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Eres Mi Error Mas Caro CEO

Eres Mi Error Mas Caro CEO

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Reencuentro / Mujer fuerte/hombre frágil / Amor-odio
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Pluma Magna

Para salvar a su familia, ella firmó un contrato con el hombre más poderoso de la ciudad… sin imaginar que estaba vendiendo su libertad.
Frío, dominante y peligroso, él no cree en el amor, pero sí en la posesión.
Lo que empezó como un acuerdo se convierte en una relación marcada por el control, los celos y una atracción imposible de romper.
Porque en su mundo, amar no es proteger… es destruir.
Y ahora que la tiene, no piensa dejarla ir… aunque eso la rompa por completo.

NovelToon tiene autorización de Pluma Magna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La habitación que no eligió

La casa de Damián Ortega olía a madera pulida, flores frescas y silencio caro.

No era un silencio tranquilo. Era un silencio vigilado, de esos que no nacen de la paz, sino de la costumbre de no hacer ruido donde alguien más manda. Cada paso de Valeria sobre el piso brillante parecía una interrupción. Cada respiración suya parecía demasiado humana para aquel lugar perfecto, inmenso, frío.

Una mujer de unos cincuenta años la recibió en la entrada. Vestía sobria, con el cabello recogido y una mirada prudente.

—Señora Montenegro —dijo—. Soy Teresa. Estoy a cargo de la casa.

Valeria sintió que el título le raspaba la piel.

—Valeria —corrigió, con la voz baja—. Prefiero que me llame Valeria. Todavía necesito escuchar mi nombre como algo mío.

Teresa la miró con una suavidad breve, casi escondida.

—Como usted prefiera, señorita Valeria.

Damián estaba detrás de ella. No hablaba, pero su presencia ocupaba el vestíbulo entero.

—Lleve sus cosas a la habitación principal del ala este —ordenó.

Valeria giró de inmediato.

—No.

Teresa bajó la mirada, incómoda.

Damián clavó los ojos en ella.

—No era una pregunta.

Valeria soltó una risa breve, sin alegría. Estaba cansada, con la garganta ardida de tanto contener lágrimas, pero se mantuvo de pie.

—Eso ya lo entendí. Usted casi nunca pregunta. Pero yo tampoco pienso compartir habitación con un hombre al que apenas conozco y que convirtió mi vida en un documento legal. Puede obligarme a estar en esta casa, Damián, pero no puede fingir que una firma convierte la intimidad en obligación.

La mandíbula de él se marcó bajo la piel.

—Somos un matrimonio ante el mundo.

—Todavía no.

—Lo seremos pronto.

—Eso no convierte esta casa en un teatro permanente. No voy a dormir donde usted decida solo para que sus empleados, sus socios o su orgullo se sientan cómodos.

Damián dio un paso hacia ella. No la tocó, pero su sombra pareció caerle encima.

—Las personas que trabajan aquí deben acostumbrarse a una versión creíble de nuestra relación.

Valeria apretó la correa de su bolso. Le temblaban los dedos, pero no la voz.

—¿Creíble para quién? ¿Para Teresa? ¿Para sus paredes? ¿O para usted, que necesita verme instalada en su territorio para convencerse de que ganó? No confunda mi presencia con entrega. Estoy aquí porque mi familia respira gracias a una deuda que usted decidió cobrarme con mi libertad.

Los ojos de Damián se oscurecieron.

Durante unos segundos, ninguno habló.

Al final, él miró a Teresa.

—La habitación contigua.

Teresa asintió rápido.

—Sí, señor.

Valeria sintió una victoria pequeña, casi ridícula. Pero en aquella casa, incluso una habitación separada era un pedazo de suelo propio.

Damián volvió a mirarla.

—No tome esto como costumbre.

Ella sostuvo su mirada.

—No tome mi cansancio como rendición.

Teresa la condujo por un pasillo amplio, decorado con cuadros fríos y ventanas altas. Valeria caminó detrás de ella cargando sus maletas, negándose a permitir que alguien más las tocara.

La habitación era enorme. Cama blanca, cortinas claras, escritorio junto a la ventana, armario vacío. Todo era hermoso. Todo parecía preparado para una mujer que debía sentirse agradecida.

Valeria solo sintió frío.

Teresa dejó una llave sobre la mesa y señaló una puerta lateral.

—Esa puerta comunica con la habitación del señor Ortega. Puede cerrarla con seguro desde este lado.

Valeria miró la puerta como si mirara una amenaza dormida.

—Gracias.

Teresa dudó antes de irse.

—El señor Ortega es exigente. Está acostumbrado a que todos le teman.

Valeria pasó los dedos por la llave.

—Yo también le temo.

Teresa la miró con algo parecido a respeto.

—La diferencia es que usted no se inclina cuando tiembla.

Cuando quedó sola, Valeria cerró la puerta y apoyó la espalda contra la madera. Miró las maletas. La cama. La puerta comunicante. El armario vacío.

Y entonces se hundió.

Se sentó en el suelo, cubriéndose el rostro con ambas manos. Lloró en silencio, con la boca apretada, los hombros sacudiéndose apenas. No quería que nadie escuchara cómo se rompía. Odiaba estar allí. Odiaba que la habitación fuera bonita. Odiaba que su familia estuviera a salvo gracias a ese hombre.

Odiaba, sobre todo, no saber qué parte de ella iba a sobrevivir.

Un golpe suave sonó en la puerta.

Valeria se puso de pie de inmediato. Se limpió el rostro con torpeza, respiró hondo y abrió.

Damián estaba allí.

Sus ojos bajaron a sus pestañas húmedas, a la nariz enrojecida, a la forma en que ella mantenía el mentón levantado con una dignidad sostenida a pura rabia.

Algo se movió en su expresión.

—Tiene una hora para instalarse —dijo.

—Qué considerado.

—Después bajará a comer conmigo.

—No tengo hambre.

—Comerá.

Valeria soltó el aire, agotada.

—¿También eso está en el contrato? ¿Masticar bajo supervisión? ¿Tragar aunque el cuerpo se niegue, solo porque usted decidió que una esposa útil no debe desmayarse antes de tiempo?

Damián apretó los labios.

—No ha comido desde la mañana.

Valeria se quedó callada.

Él lo sabía.

—¿Mandó a alguien a vigilarme?

—Mandé a alguien a asegurarse de que no se cayera.

—Qué diferencia tan cómoda.

Damián dio un paso más cerca. Valeria se tensó. Él lo notó y se detuvo.

—No voy a hacerle daño.

Ella lo miró con una tristeza furiosa.

—Ya lo hizo. Tal vez no de la forma que usted considera daño, porque en su mundo todo tiene nombre legal y firma al final, pero yo sí sé dónde me duele. Y no necesito que usted me explique mi herida.

Damián bajó la mirada. Sus nudillos se tensaron.

—Baje en una hora.

—¿Y si no bajo?

—Subiré a buscarla.

Valeria sostuvo la puerta con una mano.

—Entonces tendrá que tocar. Y esperar. Porque esta habitación, por pequeña que sea dentro de su enorme casa, es lo único que me queda hoy.

Damián miró la puerta. Luego a ella.

—Tiene razón.

Valeria no esperaba eso.

La sorpresa le cruzó el rostro antes de poder esconderla.

—No lo diga si no sabe sostenerlo.

Él pareció recibir el golpe en silencio.

—Cena en una hora.

Luego se fue.

Valeria cerró la puerta y giró la llave.

El sonido del seguro la hizo respirar.

Una hora después bajó.

No porque obedeciera.

Sino porque necesitaba conocer el campo de batalla.

Damián la esperaba en el comedor, junto a una mesa demasiado larga para dos personas. Ella se sentó frente a él, no a su lado.

Él observó la elección.

—Mañana firmaremos los documentos previos al matrimonio —dijo.

El cubierto de Valeria golpeó el plato.

—¿Tan rápido?

—Cuanto antes sea oficial, menos preguntas habrá.

Ella lo miró fijamente.

—Claro. Porque lo importante no es lo que me pasa a mí. Es que nadie pregunte demasiado.

Damián dejó el vaso sobre la mesa.

—Hay cosas que usted no entiende.

—Entonces explíquelas.

Él guardó silencio.

Valeria sonrió con cansancio.

—No sabe hacerlo sin ordenar, ¿verdad?

Damián la miró con los ojos oscuros.

—No todo matrimonio nace del amor.

—Pero ninguno debería nacer del miedo.

El silencio ardió.

Valeria se levantó despacio.

—Yo no sé qué le hicieron para que crea que poseer a alguien es más seguro que amarlo. Quizá no me importa. Pero conmigo no va a convertir el miedo en cariño. No voy a agradecerle la jaula porque tenga sábanas limpias.

Damián también se puso de pie.

—Mañana conocerá mi mundo.

Valeria sostuvo su mirada.

—Y mañana su mundo conocerá a la mujer que cometió el error más caro de su vida.

Damián no sonrió.

Pero algo en sus ojos cambió.

Como si entendiera que el error no había sido solo de ella.

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Marta Ndong mansuy
Masssss
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