Sabina Montenegro, una joven viuda que guarda muchos secretos y todos hablan mal a sus espaldas. Ernesto Montenegro, el sobrino de su difunto esposo llega, a diferencia de los otros, no viene a quitarle la herencia, viene por la verdad y se topa con secretos muy duros sobre Sabina y no puede evitar que algo más florezca entre ellos.
NovelToon tiene autorización de Adriánex Avila para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 5 El silencio frente a la tumba
Ahora, dos años después, los buitres volvían. Y entre ellos, el más peligroso: Ernesto Montenegro, el sobrino varón, el que venía a buscar verdades.
En la oscuridad de su habitación, Sabina abrió los ojos.
Tenía veinte años, un hijo de siete, una lengua cortada en el pasado y un futuro incierto. Pero una cosa era cierta: nadie le arrebataría a Abel. Nadie la doblegaría.
—Soy una sobreviviente —se susurró a sí misma—. Pero también soy un alma oscura. Y quien venga por mí, que se prepare para conocer la misma noche que yo conocí.
Afuera, el viento aullaba entre los árboles. Y en la posada del pueblo, Ernesto Montenegro daba vueltas en la cama, sin poder dejar de pensar en esa mujer de ojos celestes que lo había desafiado con la frialdad de quien ya ha visto el infierno.
El viernes amaneció con un sol tibio que se colaba entre las montañas como un secreto a punto de ser revelado.
Sabina Montenegro se vistió con el mismo vestido de luto que usaba cada semana, la falda negra hasta los tobillos, el cuello alto de encaje que le cubría la garganta, las mangas largas a pesar del calor.
Abel la esperaba en la puerta con un ramo de flores silvestres que él mismo había cortado al amanecer.
—Para el señor Felipe —dijo el niño, mostrando las flores con orgullo.
Sabina sonrió. Esa sonrisa era solo para él. Nadie más en el pueblo la había visto sonreír así.
—Están muy bonitas, mi amor. A él le gustarían.
Tomó la mano pequeña entre la suya y salieron a la calle.
El pueblo de Santa Elena era un lugar de calles empedradas y casas blancas con techos de teja.
En el centro, la plaza principal con su kiosco de hierro forjado y una fuente seca que solo funcionaba en tiempos de lluvia.
Los viejos se sentaban en las bancas a mirar el mundo pasar, y las mujeres asomaban la cabeza por las ventanas con el pretexto de regar las macetas.
Ese viernes no fue la excepción.
—Ahí va la viuda Montenegro —susurró doña Chole, que tendía la ropa en su azotea—. Mira qué tiesa camina, como si el pueblo fuera suyo.
—Pues es suyo, doña Chole —respondió su vecina, la señora Remedios, con un dejo de envidia mal disimulada—. El difunto Felipe se lo dejó todo. Y ella tan campante.
—Dicen que esta noche don Fulgencio vuelve a mandar a sus abogados. Que quieren impugnar el testamento.
—Pobrecita. Tan joven y sola con ese niño.
—¿Sola, dice? Con la fortuna que tiene, sola no está. Lo que no entiendo es por qué no se vuelve a casar. El hijo del panadero la pretende, y el veterinario también. Hasta el cura, si pudiera…
Las risas cómplices se perdieron en el viento mientras Sabina y Abel cruzaban la plaza.
Ella caminaba con la espalda erguida, la mirada al frente, las faldas rozando el polvo con un sigilo casi sobrenatural.
Podía sentir cada mirada sobre su nuca, cada murmullo como una aguja clavándose en su piel. Pero había aprendido a no inmutarse.
—Mamá —dijo Abel en voz baja, usando ese nombre que solo podía pronunciar cuando nadie los escuchaba—, otra vez me están viendo feo.
—Déjalos —respondió Sabina sin bajar la mirada—. La gente que no tiene nada interesante que hacer siempre se fija en los demás.
Llegaron al final de la calle principal, donde el camino se volvía de terracería y se extendía hacia el cerro.
Allí, a unos quinientos metros, estaba el cementerio: un camposanto blanco rodeado de cipreses, con una puerta de hierro negro que rechinaba al abrirse.
Y desde la ventana de la posada, Ernesto Montenegro los vio pasar.
Había estado despierto desde antes del alba, dando vueltas en la cama pensando en la mujer que lo había despedido con tanta frialdad la tarde anterior.
No era solo su belleza —aunque esa belleza era innegable, incluso con el luto sombrío.
Era algo más. La forma en que lo había mirado, sin miedo, sin el temblor que él solía provocar en las mujeres del pueblo cuando las interrogaba.
Sabina Montenegro no le temía a nada. Eso lo intrigaba más que cualquier fortuna.
Cuando la vio caminar hacia el cementerio con el niño de la mano, sintió un impulso que no se molestó en analizar.
Bajó las escaleras de la posada, salió a la calle y la siguió a una distancia prudente.
*_*
El cementerio estaba vacío, como todos los viernes. Los domingos era cuando las familias acudían en masa a visitar a sus muertos, pero Sabina prefería la soledad de los días de semana.
Nadie interrumpiendo sus rezos. Nadie fisgoneando en su dolor.
Abrió la puerta de hierro y caminó entre las tumbas hasta llegar a la sección nueva, donde descansaba Felipe Montenegro.
El mármol blanco relucía bajo el sol, y en la lápida se leía:
AQUÍ YACE FELIPE MONTENEGRO
QUE EN PAZ DESCANSE
SU ESPOSA SABINA GUARDA SU MEMORIA
A un lado, un pequeño florero de barro esperaba el agua fresca que ella llevaba cada semana.
Sabina sacó un frasco de su bolso, vació el agua vieja, limpió el recipiente con un paño y lo llenó de nuevo.
Luego colocó las flores de Abel —margaritas silvestres y unas ramitas de lavanda— con una delicadeza que desmentía la dureza de su pasado.
—Siéntate aquí —le dijo a Abel, señalando el borde de la tumba contigua—. Espérame un momento.
El niño obedeció, cruzando las piernas y mirando a su alrededor con esa curiosidad inocente de los siete años. No les tenía miedo a los muertos.
Felipe había sido amable con él durante esos tres días, le había regalado un caballo de madera y le había prometido enseñarle a montar.
Luego murió, y Abel aprendió que las promesas de los adultos a veces se rompen sin aviso.
Sabina se arrodilló frente a la lápida. Cerró los ojos y comenzó a rezar en voz baja, moviendo los labios sin emitir apenas sonido.
Descansa en paz, Felipe. No merecías morir tan pronto. Fuiste bueno conmigo cuando nadie más lo fue.
Adri, muy buena la historia, atrapada completamente con la trama.
continúa por favor