“Mi amor: El guachimán” es una historia de amor intensa entre un humilde guachimán (guardia de seguridad) y una joven millonaria que vive rodeada de lujos pero se siente vacía y sola.
A pesar de venir de mundos totalmente distintos, ambos se enamoran profundamente. Sin embargo, la madre de la chica se opone a la relación y hace todo lo posible para separarlos, creyendo que él no es digno de su hija.
Con el tiempo, el amor entre ellos se vuelve más fuerte y deciden luchar por estar juntos. Cuando finalmente llega el día de su boda, todo cambia drásticamente: ocurre un ataque inesperado y la chica termina herida al protegerlo a él, lo que provoca que pierda la memoria.
Desde ese momento, ella ya no lo recuerda. Él, roto por el dolor pero lleno de amor, hace todo lo posible por ayudarla a recuperar sus recuerdos y volver a enamorarla, demostrando que su amor puede resistir incluso la tragedia y el olvido.
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Capítulo 10: El chisme que lo cambió todo
Narra Sabrina Villegas
Yo estaba en mi habitación, tirada en la cama, sin hacer nada, mi llave. De esas veces que uno no tiene ganas ni de ver el celular, ni de hablar con nadie, solo estar ahí pensando en la vida y mirando el techo.
Mi cuarto, como siempre, todo morado. Las paredes moradas, las cortinas moradas, mi cama con sábanas moradas. Ese color es mi mundo, mi paz, mi todo.
Estaba en eso cuando me dio hambre.
Así que llamé a la empleada desde mi habitación.
—¡Señora, tráigame unos snacks por favor! —le dije.
Ella respondió desde abajo:
—Enseguida, señorita.
Yo seguí en la cama esperando, sin moverme mucho.
Pasaron unos minutos y escuché que tocaron la puerta de mi cuarto.
—Pase —dije.
La empleada abrió y entró.
—Señorita Sabrina… la señorita Katrina está aquí —me dijo.
Yo me levanté de una vez.
—¡Hágala pasar, pues! —le respondí emocionada.
Porque Katrina es mi mejor amiga, mi hermana del alma. Cuando ella llega, la casa se siente diferente.
La empleada salió y al rato entró Katrina.
Ella venía normal, pero yo de una vez la miré raro.
—Ajá, ¿y esa cara? —le dije—. Usted viene rara hoy.
Ella cerró la puerta y se sentó en mi cama sin decir mucho.
—No, nada… —dijo ella.
Pero yo la conozco demasiado bien.
—No, no, no… usted no viene “nada”. Usted viene con cara de boba —le dije riéndome.
Ella me miró y se quedó callada un segundo.
—Sabrina… cállese —me dijo serio pero nerviosa.
Yo me reí más.
—No, hable pues, ¿qué le pasa?
Ella respiró profundo y se acomodó el cabello.
—Es que… tengo algo que contarle.
Yo me acomodé en la cama de una vez.
—Ay no… suelte pues el chisme completo.
Ella me miró y se quedó pensando.
—Es que… yo… me enamoré.
Yo abrí los ojos de una vez.
—¿QUÉ? —grité—. ¿De quién?
Ella me hizo señas.
—¡Cállese! —me dijo rápido, mirando hacia la puerta.
Yo bajé la voz pero seguía emocionada.
—Bueno, bueno… pero dígame pues.
Ella se sentó más derecha.
—Es un guachimán…
Yo me quedé en blanco un segundo.
—¿Un qué?
—Un guachimán —repitió ella.
Yo exploté.
—¡Katrina, usted está loca! —le dije—. ¿Cómo así un guachimán?
Ella me miró seria.
—Sabrina, no grite.
Yo me tapé la boca un segundo, pero me seguía riendo.
—No, no, no… esto sí está bueno —le dije—. Cuente todo desde el principio.
Ella respiró otra vez y empezó.
—Lo vi en un evento…
Yo la interrumpí:
—¿En un evento? ¿Usted qué hacía viendo guachimanes en un evento elegante?
—¡Déjeme hablar! —me dijo ella.
Yo levanté las manos.
—Bueno, bueno, siga pues.
Ella siguió.
—Lo vi trabajando… y no sé, Sabrina… es diferente.
Yo la miré con cara de chisme total.
—Ajá… ¿diferente cómo?
—No es como los otros hombres… es serio, respetuoso… pero tiene algo.
Yo me reí.
—“Tiene algo”… ay no, ya cayó.
Ella me miró seria.
—No me esté molestando.
Yo me acerqué más a ella.
—Bueno, pero dígame la verdad… ¿usted está enamorada o qué?
Ella se quedó callada un segundo.
—No sé… creo que sí… pero me da miedo.
Yo bajé un poquito la emoción.
—¿Miedo de qué?
Ella bajó la mirada.
—De todo, Sabrina… de mi papá, de mi mamá, de Gerson…
Ahí yo ya entendí que no era cualquier cosa.
—¿Gerson sabe?
Ella negó con la cabeza.
—No.
Yo me quedé seria por primera vez.
—Ajá… pero usted está con Gerson…
Ella suspiró.
—Por eso le digo que no sé qué estoy sintiendo.
Yo me recosté en la cama.
—No, no, no… esto está enredado.
Ella me miró.
—Sabrina, no me juzgue.
Yo la miré.
—No la estoy juzgando, estoy procesando la información.
Ella se rió un poquito.
—Usted siempre es así.
Yo me acomodé el cabello.
—Bueno, pero cuénteme más del guachimán ese… ¿cómo es?
Ella dudó.
—Es alto… serio… pero tiene algo en la mirada.
Yo me reí.
—Ay no, ya usted está hablando en poemas.
Ella me dio un empujoncito.
—Cállese.
Yo seguí.
—¿Y él qué? ¿Le ha dicho algo?
Ella negó.
—No… casi no hablamos.
Yo la miré raro.
—¿Y entonces?
—Es más… miradas… cosas así…
Yo me reí otra vez.
—Ay no, usted está en problemas.
Ella se recostó en la cama conmigo.
—No sé qué hacer, Sabrina.
Yo me puse seria un momento.
—Mire, Katrina… usted tiene que aclararse. Porque usted no puede estar entre dos mundos.
Ella me miró.
—Yo sé…
Hubo un silencio corto.
Después yo volví al chisme.
—Pero espere… descríbame bien al guachimán ese.
Ella suspiró.
—Gregorio… creo que se llama.
Yo me quedé en silencio.
—Ajá…
Ella siguió:
—Es humilde… pero se nota que ha sufrido.
Yo la miré más seria.
—Eso ya es otra cosa.
Ella asintió.
—Sí…
Yo me recosté mirando al techo.
—Katrina… esto no va a ser fácil.
Ella también miró el techo.
—Ya me di cuenta…
Y ahí nos quedamos las dos en silencio un momento, pensando en todo.
Yo rompí el silencio:
—Bueno… pero igual, qué chisme tan fuerte.
Ella me miró y por fin se rió de verdad.
—Usted es terrible, Sabrina.
Yo me reí también.
—Pero usted me ama así.
_ Claro que sí Boba .