eso es bueno, mamá.
Elisa asintió.
—Lo es.
Pero hay algo más.
Isabella frunció ligeramente el ceño.
—Dímelo.
Elisa dudó un segundo.
—Lucía dijo que podrías ir algunos días conmigo.
Para ayudar.
La cocina, la limpieza ligera… nada pesado.
Isabella se quedó en silencio.
La palabra “mansión” volvió a aparecer en su mente.
Y con ella, inevitablemente…
Marco Vivaldi.
—No tienes que hacerlo —añadió Elisa rápido—. Es solo una opción.
Isabella bajó la mirada.
Sus dedos jugaron con el borde de la taza.
—No es eso…
Es solo que…
No sé si encajo allí.
Elisa sonrió con suavidad.
—Nadie encaja en un lugar la primera vez.
Isabella levantó la vista.
—¿Y si incomodo?
—No incomodas.
Ayudas.
El silencio se extendió unos segundos.
Isabella respiró hondo.
—Está bien.
Iré contigo.
El día en que Isabella volvió a cruzar las puertas de la mansión Vivaldi, el cielo estaba despejado.
Pero dentro de ella había una ligera tensión que no conseguía explicar.
Lucía la recibió con la misma amabilidad de siempre.
—Me alegra que hayas venido.
Isabella asintió.
—Gracias por confiar en mí.
Lucía sonrió.
—Tu madre habla muy bien de ti.
Mientras caminaban hacia la cocina, Isabella observaba todo con más atención que la primera vez.
Los pasillos largos.
Las esculturas antiguas.
Las cortinas pesadas que bloqueaban la luz.
—¿Siempre está así de… cerrada? —preguntó sin poder evitarlo.
Lucía suspiró suavemente.
—Desde hace muchos años.
Isabella no insistió, pero lo notó.
Aquella casa no solo era grande.
Era una casa que había olvidado cómo respirar.
Marco estaba en el despacho cuando escuchó voces en el pasillo.
No les prestó atención al principio.
Hasta que una de ellas cambió el ritmo de su pensamiento.
Se levantó sin darse cuenta.
Caminó hasta la puerta entreabierta.
Y la vio.
Isabella.
De pie en la cocina.
Con las manos ligeramente ocupadas en organizar utensilios.
El cabello recogido de forma sencilla.
No había nada extraordinario en la escena.
Y sin embargo…
Marco se quedó inmóvil.
Lucía apareció a su lado.
—Está ayudando hoy —dijo en voz baja.
Marco no respondió.
Lucía lo observó con atención.
—No tienes problema con eso, ¿verdad?
Él tardó unos segundos.
—No.
Pero no apartó la mirada.
Isabella giró en ese momento.
Y lo vio.
La sorpresa cruzó su rostro apenas un instante.
—Señor Vivaldi —saludó con educación.
Marco inclinó ligeramente la cabeza.
—Isabella.
Silencio.
Solo eso.
Nada más.
Pero en ese intercambio mínimo había algo extraño.
Como si ambos supieran que cualquier palabra de más sería peligrosa.
Marco fue el primero en apartar la mirada.
—Lucía —dijo—. Necesito los informes del viñedo.
Y se marchó.
Sin esperar respuesta.
Pero Isabella se quedó mirando el pasillo por donde había desaparecido.
Y no supo por qué…
le había dolido un poco que se fuera tan rápido.
Los días siguientes se repitieron de forma inesperada.
Isabella ayudaba en la cocina dos o tres veces por semana.
Al principio hablaba poco.
Se movía con cuidado.
Observaba demasiado.
Pero poco a poco…
empezó a sentirse menos ajena.
Lucía la trataba con amabilidad.
El personal la aceptaba con facilidad.
Y la casa…
la casa parecía cambiar ligeramente con su presencia.
No era algo visible.
Era algo más sutil.
Como si el aire se volviera menos pesado.
Una mañana, mientras organizaba flores frescas en un jarrón, una de las empleadas comentó:
—Desde que estás aquí, la cocina se siente diferente.
Isabella sonrió tímidamente.
—¿Diferente cómo?
—Más viva.
Ella no supo qué responder.
Marco, por su parte, no lo admitía ni siquiera para sí mismo.
Pero empezó a buscar excusas.
Bajaba al despacho en horarios distintos.
Pasaba por la cocina más de lo necesario.
Preguntaba cosas que no necesitaba preguntar.
Lucía lo notó primero.
—Estás caminando mucho por la casa últimamente.
Marco respondió sin mirarla.
—Es mi casa.
—Siempre ha sido tu casa.
—Entonces no es nada nuevo.
Lucía sonrió apenas.
—No.
No lo es.
Pero ahora te quedas mirando más tiempo.
Marco se detuvo.
—Estás imaginando cosas.
Lucía no discutió.
Solo lo observó con calma.
—Si tú lo dices.
Una tarde, Isabella se quedó un poco más de lo habitual.
Había terminado sus tareas en la cocina y ayudaba a ordenar la despensa.
El personal ya se había ido.
La casa estaba en silencio.
Otra vez.
Salió hacia el pasillo principal con las manos limpias.
Y entonces lo vio.
Marco.
Solo.
Frente a una ventana.
Mirando hacia los viñedos.
No se movía.
No hablaba.
Era como si estuviera lejos, incluso estando dentro de la misma casa.
Isabella dudó.
Podía irse.
Pero algo la detuvo.
—Señor Vivaldi…
Marco giró lentamente.
La vio.
Silencio.
Esta vez no fue inmediato.
No fue incómodo.
Fue… diferente.
—Pensé que ya se había ido —dijo él finalmente.
Isabella asintió.
—Estaba terminando de ordenar.
Silencio otra vez.
Marco la observó.
Y por primera vez no parecía tener prisa por marcharse.
—¿Le gusta trabajar aquí? —preguntó.
Isabella dudó.
No era una pregunta difícil.
Pero la respuesta sí lo era.
—Es… tranquilo.
Marco ladeó ligeramente la cabeza.
—Tranquilo.
—Sí.
Ella sonrió apenas.
—Aunque la casa es un poco triste.
Marco no reaccionó de inmediato.
Pero sus ojos cambiaron ligeramente.
—¿Triste?
Isabella asintió con suavidad.
—Tiene muchas ventanas cerradas.
Poca luz.
Demasiado silencio.
Marco la observó en silencio.
Y por un instante…
no supo qué responder.
Porque ella no estaba equivocada.
Y nadie se lo había dicho nunca así.
Isabella bajó la mirada.
—Lo siento… no debería decir eso.
Marco habló más bajo.
—No.
Pausa.
—No te equivocas.
El silencio cayó entre ellos.
Más pesado.
Pero también más honesto.
Isabella levantó la vista.
Y por primera vez…
Marco no apartó la mirada.
Y en ese instante, sin que ninguno lo dijera…
algo dentro de la mansión Vivaldi comenzó a moverse.
Muy lentamente.
Como si la casa, después de muchos años, estuviera empezando a despertar.