En medio de una guerra que destruyó mundos, un niño será preparado para proteger un Imperio y una heredera será enviada a la Tierra para sobrevivir.
Mientras que él creció para aceptar su destino, ella creció sin saber quién era realmente ni por qué el universo parecía perseguirla en silencio.
Pero la mayor batalla que librarían ambos no sería por un trono, sería por el amor.
A lo largo de sus vidas, amarán con una intensidad que los llevará a tocar el cielo y a enfrentarse a pérdidas que marcarán su historia para siempre.
Descubrirán que no todo amor basta, que no siempre es suficiente querer quedarse, y que hay destinos que se interponen incluso cuando nadie está dispuesto a rendirse.
Mientras fuerzas antiguas despiertan y el poder que duerme en ellos reclaman su lugar, tendrán que decidir qué significa realmente ser fuerte, porque gobernar un imperio es sencillo comparado con proteger aquello que amas, aun cuando amar también tenga un precio.
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9. Sintiendo mariposas
El viento frío recorría las orillas del río mientras Yamileth corría sujetando un pañuelo entre las manos.
Era de color lila con azul profundo y tenía bordados pequeños símbolos geométricos que parecían demasiado elegantes para algo tan sencillo.
- “¡Yamyam, regresa aquí!”, gritaba Alnair. La risa de Yamileth resonó entre los árboles mientras seguía avanzando.
- “¡Entonces atrápame!”, respondió Yamileth.
Alnair la perseguía intentando no reírse también, porque desde que ella apareció en su vida, cada vez le resultaba más difícil mantener aquella seriedad impecable que todos esperaban de él en Andovia.
- “¡Vas a tropezar!”, advirtió él.
- “¡No voy a tropezar!”, replicó ella.
Exactamente dos segundos después, Yamileth resbaló ligeramente sobre una roca húmeda. Alnair reaccionó de inmediato, sujetándola de la cintura antes de que terminara en el suelo.
Ella soltó una pequeña exclamación ahogada mientras quedaba prácticamente atrapada entre sus brazos.
- “Yamyam, debes tener más cuidado”, aconsejó Alnair. Yamileth hizo una pequeña mueca avergonzada.
- “Lo siento, mamá siempre dice que soy algo torpe”, dijo ella.
Alnair suspiró suavemente antes de extender la mano hacia el pañuelo.
- “Ahora devuélveme eso”, manifestó Alnair. Ella levantó el pañuelo por encima de su cabeza.
- “No”, dijo ella.
- “Yamileth”, insistió Alnair.
- “¿Por qué es tan importante?”, preguntó Yamileth.
- “Porque ella me lo regaló con mucho cariño”, respondió Alnair.
Algo incómodo atravesó inmediatamente el pecho de Yamileth, intentó ignorarlo, pero no lo logró.
- “¿Ella?”, preguntó Yamileth intentando sonar casual. “¿Tienes novia?” Alnair pareció confundirse apenas, después negó suavemente.
- “No. Es un regalo de mi madre”, respondió Alnair.
La tensión desapareció tan rápido del rostro de Yamileth que resultó casi gracioso.
- “Ah”, dijo Yamileth. Y luego sonrió otra vez. “Entonces quien te lo regaló fue tu mamá”. Alnair levantó apenas una ceja.
- “Sí. Eso fue exactamente lo que dije”, manifestó Alnair.
Ella ignoró completamente el comentario y finalmente le devolvió el pañuelo. Mientras él lo doblaba cuidadosamente.
- “¿Tú alguna vez has tenido novia?”, preguntó Yamileth. Alnair levantó la mirada.
- “No”, respondió Alnair.
- “¿Nunca?”, insistió Yamileth.
- “No tengo tiempo para eso. Ya te expliqué que donde vivo estudiamos y entrenamos mucho”, expresó Alnair.
Yamileth comenzó a caminar lentamente junto a él cerca del río.
- “Yo también estudio y entreno bastante, porque quiero ser una gran esgrimista, pero…”, dijo Yamileth. Alnair la miró de reojo.
- “Pero tienes novio”, interrumpió Alnair. Yamileth casi se atragantó con el aire.
- “¡No! ¡No, no, no!”, negó ella con desesperación. Él la observó claramente sorprendido por su reacción.
- “Nunca he tenido novio”, continuó ella rápidamente. “Y jamás he besado a nadie”.
El silencio que siguió fue horrible. Yamileth sintió cómo el calor le subía violentamente al rostro. ¿Por qué acababa de decir eso? Alnair parpadeó apenas.
- “No pregunté si habías besado a alguien”, comentó Alnair.
- “Ya lo sé”, dijo Yamileth.
- “Entonces fue información innecesaria”, expresó Alnair. Ella quiso lanzarse al río directamente.
- “Olvida que dije eso”, dijo ella, pero Alnair seguía mirándola con genuina curiosidad.
- “¿Y tú has besado a alguien?”, preguntó ella rápidamente intentando desviar la conversación. Él negó tranquilamente.
- “Aún no”, contestó Alnair. Yamileth lo miró sorprendida.
- “¿Aún no? ¿Eso significa que piensas besar a alguien?”, preguntó Yamileth. Alnair acomodó el pañuelo dentro del bolsillo de su chaqueta.
- “Supongo. Algún día tendré que comprometerme y casarme”, manifestó Alnair. Yamileth abrió los ojos.
- “¿Casarte?”, preguntó Yamileth.
- “Sí”, afirmó él.
- “¿Y vas a besar a alguien recién cuando te cases?”, cuestionó Yamileth. Alnair meditó la respuesta unos segundos.
- “Bueno, creo que sí. Suele ser así donde vivo. Al menos en muchos casos”, respondió Yamileth. Ella lo observó como si acabara de decir la cosa más absurda del planeta.
- “Eso es muy raro”, dijo Yamileth.
- “¿Raro?”, cuestionó Yamileth.
- “Sí. ¿Cómo sabes que amas a alguien si nunca la has besado?”, preguntó ella. Alnair frunció apenas el ceño.
- “Bueno, el amor no suele ser el factor principal en varios matrimonios de mi cultura”, respondió Alnair.
- “¿Qué?”, inquirió Yamileth.
- “Algunas personas incluso apenas se conocen antes de comprometerse”, manifestó Alnair. Yamileth se detuvo completamente.
- “Eso está terrible”, dijo Yamileth. Alnair casi sonrió.
- “No lo dices con mucho respeto cultural”, comentó Alnair.
- “No me importa. Si vas a compartir tu vida con alguien mínimo debería gustarte. Y deberían tener cosas en común. Y amarse, claramente”, manifestó Yamileth.
El muchacho la observó en silencio. Ella siguió hablando moviendo exageradamente las manos como siempre hacía cuando se emocionaba.
- “Porque si no amas a esa persona, ¿cómo compartes una vida con ella?”, preguntó Yamileth.
Alnair desvió lentamente la mirada hacia el río, qué idea tan extraña y tan distinta a todo lo que había aprendido.
- “Tu cultura es complicada”, murmuró Alnair. Yamileth soltó una pequeña risa.
- “La tuya es la complicada”, replicó Yamileth. Después volvió a caminar junto a él. “Primero tienes citas”.
- “¿Citas?”, preguntó Alnair.
- “Sí. Actividades con la persona que te gusta. Salir juntos, ir al cine, comer algo, pasear…”, respondió Yamileth. Alnair la escuchaba atentamente. “Y si se gustan, se lo dicen”.
- “¿Directamente?”, preguntó él.
- “Bueno… sí”, respondió Yamileth.
Él parecía genuinamente sorprendido. Yamileth terminó riéndose.
- “Después se hacen novios y se besan”, dijo Yamileth.
- “¿Y eso es obligatorio?”, preguntó Alnair
- “¡No! Bueno, normalmente sí pasa”, respondió Yamileth. Alnair asintió lentamente.
- “Entiendo”, dijo él. Ella sonrió divertida.
- “Dicen que cuando besas a alguien que realmente te gusta sientes mariposas en el estómago”, expresó Yamileth. El muchacho pareció pensar seriamente en aquello.
- “Mariposas…”, dijo Alnair.
- “Es una expresión”, comentó Yamileth.
- “Lo supuse”, expresó Alnair. Yamileth lo observó de reojo.
- “Entonces tú nunca has besado a nadie”, manifestó Yamileth.
- “No”, dijo Alnair. Ella bajó apenas la mirada.
- “Entonces no hay nadie que te guste”, insistió Yamileth. Alnair pareció confundirse otra vez.
- “No sabía que eso eran citas”, manifestó Alnair.
“¿Qué cosa?”, preguntó Alnair. Él la miró directamente. “Tú y yo hemos salido a comer. También al parque de diversiones. Y hemos paseado varias veces”.
Yamileth sintió que el corazón empezaba a latirle peligrosamente rápido.
- “Sí…”, dijo Yamileth nerviosa.
- “Entonces tú y yo hemos tenido citas”, expresó Alnair. Ella dejó de respirar un segundo. Alnair inclinó apenas la cabeza.
- “¿Te gusto?”, preguntó él.
Yamileth lo miró completamente horrorizada. ¿Cómo podía preguntar eso tan directamente? ¿Acaso estaba loco? Pero él seguía observándola con absoluta sinceridad, como si realmente no entendiera el efecto devastador que aquella pregunta tenía sobre ella.
Yamileth sintió el rostro arder. Porque sí, claro que le gustaba, le gustaba demasiado. Y tal vez por primera vez en toda su vida, decidió dejar de pensar.
Se acercó torpemente hacia él. Y besó sus labios.
Sólo un instante. Un toque breve y nervioso. Después retrocedió inmediatamente mirando el suelo, completamente roja.
El corazón parecía querer salírsele del pecho. Oh no, ¿qué había hecho? El silencio alrededor del río se volvió inmenso.
Yamileth no se atrevía ni siquiera a levantar la mirada. Hasta que sintió que Alnair tomaba suavemente una de sus manos.
Ella levantó lentamente los ojos. El muchacho estaba colocando una pequeña pulsera de cuentas de colores alrededor de su muñeca. Después alzó la mirada hacia ella.
Y desde que se conocieron, Yamileth recién vio claramente algo distinto en sus ojos ámbar, absoluta ternura.
- “Yamyam, tú también me gustas”, dijo Alnair.
El mundo entero pareció detenerse. Yamileth sintió cómo las mariposas explotaban violentamente dentro de su estómago. Alnair se acercó lentamente, muy despacio, omo si quisiera darle tiempo para apartarse, pero ella no se movió.
Sus rostros quedaron a centímetros de distancia.
Él ladeó apenas la cabeza. Y Yamileth cerró los ojos, esta vez el beso fue diferente. Más lento, suave y consciente.
Tres pequeños roces de labios que hicieron que ambos sintieran el corazón latiendo demasiado rápido. Y entonces entendieron que Yamileth tenía razón. Las mariposas existían. Y jamás olvidarían aquel primer beso.