Entre los secretos de un pasado enterrado que la marcó para siempre y las manipulaciones de una élite dispuesta a devorarla, Ángela deberá descubrir si es capaz de romper los hilos de su propia dinastía antes de que la obliguen a vender el resto de su vida al mejor postor.
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“Solo amigos” significa exactamente eso
...CAPÍTULO 3 ...
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...ANGELA SALLES ...
—¿Christian Maddox? —repitió Sarah en un susurro cuando nos alejamos lo suficiente—. Ángela, acabas de anotar un touchdown sin siquiera tocar el balón. Christian es el chico de oro del instituto. Es guapo, es capitán y, a diferencia de cierto motorista huraño, él sí sabe cómo tratar a una chica.
Me giré una última vez y vi a Asher. Seguía allí, pero ahora había cerrado de golpe su casillero antes de darse la vuelta. Sentí una chispa de satisfacción. Si él quería "libertad", yo le iba a dar una sobredosis de ella.
—Necesito tu ayuda, Sarah —le dije, deteniéndome en seco—. Quiero ir a esa fiesta, pero no quiero ir como la "niña Salles". Quiero ir... impactante. Quiero que cuando la gente me vea, no piensen que soy de primer año.
Sarah soltó un chillido de emoción y me agarró de los hombros.
—¡Por fin! ¡Bienvenida al lado oscuro, Salles! Tengo el vestido perfecto en mi armario, uno que mi madre dice que es "demasiado", pero para esta ocasión es apenas lo justo. ¿Puedo ir contigo? Por favor, dime que puedo ser tu copiloto en esta misión.
—Claro que sí, Sarah. No pienso ir sola a la guarida de los de segundo —reí, aunque luego mi sonrisa flaqueó al recordar la realidad en casa.
Sarah se detuvo, su expresión de alegría se transformó en una de pánico real.
—Espera... ¿y tu papá? Nathan Salles es capaz de poner drones sobre tu casa si sospecha algo ¿Cómo diablos vas a salir? Con las nuevas reglas y los choferes, estás más vigilada que el Área 51.
Me crucé de brazos y miré hacia la salida, donde la SUV negra ya me esperaba para escoltarme a mi "celda" de lujo.
—¿Quién dijo que le voy a pedir permiso? —respondí con una frialdad que me sorprendió a mí misma—. Es obvio que no me dejará ir. Así que me voy a escapar.
Sarah abrió mucho los ojos, pero luego asintió con una sonrisa cómplice.
—Necesitamos un plan maestro. Algo que engañe a los choferes, a las cámaras y al mismísimo señor Salles.
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El olor a mantequilla y chocolate invadió mis sentidos nada más cruzar el umbral. Por un momento, el nudo de rabia y confusión que traía desde el instituto pareció aflojarse. Caminé hacia la cocina y allí estaba Chloe, con ese resplandor que solo ella tiene y luciendo un delantal que apenas lograba ocultar la ligera curva de su vientre.
—Llegas justo a tiempo —dijo con una sonrisa dulce, extendiéndome una bandeja con galletas que todavía humeaban—. Recién salidas del horno.
—Eres un ángel, Chloe —murmuré, tomando una y sintiendo el chocolate derretirse en mi boca.
Me senté en la isla de la cocina y me quedé mirándola. Ya se le empezaba a notar la pancita; el bebé de ella y mi padre ya no era solo una idea, sino una realidad que crecía día a día. Ella se apoyó frente a mí, analizando mi rostro con esa perspicacia que a veces me asustaba.
—Nathan no tarda en llegar —comentó con tono suave—, pero antes de que él entre por esa puerta con su modo "padre protector" activado... cuéntame qué pasa, Ángela.
Me quedé congelada con la galleta a medio camino.
—No te voy a juzgar ni a molestar —continuó ella, acercándose un poco—. Y te doy mi palabra de que esto no saldrá de aquí. No se lo diré a tu padre. Consideralo una conversación entre nosotras, de mujer a mujer.
La miré a los ojos y, por un segundo, estuve a punto de soltarlo todo. Quería contarle que el chico que me gusta me llamó "niñita" después de confesarme que yo también le gustaba. Quería decirle que el capitán del equipo de fútbol me invitó a una fiesta y que planeaba saltar por la ventana el viernes porque me sentía asfixiada. Las palabras me quemaban en la garganta.
Pero entonces, visualicé la cara de mi padre si Chloe, por un desliz de honestidad o preocupación por el bebé, terminaba contándoselo. No podía arriesgarme. No ahora que tenía un plan.
—Es solo... la escuela —dije, forzando una sonrisa y apartando la mirada—. Los profesores se han vuelto locos esta semana. Tengo demasiada tarea y proyectos acumulados. De hecho, será mejor que suba a mi habitación ahora mismo para empezar, o no terminaré nunca.
Me levanté de la silla de un salto, evitando su mirada analítica.
—¿Segura? —insistió ella, con una nota de duda en la voz.
—¡Sí! Totalmente. Gracias por las galletas, estaban increíbles —le solté mientras caminaba rápido hacia las escaleras.
Subí los peldaños de dos en dos hasta encerrarme en mi cuarto. Me apoyé contra la puerta y solté un suspiro tembloroso. Me sentía mal por mentirle a Chloe, ella siempre ha sido mi aliada, pero si quería que la "Operación fiesta" tuviera éxito el viernes, tenía que empezar a actuar desde ya.
Lancé la mochila sobre la cama y me acerqué al espejo. Todavía era martes. Tres días. Tres días de fingir que era la hija perfecta mientras por dentro contaba las horas para demostrarle a Asher —y a mí misma— que ya no era ninguna niña.
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...NATHAN SALLES...
El aire salino de la mansión de Mike Collins solía calmarme, pero hoy solo se sentía pesado. Habíamos terminado de revisar los arreglos de las nuevas pistas, pero el verdadero motivo por el que yo estaba allí —el tema que me quemaba el estómago— aún flotaba en el ambiente.
—Mike, tenemos que hablar de nuestros hijos —solté, apretando el vaso de cristal en mi mano—Esa cercanía entre Ángela y Asher... me preocupa.
Mike suspiró, frotándose la nuca, pero antes de que pudiera responderme, un estruendo familiar rompió la calma de la mansión. El rugido metálico de una motocicleta acelerando por el camino de entrada hizo que ambos giráramos la cabeza hacia los ventanales.
Ahí estaba. Asher.
Vi cómo apagaba el motor y se quitaba el casco con ese aire de prepotente que tanto me irritaba. Entró por la puerta principal como si el mundo le debiera algo. Apenas sus ojos se encontraron con los míos y los de su padre, se detuvo en seco. Sus hombros se tensaron bajo la chaqueta de cuero.
—Buenas tardes —dijo con voz ronca—. No sabía que había visitas.
—Asher —saludó Mike, tratando de suavizar el ambiente—. ¿Cómo te fue en el instituto?
El chico soltó un bufido, dejando el casco sobre una mesa auxiliar.
—Del asco —respondió cortante, pero luego me miró a mí y forzó una sonrisa que no le llegó a los ojos—. Pero supongo que solo es un mal día.
—Siéntate con nosotros, Asher —ordenó Mike con calma pero firmeza—. Estábamos conversando.
Asher resopló, una señal clara de que preferiría estar en cualquier otro lugar, pero terminó haciendo caso. Se dejó caer en el sillón frente a mí, estirando sus piernas largas con confianza. Se cruzó de brazos y me clavó la mirada.
En ese momento, vi algo en sus ojos que me hizo hervir la sangre. No era solo rebeldía; era una chispa de frustración, el mismo tipo de mirada que Ángela me había dado esa mañana.
—Y bien —dijo Asher, rompiendo el silencio y dirigiéndose directamente a mí—. ¿De qué estábamos hablando, señor Salles? ¿De música... o de su hija?
Apreté el vaso con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Mike me lanzó una mirada de advertencia, pero ya era tarde para retroceder. Tenía a Asher ahí, sentado frente a mí, con una calma que me resultaba exasperante.
—Mira, Asher —comencé, tratando de mantener la voz en un tono civilizado—. Ángela es muy pequeña todavía. Apenas está empezando a entender cómo funciona el mundo y no puede estar pensando en novios o distracciones de ese tipo. Tiene un futuro por delante y yo voy a asegurarme de que nada lo arruine.
Asher me escuchó con atención. No había rastro de la insolencia que yo esperaba; de hecho, su rostro era una máscara de cortesía.
—Entiendo su posición, señor Salles —respondió con voz pausada—. Pero, con todo respeto... ¿qué tiene eso que ver conmigo?
Sentí un tic en el ojo. La forma en que fingía demencia me estaba sacando de quicio.
—No te hagas el desentendido, muchacho —le solté, inclinándome hacia adelante—. Es obvio para cualquiera con ojos en la cara que ustedes dos se gustan. Lo vi en la fiesta y lo veo cada vez que sus nombres salen en la misma frase. No soy idiota.
Asher se quedó en silencio un segundo. No se inmutó por mi tono agresivo. Simplemente meneó la cabeza con una media sonrisa.
—Se equivoca en algo —dijo, mirándome directamente a los ojos—. De todas formas, solo seremos amigos. Se lo dije a ella hoy mismo. Solo quiero mantener una amistad con Ángela y ella aceptó, así que no tiene nada de qué preocuparse, señor Salles. Mi intención no es faltar a sus reglas ni complicarle la vida a su hija.
Sus palabras deberían haberme tranquilizado, pero tuvieron el efecto contrario.
—¿Amigos? —repetí con escepticismo—. Los chicos como tú y Ángela rara vez son "solo amigos", Asher.
—Bueno, supongo que siempre hay una primera vez para todo —respondió él, levantándose—. Si me disculpan, tengo que terminar unos trabajos del instituto. Fue un gusto saludarlo, señor Salles.
Lo vi salir de la estancia con paso tranquilo. Mike soltó un suspiro de alivio.
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...ANGELA SALLES ...
El tintineo de la plata contra la porcelana era el único sonido en el comedor. El ambiente estaba tan cargado que se sentía como si el techo estuviera bajando lentamente sobre nuestras cabezas. Mi padre, sentado a la cabecera, tenía esa expresión que usa cuando está a punto de soltar una bomba.
—Ayer estuve en casa de Mike Collins —soltó Nathan, dejando su taza de café con una calma calculada—. Estuve hablando con Asher.
Me quedé congelada con la cuchara a medio camino. Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda. ¿Habían hablado? ¿Qué tanto le habría dicho ese idiota?
—Me dijo algo muy interesante —continuó mi padre, fijando sus ojos en los míos—. Me dijo que ustedes dos tienen un "pacto de amistad". Que solo son amigos y que tú aceptaste eso. Quería saber si tu versión coincide con la de él, Ángela.
Dejé caer la cuchara en el plato con un ruido metálico que resonó en toda la cocina. La sangre me hirvió de repente. No solo era la intrusión de mi padre en mi vida, sino que Asher hubiera ido de "buen chico" a contarle nuestras conversaciones privadas a Nathan como si fuera un reporte escolar.
—¿En serio, papá? —dije, sintiendo cómo la rabia me apretaba la garganta—. ¿Fuiste hasta allá para interrogarlo? ¿Ahora también supervisas mis conversaciones de pasillo?
—Solo trato de protegerte, Ángela. Sabes que ese chico no...
—¡Ya basta de protegerme! —estallé, poniéndome de pie de un salto. La silla chirrió contra el suelo—. ¡Es asfixiante! Primero me pones choferes, luego me prohíbes hablar con gente, y ahora vas a las casas de mis amigos a interrogarlos como si fueran criminales. ¡No me dejas vivir!
Chloe, que estaba sentada a un lado, me miró con preocupación, intentando poner una mano en mi brazo, pero me aparté. Nathan se enderezó, su rostro endureciéndose.
—No me hables en ese tono. Soy tu padre y sé lo que es mejor para ti.
—¡Tú no sabes nada! —le grité, y las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera filtrarlas—. Si hubiera sabido que mudarme contigo significaba vivir en una cárcel de cristal, ¡me hubiera quedado mejor con mi mamá! Al menos con ella no sentía que tenía un GPS pegado al cuello las veinticuatro horas.
El silencio que siguió fue sepulcral. Vi cómo la expresión de mi padre cambiaba de la autoridad al dolor puro por un segundo. Chloe soltó un pequeño suspiro de asombro.
—Ángela... —susurró Chloe.
—No me importa —dije con la voz temblorosa, agarrando mi mochila—. El chofer me espera, ¿no? Pues vámonos a la siguiente parada de mi cautiverio.
Salí del comedor sin mirar atrás, con las lágrimas quemándome los párpados. La culpa por lo que le dije a mi papá luchaba contra la furia de sentirme controlada. Si él pensaba que este interrogatorio me iba a hacer retroceder, estaba muy equivocado. Ahora, más que nunca, necesitaba esa fiesta del viernes. Necesitaba ser alguien que no fuera "la hija de Nathan Salles".
Al llegar al instituto, caminé por los pasillos con la furia dándome zancadas rápidas. No me importó quién se cruzara en mi camino; solo tenía un objetivo: el chico de la chaqueta de cuero que no sabía guardar un secreto. Lo encontré cerca de las escaleras de emergencia, solo, revisando algo en su teléfono con esa calma que ahora me resultaba insultante.
—¡Eres un idiota! —le solté sin preámbulos, parándome frente a él—. ¿Qué hacías ayer, dándole un reporte de nuestra vida a mi padre? ¡Me interrogó en el desayuno por tu culpa!
Asher levantó la vista, sorprendido por mi ataque, pero no retrocedió.
—Tranquila, Salles —dijo con voz baja—. Tu padre estaba en mi casa sentado con el mío. Me acorraló frente a él, ¿qué querías que hiciera? ¿Que le dijera que nos escapamos a una tienda de discos? Le dije lo que acordamos: somos amigos. Punto. Fue la única opción para que nos dejara en paz.
Me crucé de brazos, tratando de que mi pulso se normalizara. Pero la duda que Sarah había sembrado en mi cabeza pesaba más que mi pelea con Nathan.
—Hablando de eso... —bajé la voz, sintiéndome repentinamente vulnerable—. ¿A qué te refieres exactamente con "ser amigos"? ¿Es de esas cosas que dicen por ahí? Ya sabes... ¿"amigos con derecho" o algo así?
Asher abrió los ojos de par en par, y por un segundo, su máscara de chico rudo desapareció para mostrar una genuina expresión de horror.
—¿Qué? ¡No! Por Dios, Ángela —exclamó, casi ofendido—. Te lo dije de la manera más inocente posible. Solo seremos amigos y nada más. ¿Quién te metió esa idea en la cabeza?
—Mi amiga Sarah —respondí rápido—. Me contó lo que pasó con Sabrina y que hay muchos rumores sobre ti... confirmando lo que tú mismo me dijiste ayer: que eres una mala influencia.
Asher soltó un suspiro pesado, apoyando la espalda contra la pared y mirando al techo como si buscara paciencia.
—¿Y de verdad crees en esos rumores? —preguntó, clavando su mirada en la mía.
Me encogí de hombros, intentando parecer indiferente.
—Según la personalidad que me has mostrado... orgulloso, cortante y misterioso... podrían ser ciertos, ¿no?
Asher soltó una risa irónica, una que sonaba más a cansancio que a diversión.
—Qué personas tan chismosas —masculló—Mira, para que no sigas creyendo estupideces, te voy a decir la verdad: lo que pasó con Sabrina es que me estuvo engañando durante meses. Su excusa fue que yo era "fastidioso" por ser extremadamente detallista y cursi. Sí, aunque no lo creas. Cuando me enteré, le dije de todo, la traté horrible en medio de una discusión y eso bastó para que medio instituto empezara a inventar que yo la maltrataba, que ella me traicionó por eso y que nuestra relación era tóxica.
Se acercó un paso, y su voz se volvió más seria.
—Y en cuanto a lo de las otras chicas... es mentira. No voy por ahí con cualquiera como si fuera un trofeo. Simplemente no me interesan las relaciones por ahora. Después de lo de Sabrina, prefiero estar tranquilo. Estoy muy joven para estresarme por cosas como esas.
Me quedé sin palabras. La imagen del "chico malo" que se acostaba con medio mundo se desmoronó frente a mis ojos, dejando ver a alguien que simplemente había sido herido por ser "demasiado cursi". Me sentí una basura por haber creído las versiones de los pasillos.
—Yo... no sabía —susurré.
—Nadie lo sabe, porque prefiero que piensen que soy un imbécil a que me tengan lástima —sentenció él, recuperando su tono frío—. Así que ahí tienes tu respuesta, Salles. "Solo amigos" significa exactamente eso.
Estaba a punto de decirle algo a Asher —quizás una disculpa, o quizás otra pregunta— cuando una sombra se proyectó sobre nosotros.
—¡Hey, Ángela! —la voz de Christian transformó el ambiente, de una energía tan luminosa que contrastaba violentamente con la oscuridad de este rincón—. Te estaba buscando.
Me giré y ahí estaba él, con su sudadera del equipo y esa sonrisa que parecía no tener fin. Christian caminó hacia nosotros, deteniéndose justo a mi lado. Sus ojos viajaron un segundo hacia Asher, analizando la tensión que flotaba entre nosotros, y luego regresaron a mí con suavidad.
—Solo quería recordarte lo de la fiesta del viernes —dijo, ignorando deliberadamente el aura asesina que desprendía Asher—. Y bueno, me preguntaba si te gustaría salir después de clases hoy. Podríamos ir por una malteada y así me cuentas cómo te ha tratado el instituto.
Sentí la mirada de Asher clavada en el costado de mi cabeza como un soplete. Podía sentir su mandíbula apretada desde aquí. Una parte de mí quería decirle que no a Christian para arreglar las cosas con Asher, pero la otra parte... la parte que todavía recordaba la forma en la que el me ofendió, tomó el control.
—Me encantaría, Christian —respondí, forzando una sonrisa coqueta mientras me enredaba un mechón de cabello entre los dedos—. Nos vemos a la salida, entonces.
Christian asintió, le lanzó una mirada de soslayo a Asher y se alejó por el pasillo con paso seguro.
En cuanto se fue, me giré hacia Asher. Su rostro era una máscara de piedra.
—¿Una malteada? ¿En serio? —soltó con una voz tan cargada de veneno que me hizo retroceder—Qué original. Solo falta que te lleve a ver el atardecer en un mirador para que la película de Disney esté completa.
—No seas infantil, Asher —le dije, recuperando mi seguridad—. Él es amable, algo que tú pareces haber olvidado cómo se hace. Y para que lo sepas, confío en ti lo suficiente como para decirte que... me voy a escapar el viernes. Pienso ir a esa fiesta, con o sin el permiso de mi padre.
Esperaba que Asher se riera, o que me dijera que era una locura, o incluso que me deseara suerte. Pero su reacción fue mucho peor. Se dio un paso hacia mí, y esta vez no había ni rastro de diversión en sus ojos. Estaba genuinamente furioso.
—¿Eres tonta o qué? —dijo entre dientes, con una frialdad que me caló los huesos—. ¿Crees que escaparte para ir a la casa de Christian Maddox te hace "madura"? No tienes ni idea de cómo son esas fiestas, Ángela. Te vas a meter en la boca del lobo solo por llevarle la contraria a tu papá y por intentar demostrarme algo a mí.
—¡No tengo que demostrarte nada! —le grité.
—Pues parece que sí —escupió él, agarrando su mochila con fuerza—. Ve a tu fiesta, Salles. Ve y descubre por qué tu papá tiene tanta razón en querer encerrarte en una torre. Pero no me busques cuando te des cuenta de que el capitán del equipo de fútbol no es el caballero de brillante armadura que aparenta ser.
Se dio la vuelta y se fue, dejándome sola con un nudo de nervios en el estómago. Por un lado, tenía la cita de la malteada; por el otro, la advertencia de un chico que acababa de confesar que solía ser "cursi" y detallista.