"El arrepentimiento llega cuando el silencio comienza."
Vera y Nadia Smirnov siempre fueron las sombras de los gemelos Vane, hasta que escucharon lo que ellos realmente pensaban: que eran solo unas "chiquillas malcriadas" y un "estorbo" en sus vidas.
Ahora, las gemelas han decidido darles lo que pidieron: ausencia total.
En medio de la boda de Aria y Ethan, Evans y Edans Vane descubren que el poder y la tecnología no sirven de nada contra el hielo de las mujeres que despreciaron. Mientras ellos se desesperan por recuperar su atención, se enfrentan a un obstáculo mayor: la furia de sus padres, Killian y Damián, quienes no perdonarán que hayan roto el corazón de sus niñas.
En esta guerra de egos y orgullo, los enemigos son ellos mismos. ¿Podrán los gemelos Vane convencer a las Smirnov de que ya no son un juego, o las perdieron para siempre?
cuarta parte
_mis hijos hackearon al CEO
_heredero del Pecado
_Dinastía del Leon y la luna
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Capitulo 10
El silencio en la mansión Vane de Nueva York no era el de un hogar en paz; era el silencio de una cámara de gas a punto de estallar. Desde que regresaron de Italia, Evans y Edans habían sido reducidos a meros espectadores de su propia ruina. Killian había reforzado la seguridad, no para protegerlos de enemigos externos, sino para evitar que sus propios hijos cometieran una locura que destruyera la Alianza.
Pero Killian Vane había olvidado una regla fundamental: nunca encierres a un depredador que ya no tiene nada que perder.
Evans estaba sentado en la penumbra de su laboratorio, observando la última actualización de los satélites. La imagen mostraba una fiesta en una playa privada de Capri. Vera estaba sentada en el regazo de Lorenzo, riendo mientras él le ponía un collar de perlas negras. La mano del italiano acariciaba el cuello de Vera con una familiaridad que hizo que Evans sintiera el sabor de la bilis en la garganta.
—Míralos, Edans —susurró Evans, su voz arrastrándose como el metal sobre el hielo—. Lorenzo acaba de regalarle una propiedad en la Toscana. Un viñedo. Vera siempre dijo que quería un lugar donde el sol nunca se pusiera. Y ese... ese impostor se lo está dando mientras nosotros estamos aquí, pudriéndonos en esta jaula.
Edans, que estaba limpiando obsesivamente su arma reglamentaria a pesar de que no tenía permiso para portarla, levantó la mirada. Sus ojos estaban inyectados en sangre por la falta de sueño.
—Nadia ha dejado de subir fotos, Evans —dijo Edans con una calma que daba miedo—. Y eso es peor. Significa que ya no necesita nuestra validación. Significa que Alessandro la ha convencido de que nosotros somos el pasado. Dice el reporte de inteligencia de Román que anoche durmieron en la misma suite del Hotel Quisisana.
Evans se puso de pie, barriendo todo lo que había sobre su escritorio con un movimiento violento. El estruendo de los equipos electrónicos estrellándose contra el suelo resonó en el sótano blindado.
—¡Basta! —rugió Evans—. ¡Se acabó el espionaje! No voy a permitir que ese italiano pase una noche más bajo el mismo techo que Vera. Si mi padre quiere guerra, le daré guerra. Pero hoy salimos de aquí, aunque tengamos que pasar por encima de sus mejores hombres.
Los gemelos Vane no eran solo fuerza bruta; eran los arquitectos de la infraestructura de seguridad de la familia. Conocían cada punto ciego, cada código de acceso y cada debilidad del sistema que los mantenía cautivos.
—Papá ha puesto a la unidad 'Sombra' en el perímetro —analizó Edans, recuperando su instinto táctico—. Son doce hombres armados con rifles de asalto. Hay drones de reconocimiento térmico cada tres minutos.
—Yo diseñé el software de esos drones —respondió Evans con una sonrisa retorcida—. He creado un "bucle de realidad" en el servidor central. Durante los próximos quince minutos, las cámaras de seguridad mostrarán a dos gemelos durmiendo plácidamente en sus habitaciones, mientras nosotros cruzamos el jardín trasero.
—¿Y el equipo? —preguntó Edans.
—En el garaje subterráneo hay un prototipo de vehículo blindado que Evans (el menor) modificó para las misiones de infiltración. Tiene inhibidores de ruido y blindaje nivel 7. Pero necesitaremos una distracción. Una que papá no pueda ignorar.
Evans pulsó una tecla en su reloj de pulsera. A kilómetros de allí, en los muelles de Nueva Jersey, un pequeño almacén de suministros de la familia Vane estalló en una bola de fuego controlada pero espectacular.
La alarma general sonó en la mansión. Killian y sus jefes de seguridad corrieron hacia el centro de mando, creyendo que se trataba de un ataque de alguna familia rival aprovechando la debilidad de la Alianza.
—¡Desplieguen a todos al puerto! —gritó Killian por el intercomunicador—. ¡Protejan el cargamento de diamantes!
Ese fue el momento. Mientras la mansión quedaba con la seguridad mínima, Evans y Edans se deslizaron por los conductos de ventilación hasta el garaje. Se vistieron con trajes tácticos negros, sin insignias, sin nombres. Ya no eran los herederos Vane; eran dos hombres reclamando lo que consideraban suyo por derecho de sangre.
El motor del blindado rugió como una bestia despertando. Evans pisó el acelerador y atravesó el portón reforzado del garaje, rompiendo los cierres magnéticos con la fuerza bruta del impacto. Los pocos guardias que quedaban en la puerta principal no tuvieron tiempo de reaccionar antes de que el vehículo desapareciera en la oscuridad de las calles de Nueva York
—Estamos fuera —dijo Edans, revisando su tablet—. El jet privado que hackeamos está listo en un aeródromo clandestino en Long Island. En ocho horas estaremos en territorio italiano.
—¿Sabes qué es lo mejor, Edans? —preguntó Evans, acelerando a más de ciento ochenta kilómetros por hora mientras esquivaba el tráfico—. Que Damián y papá creen que nos tienen controlados. Pero cuando se den cuenta de que el incendio en el puerto fue una distracción, ya estaremos cruzando el Atlántico.
—¿Qué vamos a hacer cuando lleguemos a la villa, Evans? —preguntó Edans, cargando su pistola—. Vera y Nadia aceptaron ese compromiso. No van a venir con nosotros de buena gana.
—No me importa —sentenció Evans, sus ojos fijos en la carretera—. Ya intenté ser el hombre racional. Intenté pedir perdón. Intenté jugar según sus reglas. Ahora vamos a jugar según las mías. Si tengo que secuestrarlas de su propia boda, lo haré. Si tengo que ponerle una bala en la cabeza a ese conde di Medici frente a ella para que entienda que nadie más puede tocarla, lo haré.
Mientras tanto, en Italia, el sol de la mañana iluminaba la habitación de Vera. Ella se despertó con una sensación de pesadez en el pecho. Lorenzo y Alessandro estaban en la terraza, desayunando y riendo sobre sus propios planes de fuga, pero Vera no podía compartir su alegría.
Miró su teléfono. No había notificaciones de Evans. Ni un hackeo, ni un intento de bloqueo de tarjeta, nada. El silencio de Nueva York era absoluto desde hacía seis horas.
—Nadia —llamó Vera, entrando en la habitación de su hermana—. Algo anda mal.
Nadia, que estaba probándose un vestido de novia de encaje para la "sesión de fotos de compromiso" que habían planeado para atormentar a los gemelos, se detuvo.
—¿De qué hablas? Los chicos dicen que las cuentas de los Vane están en calma total.
—Ese es el problema —dijo Vera, su instinto de Smirnov poniéndole los pelos de punta—. Evans nunca se rinde. Si hay silencio, es porque está planeando algo que no podemos ver. Es la calma antes de que el León ataque.
Vera caminó hacia la ventana y miró el cielo despejado sobre el Mediterráneo. Tenía la extraña sensación de que el aire se estaba volviendo más frío, como si una tormenta oscura se estuviera acercando a gran velocidad desde el oeste.
—Diles a Lorenzo y Alessandro que refuercen la seguridad de la villa —ordenó Vera—. No quiero hombres de mi padre. Quiero mercenarios externos.
—Vera, ¿crees que realmente se atrevan a venir después de la amenaza de exilio? —preguntó Nadia, empezando a sentir el mismo miedo.
Vera se giró, y en su mirada había una mezcla de terror y una oscura fascinación.
—Edans y Evans no son hombres que le teman al exilio, Nadia. Le temen a la soledad. Y en este momento, somos lo único que los mantiene unidos a este mundo. Prepárate. El juego de las canas verdes se acabó. Ahora empieza la cacería real.
En el horizonte, lejos de la vista de todos, un jet sin luces de posición cortaba las nubes, transportando a dos hermanos consumidos por una obsesión que estaba a punto de reducir a cenizas la paz de la mafia.
Espero que el orgullo de las gemelas no sea tan drástico
Ellos se equivocaron pero ellas están siendo demasiado duras 🤦🤦😅