"Aitana creció bajo el ruido de los pleitos de fin de semana y el silencio de un abuso que nadie vio; esta es la historia de cómo una niña rota buscó su hogar en manos ajenas, descubriendo que el pasado siempre reclama su lugar bajo la lluvia."
Me llamo Aitana y mi vida se divide en fragmentos. El primero se rompió cuando tenía seis años en el baño de una casa ajena; el último, cuando entregué la llave de mi alma a quien juró protegerme. He vivido entre el ruido de botellas vacías y el silencio de un secreto que me quemaba la garganta. Si buscas una historia de finales felices, sigue de largo; pero si quieres saber cómo se siente amar hasta quedar vacía y cómo se sobrevive cuando tu 'casa' se derrumba, quédate conmigo bajo la lluvia.
si sientes que esta historia no te gusta a favor de solamente dejar de leerla y absténgase a denuncias.
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El Peso del Silencio
NARRADOR
La vida de Aitana se había convertido en un guion de cine negro, una sucesión de escenas grabadas en la penumbra de una casa que, aunque era su hogar, se sentía cada vez más como un escenario ajeno. En aquel tercer semestre de preparatoria, una nueva compañera se integró a su salón. Era una chica carismática que pronto se convirtió en su sombra. Sin embargo, en el mundo de Aitana, todas las amistades terminaban siendo absorbidas por la gravedad de su relación con Ricardo. Aquella amiga empezó a frecuentar la casa de Aitana con una naturalidad que a veces resultaba invasiva. Se aparecía por las mañanas para irse juntos a la escuela en el carro de Roberto, o llegaba por las tardes, justo cuando el ambiente todavía estaba cargado por la intimidad reciente entre Aitana y Ricardo.
Aitana recordaba con una punzada de amargura una tarde específica. Estaban los tres en el comedor. Sobre la mesa humeaba un caldo de camarón que Roberto le había dejado preparado con esmero antes de irse a trabajar. Era una comida nutritiva, pensada para que su hija recuperara fuerzas, pero Aitana apenas probó un bocado. Con una abnegación que ya era costumbre, acercó el plato hacia Ricardo.
— Come tú —le dijo ella en un susurro, mientras su amiga los observaba desde el otro lado de la mesa—. Yo no tengo mucha hambre, prefiero que lo aproveches tú.
Ricardo no se hizo de rogar. Empezó a comer con una voracidad que ignoraba por completo el hecho de que ese era el sustento de Aitana. Ella se limitaba a mirarlo, sintiendo una extraña satisfacción al ver que podía "proveerle" algo, aunque fuera a costa de su propia nutrición. La amiga soltó una risita nerviosa, rompiendo el silencio del post-acto que aún flotaba en el aire.
— Ustedes de verdad que son un caso —comentó la amiga, buscando la mirada de Ricardo—. Parece que siempre están en su propio mundo.
Bajo esa fachada de generosidad y complicidad, un miedo gélido empezaba a ramificarse en el vientre de Aitana. Los días en el calendario pasaban y su ciclo se negaba a aparecer. El retraso no era solo una cifra; era una sentencia que pesaba más que cualquier golpe físico que hubiera recibido. La angustia la llevó a buscar refugio en su vecina de enfrente, una mujer mayor que ella, dueña de una moto y de una independencia que Aitana veía como algo inalcanzable.
— Necesito que me hagas un favor... —le pidió Aitana un día, con la voz quebrada por la vergüenza—. Por favor, compra una prueba de embarazo por mí. No puedo entrar a la farmacia de la colonia, siento que todos me están mirando.
La vecina, sin juzgarla, accedió. Cuando el pequeño dispositivo marcó las dos líneas del positivo en el baño de su casa, Aitana sintió que el suelo desaparecía. Fue una mezcla de terror puro y una esperanza retorcida: "Si hay un hijo, Ricardo finalmente me respetará. Si hay un hijo, ya no podrá tratarme como a una chancla tirada".
Con el corazón galopando, se lo confesó a él. La reacción de Ricardo fue una explosión de atención. De repente, volvía a ser el novio protector, el hombre que no se separaba de su lado. Decidieron informar a los padres de él, enfrentando una tarde de reproches y caras largas donde la palabra "responsabilidad" sonaba como una condena. Pero en su propia casa, el silencio seguía reinando. Roberto no sabía nada, y Aitana vivía cada segundo con el terror de que él se enterara por alguien más.
La traición llegó de la mano de una tía, Elena. Ella se había acercado a Aitana con una calidez fingida, leyéndole los gestos y el cansancio en los ojos. Aitana, hambrienta de una figura materna que la escuchara sin gritos, le entregó su secreto más valioso.
— Puedes confiar en mí, hija. Yo no le diré nada a tu padre hasta que tú estés lista —le prometió Elena, apretándole la mano.
Fue una mentira cruel. Días después, mientras su madre estaba en la cocina y su amiga del salón estaba de visita, Elena entró a la casa con la determinación de quien lleva una antorcha dispuesta a quemarlo todo.
— ¿No le has dicho a tu papá, verdad? —soltó Elena, lanzando la pregunta como un dardo frente a Roberto, que descansaba en la sala.
— ¿Decirme qué? ¿De qué están hablando? —preguntó Roberto, enderezándose de golpe, presintiendo el desastre.
— Que Aitana está embarazada —sentenció Elena sin anestesia.
El mundo se desmoronó. Aitana cerró los ojos, deseando desaparecer. Su madre salió de la cocina con el rostro pálido y solo pudo articular una pregunta que le dolió más que cualquier grito: "¿Ya tienes relaciones con él?". Aitana asintió, sintiéndose sucia y expuesta ante los ojos de un padre que, para su sorpresa, no estalló en furia. Roberto, con una calma que daba miedo, le dijo que el lunes irían al laboratorio para una prueba de sangre. "Si es verdad, te voy a apoyar, pero tenemos que estar seguros", le dijo.
Ese lunes, el pasillo del laboratorio se sentía como el corredor de la muerte. Aitana iba escoltada por Ricardo y por su amiga del salón. Cuando el técnico entregó el sobre y el resultado leyó "Negativo", una ola de alivio recorrió el cuerpo de Aitana, pero esa paz duró apenas un segundo. Al leer el papel, Ricardo empezó a brincar de alegría en medio de la sala de espera. Saltaba con una efusividad casi violenta, celebrando que no tendría que cargar con ella ni con un futuro compartido.
Aitana lo observaba con una extrañeza que le quemaba el pecho. "¿Tan poco valgo para él que verme libre de un hijo lo hace saltar así?", se preguntaba. Ricardo no celebraba la salud de ella, celebraba que su "diversión" no tendría consecuencias permanentes. La amiga, intentando romper el hielo de la humillación, sugirió ir a festejar, y todos se rieron, pero la risa de Aitana era solo una máscara para no llorar.
La reacción de Roberto fue drástica: le prohibió volver a ver a Ricardo. Sin embargo, Aitana ya era una experta en la doble vida. Como su padre pasaba el día fuera, ella seguía metiendo a Ricardo a su casa a escondidas. La relación se volvió un juego de sombras y mentiras, mientras la familia de él empezaba a esparcir el rumor de que Aitana se había inventado el embarazo para "atraparlo". Esa calumnia la hacía sentir como una criminal en su propia colonia.
Fue en ese momento de oscuridad total cuando su hermana regresó a casa tras separarse de su pareja, trayendo consigo a su hijo de un año. Aitana encontró en su sobrino la salvación que nadie más le ofrecía. Como su hermana trabajaba por las tardes, Aitana se convirtió en su madre sustituta. Al salir de la preparatoria, corría a casa para bañarlo, cambiarlo y alimentarlo.
Cuidar de ese niño no era un trabajo; era el único momento del día en que Aitana se sentía pura. Lo adormecía entre sus brazos, sintiendo su respiración suave contra su cuello, y en ese contacto no había exigencias, ni humillaciones, ni maltratos. El niño la amaba sin condiciones. Incluso cuando tenía tareas en equipo, Aitana cargaba al niño hasta la biblioteca, sentándolo en sus piernas mientras ella intentaba concentrarse en los libros.
Aquel pequeño se convirtió en su refugio contra el mundo. Mientras él dormía, Aitana podía fingir por un momento que su vida no estaba rota. Pero al llegar las once de la noche y entregar al niño a su hermana, la realidad volvía a caer sobre ella como una losa. Volvía a ser la joven que ocultaba los rastros de Ricardo en su cama, la que aguantaba la respiración y la que vivía atada a un hombre que había saltado de alegría al saber que su destino no estaba unido al de ella por un hijo.
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