Scarlett, Santiago y Ángel eran tres hermanos unidos por algo más fuerte que la sangre: el amor y la lealtad. Vivían una vida tranquila, lejos de problemas, en una casa humilde donde las risas de sus padres llenaban cada rincón. Scarlett era inteligente y valiente; Santiago, serio y protector; y Ángel, el menor, noble pero impulsivo. Nunca buscaron enemigos ni conflictos, pero una noche todo cambió. Unos hombres desconocidos entraron a su hogar y asesinaron brutalmente a sus padres frente a ellos. Desde ese instante, el dolor se convirtió en odio. Los tres hermanos hicieron una promesa sobre las tumbas de sus padres: encontrar a los culpables y cobrar venganza, aunque eso significara perderse a sí mismos en el camino.
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Capítulo 19: La noticia detrás de los barrotes
Narra Ángel
La vida en el tombo se había vuelto una rutina pesada.
Despertar temprano.
Escuchar gritos en los pasillos.
Mirar las mismas paredes todos los días.
Y fingir que la cabeza no se estaba llenando de pensamientos.
Habían pasado meses desde que entré.
Meses sin ver realmente a mi familia.
Meses pensando en Karina.
En nuestra última pelea.
En las palabras horribles que le dije aquella noche.
Todavía me arrepentía.
Pero ahí adentro el arrepentimiento no servía de mucho.
Aquella mañana estaba sentado en la celda cuando escuché pasos acercándose.
Uno de los policías golpeó los barrotes con fuerza.
—¡Beltrán!
Levanté la mirada inmediatamente.
El hombre volvió a golpear las rejas.
—Tiene visita.
Sentí el corazón acelerarse de inmediato.
Porque solo había una persona que yo esperaba ver.
Me levanté rápido.
El policía abrió la celda mientras otro se acercaba con las esposas.
—Manos atrás.
Obedecí sin discutir.
Ya estaba acostumbrado al sonido metálico de las esposas cerrándose en mis muñecas.
Pero nunca me acostumbraría a la sensación.
El policía empezó a caminar conmigo por los pasillos.
Las puertas metálicas se abrían y cerraban mientras avanzábamos hacia la sala de visitas.
—Muévase, Beltrán.
Yo iba en silencio.
Pero por dentro tenía mil pensamientos.
¿Era Karina?
¿Estaba bien?
¿Seguía enojada conmigo?
Cuando llegamos a la entrada de la sala, el oficial abrió la puerta y me hizo entrar.
Luego me quitó las esposas.
—Tiene veinte minutos.
Asentí lentamente.
Y entonces la vi.
Karina estaba sentada al otro lado de la mesa.
Más delgada.
Más seria.
Pero seguía siendo ella.
Sentí algo extraño en el pecho apenas la vi.
Ella levantó lentamente la mirada hacia mí.
Sus ojos ya estaban llenos de lágrimas.
Yo me senté frente a ella en silencio.
Por unos segundos ninguno habló.
No sabíamos cómo empezar después de todo lo que había pasado.
Fui yo quien rompió el silencio.
—¿Cómo estás?
Karina soltó una pequeña risa triste.
—Esa debería hacerla yo.
Bajé la mirada un segundo.
Se veía cansada.
Como si hubiera llorado demasiado durante meses.
—Perdón… —dije finalmente.
Ella me miró.
—Ángel…
Negué lentamente.
—No… déjame hablar.
Respiré profundo.
—Perdón por todo. Por cómo te hablé aquella noche. Por hacerte sentir sola. Por no escucharte.
Karina empezó a llorar despacio.
Y verla llorar ahí, frente a mí, detrás de todo ese ambiente frío… me destruyó más que cualquier celda.
—Yo tenía miedo… —susurró ella—. Solo quería que esto terminara.
Cerré los ojos un segundo.
—Lo sé.
El silencio volvió.
Pero esta vez era diferente.
Más triste.
Más real.
Karina respiró hondo varias veces, como intentando reunir valor para decir algo.
Yo fruncí el ceño.
—¿Qué pasa?
Ella me miró directamente.
Y entonces dijo las palabras que cambiaron todo.
—Estoy embarazada.
Sentí que el mundo se quedó quieto.
La miré sin poder reaccionar.
—¿Qué…?
Karina asintió lentamente mientras las lágrimas seguían cayendo.
—Vas a ser papá.
El aire me faltó por un segundo.
No sabía qué decir.
No sabía qué sentir primero.
Alegría.
Miedo.
Dolor.
Todo explotó al mismo tiempo dentro de mí.
Miré sus ojos otra vez.
—¿Es verdad?
Ella soltó una pequeña risa entre lágrimas.
—Sí.
Me pasé las manos por la cara intentando procesarlo.
Yo.
Ángel Beltrán.
Encerrado.
Y aun así iba a ser padre.
Sentí algo romperse dentro de mí.
Pero no era rabia esta vez.
Era emoción.
Karina me observaba nerviosa.
—No sabía cómo decírtelo.
Solté una risa baja, todavía sin creerlo.
—Voy a tener un hijo…
Ella asintió.
Y por primera vez desde que entré al tombo… sentí algo bueno.
Algo que no fuera miedo o rabia.
Apoyé los brazos sobre la mesa y la miré fijamente.
—Perdóname por no estar allá contigo.
Karina negó rápidamente.
—No digas eso.
Pero yo sabía que sí debía decirlo.
Porque mientras ella enfrentaba el embarazo sola… yo estaba encerrado entre barrotes.
Eso me dolía más que cualquier condena.
—Voy a salir de aquí —le dije.
Ella me miró en silencio.
—Y voy a estar con ustedes.
Karina soltó otra lágrima.
—Eso espero.
Nos quedamos mirándonos unos segundos.
Intentando sentirnos cerca a pesar de todo.
Hasta que escuchamos la voz del policía afuera.
—Tiempo.
La realidad volvió de golpe.
Karina limpió sus lágrimas rápidamente.
Yo respiré profundo.
No quería que se fuera todavía.
Pero no dependía de nosotros.
Me levanté lentamente.
Ella también.
Y antes de irse, puso suavemente su mano sobre la mía.
—Cuídate, Ángel.
La miré fijo.
—Cuida a nuestro bebé.
Karina lloró otra vez antes de darse la vuelta.
Y yo me quedé ahí parado viendo cómo se alejaba.
El policía volvió a acercarse con las esposas.
El sonido metálico volvió a escucharse.
Pero esta vez algo había cambiado.
Porque aunque seguía encerrado…
acababa de descubrir que afuera me esperaba una razón para seguir luchando.