Una chica que cree en el amor… incluso cuando el amor no cree en ella.
Después de enamorarse de alguien que nunca cambió, descubre la verdad de la peor forma: a través de sus propias amigas. Aun así, decide no romperse, no cerrarse… porque, en el fondo, sigue creyendo que en algún lugar existe ese amor que siempre soñó.
Entonces aparece él.
Un chico marcado por su propio pasado, que también conoció el dolor, pero que en lugar de rendirse… se volvió más fuerte. Más decidido. Más real.
Cuando sus caminos se cruzan, algo cambia.
No es inmediato.
No es perfecto.
Pero es diferente.
Con la ayuda de quienes los rodean, comienzan a acercarse, a confiar… a sentir algo que ninguno de los dos esperaba volver a vivir.
Sin embargo, el pasado no se queda atrás tan fácilmente.
La exnovia de él está decidida a interferir, intentando arruinarlo todo durante un momento clave: el baile.
Pero esta vez…
Las cosas no serán como antes.
NovelToon tiene autorización de cristy182021 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9
El despertador marcó las seis en punto.
Abrí los ojos… y sonreí.
Silencio.
No un silencio incómodo.
Uno perfecto.
Era domingo.
Eso significaba una sola cosa:
Mis papás no se levantarían hasta las nueve.
Tres horas completamente mías.
Sin preguntas.
Sin interrupciones.
Sin nadie entrando a mi cuarto sin tocar.
Perfecto.
Me incorporé con cuidado, tomé mi laptop y la encendí casi en secreto, como si cualquier ruido pudiera arruinar aquel pequeño paraíso.
Me puse los audífonos.
Y el mundo desapareció.
La música comenzó a llenar el espacio mientras abría el libro que llevaba días consumiéndome por dentro:
Saga Beautiful.
Solo me faltaban unos capítulos.
Y necesitaba saber cómo terminaba.
O quién terminaba con quién.
O quién terminaba con el corazón roto.
Pasé la primera página.
Luego otra.
Y otra.
Cada capítulo era peor.
O mejor.
Ya ni siquiera sabía.
Solo sabía que cada mirada entre los protagonistas, cada discusión, cada palabra… hacía que me olvidara por completo de dónde estaba.
Sonreía sola.
Fruncía el ceño.
A veces contenía la respiración.
A veces apretaba la sábana sin darme cuenta.
Hasta que—
—¿Hace cuánto despertaste?
Di un pequeño salto.
Me quité un audífono de golpe y giré la cabeza.
Mis papás estaban de pie en la puerta, observándome con una mezcla de diversión y ternura.
Parpadeé.
—¿Desde cuándo están ahí?
Mi mamá sonrió.
—Desde las nueve.
Abrí los ojos.
—¿Qué?
Mi papá soltó una pequeña risa.
—Y una hora más después de eso.
Fruncí el ceño.
Miré el reloj.
Diez.
—No puede ser…
—Ni te moviste —dijo mi mamá—. Parecía que estabas dentro del libro.
Antes de que pudiera defenderme…
Mi estómago decidió hacerlo por mí.
Gruñó.
Fuerte.
Los tres nos quedamos en silencio un segundo…
Y después estallamos en risa.
—Creo que alguien tiene hambre —dijo mi mamá.
Rodé los ojos, sintiendo cómo mis mejillas se calentaban.
—Tal vez un poco…
—“Un poco”, dice —se burló mi papá.
Negué con la cabeza mientras bajábamos a la cocina.
El olor a comida me golpeó de inmediato.
Preparé unas quesadillas, tomé galletas, mi chocomilk…
Y por unos minutos, el mundo volvió a sentirse absurdamente simple.
Ligero.
Seguro.
Hasta que terminé de desayunar y me dispuse a subir otra vez.
—Espera, hija.
La voz de mi mamá me detuvo a mitad de las escaleras.
Me giré.
—¿Qué pasó?
Ella sonrió de esa forma… esa que siempre significaba que sabía algo que yo no.
—En la tarde viene Tay.
Sentí un pequeño golpe en el pecho.
—¿Qué?
—Quiere llevarte a comer.
Mi respiración se detuvo apenas un segundo.
Intenté que no se notara.
Fracasé.
—¿A… a qué hora?
—A la una.
Asentí.
Muy tranquila por fuera.
Demasiado quieta.
Pero por dentro…
Algo acababa de despertar.
Di “siguiente bloque”.
Bloque 2
Subí a mi cuarto más rápido de lo normal y cerré la puerta detrás de mí.
Entonces solté el aire.
Tay.
Solo pensar en su nombre hizo que una sonrisa traicionera apareciera en mi cara.
Miré el reloj.
Doce en punto.
Una hora.
Sesenta minutos para elegir qué ponerme… y convencerme de que esto no era una cita.
O al menos fingirlo.
Abrí el clóset.
Y, de pronto, toda mi ropa dejó de parecerme buena.
—Genial… —murmuré.
Saqué una blusa.
No.
Un pantalón.
Tampoco.
Otro.
Peor.
Solté una pequeña risa de mí misma.
—Cálmate…
Como si eso fuera posible.
Después de varios intentos, elegí un pantalón cómodo, una camiseta con un pequeño corazón estampado y mis tenis favoritos.
Simple.
Natural.
Como si no me hubiera tomado diez minutos decidirlo.
Miré el reloj otra vez.
Doce con diez.
—¡Rayos!
Corrí al baño.
El agua caliente cayó sobre mi piel, pero mis pensamientos seguían exactamente en el mismo lugar.
En él.
En su sonrisa.
En esa forma tan extraña… intensa… de mirarme.
Cerré los ojos por un instante.
¿Por qué me mira así?
No era curiosidad.
No era costumbre.
Era algo más.
Algo que todavía no sabía nombrar.
Salí del baño más rápido de lo que pensaba posible.
Me arreglé frente al espejo con una concentración absurda.
Un poco de maquillaje.
Lo suficiente para verme bien.
No lo suficiente para que pareciera que me esforcé demasiado.
Aunque claramente sí lo hice.
Recogí mi cabello.
Acomodé mi fleco.
Me miré.
Negué con la cabeza.
Volví a acomodarlo.
Dos veces.
Tres.
Hasta que…
—Ya.
Miré el reloj.
Doce cuarenta y cinco.
Nada mal.
Bajé a la sala intentando parecer completamente normal.
Encendí la televisión.
No estaba viendo absolutamente nada.
Mi mente seguía atrapada en otros recuerdos.
Su voz.
Su sonrisa.
Sus ojos.
Entonces…
Sonó el timbre.
Mi cuerpo reaccionó antes que yo.
—Yo voy —dijo mi papá.
Mis manos se tensaron.
Mi mamá se acercó lentamente y sonrió como si disfrutara demasiado verme así.
Se inclinó hacia mi oído.
—Ya llegó.
Y ahí…
Fue cuando dejé de fingir que estaba tranquila.
Me puse de pie de inmediato.
Caminé hacia la puerta intentando no correr.
Intentando respirar.
Intentando no parecer obvia.
Fracaso total.
Porque en cuanto lo vi…
El resto desapareció.
Ahí estaba.
Apoyado junto a la entrada.
Sonriendo.
Como si supiera exactamente el efecto que tenía en mí.
—Hola, Cris.
Mi nombre en su voz hizo algo peligroso dentro de mí.
—Ho… hola.
Perfecto.
Ni siquiera podía hablar.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Tengo algo que decirte…
Mi respiración se cortó.
Pero entonces él extendió la mano.
En ella…
Un casco.
—Primero ponte esto.
Parpadeé.
—¿A dónde vamos?
Su sonrisa se hizo más amplia.
Más misteriosa.
Más… Tay.
—Es sorpresa.
Lo miré unos segundos.
Y no sé qué me puso más nerviosa…
No saber a dónde íbamos.
O darme cuenta…
De que iría con él a cualquier parte.
El sonido del motor llenó el aire en cuanto me subí a la moto.
Sostuve el casco entre las manos durante un segundo.
Dudando.
No por miedo.
Por él.
Por la cercanía.
Por todo lo que estaba empezando a provocar en mí sin siquiera tocarme.
—¿Todo bien? —preguntó, girando apenas el rostro.
Tragué saliva.
—Sí…
Mentira.
Nada estaba bien.
Nada desde que apareció en esa puerta.
Respiré hondo…
Y finalmente rodeé su cintura con los brazos.
El efecto fue inmediato.
Como si mi cuerpo acabara de entender algo antes que mi cabeza.
Tay se quedó quieto apenas un segundo.
Lo suficiente para que yo notara su respiración cambiar.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—¿Lista?
Cerré los ojos un instante.
—Ahora sí.
La moto arrancó.
Y el mundo empezó a moverse.
El viento golpeaba mi rostro.
Las calles pasaban frente a nosotros.
La ciudad seguía viva.
Pero yo…
Yo estaba atrapada en algo mucho más peligroso.
En el calor de su espalda.
En la firmeza de sus brazos.
En la sensación absurda de que, por primera vez en mucho tiempo…
Estaba exactamente donde quería estar.
Sin pensarlo, me aferré un poco más.
Y juraría…
Que él sonrió.
Cuando finalmente se detuvo, tardé unos segundos en reaccionar.
Me quité el casco lentamente.
Y entonces lo vi.
El lugar era hermoso.
Tranquilo.
Apartado.
Como un pequeño secreto escondido del resto del mundo.
—¿Te gusta? —preguntó.
Lo miré.
Luego miré alrededor.
Y después volví a él.
—Mucho.
Su mirada se sostuvo en la mía un segundo más de lo normal.
Y, por alguna razón…
Sentí que no estábamos hablando del lugar.
Tay caminó unos pasos, extendiendo una sábana sobre el pasto.
—Ven.
Así de simple.
Así de peligroso.
Me senté a su lado.
Demasiado cerca.
O tal vez…
No lo suficiente.
Nuestras manos se rozaron mientras acomodábamos la comida.
Ninguno de los dos se apartó de inmediato.
Mi respiración se volvió irregular.
Y justo entonces—
Mi estómago gruñó.
Fuerte.
Cerré los ojos.
—No puede ser…
Tay soltó una carcajada.
Una real.
De esas que hacen imposible no sonreír.
—Tus tiempos son impecables.
Lo miré, ofendida.
—No te burles.
—Lo intento… pero está difícil.
Terminé riéndome con él.
Y por unos minutos…
Todo fue fácil.
Natural.
Como si nos conociéramos desde mucho antes de habernos conocido.
Comimos.
Hablamos.
Nos reímos.
Y entre cada palabra…
Cada silencio…
La tensión seguía creciendo.
Invisible.
Imparable.
Hasta que—
—Cris…
Mi nombre en su voz me hizo levantar la mirada de inmediato.
Ya no estaba sonriendo.
Ahora parecía…
Nervioso.
Mis manos se tensaron sobre la sábana.
—¿Sí?
Tay bajó la mirada un segundo.
Como reuniendo valor.
Después volvió a verme.
Directo.
Sin escapar.
—Hay algo que quiero decirte.
Y en ese instante…
Todo desapareció.
El viento.
Los sonidos.
El mundo entero.
Solo estábamos él…
Y yo.
—Yo…
Su voz se quebró apenas.
Lo suficiente para romperme por dentro.
Mis latidos eran tan fuertes que estaba segura de que podía escucharlos.
Tay sostuvo mi mirada unos segundos más.
Después…
Sonrió.
Pero esta vez…
No fue una sonrisa segura.
Fue una sonrisa vulnerable.
Real.
Negó suavemente con la cabeza.
—No.
Parpadeé.
—¿Qué?
Él soltó una pequeña risa nerviosa.
—No así.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Se acercó apenas un poco más.
Lo suficiente para hacerme olvidar cómo respirar.
—Quiero hacerlo bien.
Su voz salió baja.
Sincera.
Peligrosamente sincera.
—No rápido.
No a medias.
No como algo que pueda arruinarse.
Mi pecho se tensó.
Porque aunque no lo había dicho…
Lo entendí perfectamente.
—Solo dame un poco más de tiempo… ¿sí?
Lo miré.
Y, por primera vez…
Tuve miedo.
No de él.
De todo lo que estaba empezando a significar para mí.
Pero aun así…
Asentí.
—Sí.
Una sonrisa apareció en sus labios.
Más tranquila.
Más profunda.
Como si acabara de tomar la decisión más importante de su vida.
Se recostó sobre el pasto y miró el cielo.
—Prométeme algo.
Giré hacia él.
—¿Qué cosa?
Tay volvió a verme.
Y esta vez…
No había juego en sus ojos.
Solo verdad.
—Pase lo que pase…
No te alejes de mí.
Mi respiración se cortó.
Porque esa…
No era una petición cualquiera.
Era una advertencia.
Una promesa.
O tal vez…
El inicio de algo que iba a cambiarlo todo.
Lo observé en silencio.
El viento movía apenas su cabello.
La luz del atardecer caía sobre su rostro.
Y por un segundo…
se veía demasiado perfecto para ser real.
—¿Por qué dices eso? —pregunté en voz baja.
Tay sonrió apenas.
Pero no fue una sonrisa feliz.
Fue triste.
Lejana.
—Porque las personas siempre terminan yéndose.
Sentí algo romperse dentro de mí.
Porque entendí que no hablaba solo de otros.
Hablaba de él.
De algo que lo había marcado antes de conocerme.
—Yo no soy “las personas” —respondí sin pensar.
Sus ojos volvieron a encontrarse con los míos.
Intensos.
Sorprendidos.
Como si no esperara escuchar eso.
—Lo sé —susurró—. Y eso es lo que más miedo me da.
El aire se volvió pesado.
Demasiado cargado de cosas que ninguno de los dos sabía cómo manejar todavía.
Quise decir algo.
Cualquier cosa.
Pero mi corazón iba demasiado rápido para ordenar las palabras.
Entonces él hizo algo peor.
Tomó mi mano.
Lento.
Con cuidado.
Como si tocarme significara más de lo que debería.
Y tal vez sí significaba eso.
Mis dedos temblaron apenas cuando se entrelazaron con los suyos.
Ninguno habló.
Porque ya no hacía falta.
El silencio entre nosotros dejó de sentirse vacío.
Ahora estaba lleno de algo más.
Algo nuevo.
Algo peligroso.
Me quedé mirando nuestras manos unos segundos.
Y entonces entendí algo que probablemente debí haber descubierto mucho antes.
Ya era demasiado tarde para salir de esto ilesa.
Porque Tay ya no me gustaba.
No realmente.
Lo que sentía por él había cruzado otra línea.
Una mucho más profunda.
Mucho más difícil de romper.
Y lo peor era…
que él parecía sentir exactamente lo mismo.
El sol comenzó a ocultarse lentamente.
Tiñendo el cielo de tonos dorados y naranjas.
Pero yo apenas podía concentrarme en eso.
Porque seguía sintiendo su mano sobre la mía.
Su mirada.
Su presencia.
Y por más que intentara mantener la calma…
mi corazón ya había tomado una decisión.
Una muy peligrosa.
Confiar en él.