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El Enredo Del Destino

El Enredo Del Destino

Status: En proceso
Genre:Romance / Dejar escapar al amor
Popularitas:771
Nilai: 5
nombre de autor: EllyaG

Isabela de la Torre creció sabiendo exactamente qué papel debía cumplir. Su vida estaba trazada con precisión… hasta que conoció a Dante Belmonte. Un amor de juventud que comenzó como una conexión inesperada pronto se convirtió en algo profundo… y muy peligroso. Entre encuentros furtivos, decisiones imposibles y el peso constante de la sociedad, Isabela se enfrenta a una verdad que nadie le enseñó a manejar: a veces, amar no es suficiente. Cuando el deber y el corazón chocan, alguien siempre termina perdiendo. Años después, el destino vuelve a ponerla frente a una elección. Por un lado, Dante Belmonte, con quien sus caminos se han cruzado una y otra vez, marcados por el tiempo, el orgullo, los errores y las consecuencias de lo que nunca pudo ser. Lo que una vez fue inocente se transforma en algo más oscuro… más complejo… más real. Y tal vez… ahora sea el momento correcto. Por otro, Luca Medinaceli, un archiduque misterioso que, sin buscarlo, atrae la atención de toda la sociedad.

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La máscarada

Poco a poco, los invitados comenzaban a llegar para la celebración de las próximas nupcias. Algunos se instalaban en la mansión De La Torre, ocupando las habitaciones preparadas con esmero para recibirlos, mientras que otros preferían hospedarse en sus propias residencias y trasladarse en carruaje hasta el evento. La celebración se extendería durante tres días, tal como dictaba la tradición, y cada uno de ellos tenía un propósito claro dentro del protocolo social que regía aquel tipo de uniones.

Durante el primero, los novios tenían la libertad de elegir el estilo, los colores e incluso la temática de la celebración. En el caso de Damara, cuya naturaleza era profundamente romántica, no hubo duda en su elección: ofrecería un baile.

Pero no sería un baile cualquiera.

Había decidido que sería de máscaras.

Y, como era de esperarse, su futuro esposo no tuvo objeción alguna. Al contrario, aceptó sin cuestionar, dispuesto a complacerla en todo lo que estuviera en sus manos. Aquello, más que un gesto, era casi una declaración: Damara sería feliz, y él se encargaría de que así fuera.

Y de esa manera, los invitados comenzaron a aparecer aquella noche, envueltos en una elegancia cuidadosamente preparada para la ocasión. Los vestidos destacaban por sus telas amplias y detalladas, con bordados finos que captaban la luz de los candelabros y los hacían resplandecer con cada movimiento. Los colores variaban entre tonos suaves y profundos, elegidos con precisión para reflejar el gusto, la personalidad y, sobre todo, la posición de cada familia dentro de la sociedad.

Sin embargo, lo que más llamaba la atención no eran las telas ni las joyas… sino los antifaces.

Cada uno distinto. Algunos sencillos, casi discretos; otros elaborados con encajes, plumas o pequeños detalles dorados que los convertían en piezas únicas. Cubrían parte del rostro de sus portadores, ocultando su identidad sin borrar del todo su presencia. Era un equilibrio extraño entre anonimato y reconocimiento.

Era un juego silencioso: todos sabían quiénes podían ser los otros… pero nadie tenía la certeza.

Y eso, lejos de incomodar, resultaba fascinante.

La familia De La Torre y la familia Belmar fungían como anfitrionas de la velada. Como padres de los futuros esposos, el marqués Belmar y la duquesa De La Torre se encargaban de recibir personalmente a cada invitado, intercambiando saludos, sonrisas medidas y comentarios cuidadosamente elegidos.

Sin embargo, era evidente que los verdaderos protagonistas de la noche no eran ellos.

Damara destacaba entre todos con un vestido en tono marfil, delicado y luminoso, que parecía capturar la luz en cada pliegue. La tela caía con suavidad, acompañando cada uno de sus movimientos, y combinaba a la perfección con el traje de su prometido. La armonía entre ambos no pasaba desapercibida.

Eran, sin duda, una pareja de enamorados.

Y se notaba en cada gesto, en cada mirada que compartían, en la forma en que sus manos se encontraban con naturalidad, como si no existiera nada más allá de ellos dos. A pesar de que la celebración giraba en torno a su unión, parecían ajenos al resto de la sociedad. No buscaban impresionar ni cumplir con formalidades.

Bailaban juntos, concentrados el uno en el otro, como si el salón entero hubiese desaparecido.

Y justo ese ambiente resultaba perfecto para el mercado matrimonial.

Otras jóvenes parejas comenzaron a ocupar la pista de baile, siguiendo el ejemplo de los novios. Las risas, las miradas cómplices y los gestos sutiles llenaban el salón con una atmósfera que celebraba algo más que una unión… celebraba la posibilidad de muchas más. Cada paso, cada conversación, cada coincidencia podía convertirse en el inicio de un acuerdo, de un compromiso o de una futura alianza entre familias.

Pero, para Isabela, con el corazón roto, aquello era demasiado.

No había en ese lugar nada que quisiera ver de cerca. Ni las manos entrelazadas, ni las sonrisas sinceras, ni la facilidad con la que otros parecían encontrar lo que ella había perdido. Permanecía entre la multitud, presente pero distante, observando sin realmente participar.

—Isabela —llamó el duque Eduardo, alzando la voz.

Que la reconociera ya era problemático. El propósito de un baile de máscaras era, precisamente, disfrutar del anonimato, mezclarse entre los demás sin ser señalado… y que pronunciara su nombre en voz alta rompía por completo el encanto que ella había intentado construir para sí misma.

Isabela se había esmerado en pasar desapercibida.

Había elegido un vestido negro de cuello alto, con mangas independientes y delicados detalles de encaje en tono dorado. La elección no era casual: sobria, elegante… difícil de ignorar, pero lo suficientemente distinta como para no ser reconocida de inmediato. No buscaba destacar, pero tampoco desaparecer del todo. Era un equilibrio complicado, uno que solo alguien que no quería ser visto podía entender.

Su antifaz no era menos llamativo.

Negro con detalles dorados, adornado con finas plumas en los costados y pequeñas joyas en el centro que formaban la figura de una flor de lis. Había cuidado cada detalle, cada elección, como si en ello dependiera su capacidad de mantenerse al margen.

—Abuelo… —sonrió con incomodidad.

—Te estuve buscando por un buen rato. Pensé que estarías cerca de tu abuela —dijo Eduardo.

—Si me quedara con ella, todos sabrían quién soy… aunque, bueno, ya te encargaste de eso —respondió con un ligero suspiro, sin poder ocultar del todo su molestia.

El duque pareció ignorar el comentario.

—Él es Félix Solórzano, hijo de uno de mis más grandes amigos —añadió, cambiando de tema con naturalidad.

Isabela dirigió su atención al joven.

—Un gusto. Soy Isabela De La Torre —dijo con una sonrisa correcta, perfectamente ensayada.

—Es mi nieta —continuó el duque—. Inteligente y muy capaz en eventos sociales. Estoy seguro de que no se aburrirá.

—Gracias, excelencia —respondió el joven con cortesía.

—Bien, creo que tu abuela me está llamando. Iré a ver cómo se encuentra.

Y, sin más, el duque se retiró, dejándolos solos.

El silencio entre ambos se volvió incómodo casi de inmediato.

El joven parecía perdido en sus pensamientos… y ella no estaba muy lejos de eso. Ninguno parecía dispuesto a romperlo. La música continuaba, las risas llenaban el salón, pero entre ellos se instaló un vacío extraño, como si no compartieran el mismo espacio que el resto.

—¿Se está divirtiendo? —preguntó Isabela al final, incapaz de sostener más el silencio.

—Ah… sí. Es un baile grandioso, bastante ameno —respondió él, con cierta torpeza.

Isabela asintió ligeramente.

—¿Y usted? —preguntó Félix tras unos segundos que se sintieron más largos de lo necesario.

—Sí. Me alegra ver a mi hermana feliz. Todo estaba bien… hasta que mi abuelo llegó —aclaró la garganta—. No quiero decir que usted me moleste, solo que no me gusta llamar la atención.

—Entiendo.

Hubo otro silencio breve, pero esta vez fue él quien lo rompió.

—Mire, señorita… percibo que está nerviosa, así que prefiero ser directo. No estoy interesado en usted. Mi padre es cercano a su abuelo, y eso la convierte en una candidata adecuada para matrimonio. Sin embargo, debo admitir que no me atraen las mujeres demasiado intelectuales. Si me hubiesen presentado a su hermana, quizá sería distinto. Pero en su caso… lo mejor será dejar que los mayores decidan.

Isabela lo miró, perpleja por un instante.

—¿Y en qué momento le di a entender que estaba interesada?

Félix frunció ligeramente el ceño.

—He sido cortés. Pensé que eso bastaría para mantener la conversación.

Isabela sostuvo su mirada, ahora más firme.

—Fui amable porque no tenía otra opción. Usted y mi abuelo invadieron mi espacio, así que lo mínimo era responder con educación. Pero le aseguro que no confundo la cortesía con interés.

Hizo una breve pausa antes de continuar, sin perder la calma.

—Y, para su tranquilidad, tampoco estoy interesada en usted. De hecho, hasta hace unos minutos ni siquiera sabía quién era.

Félix la observó, evaluándola.

—Mi padre me comentó que usted ansiaba este encuentro.

—Entonces le informaron mal —respondió con frialdad—. Si lo desea, podemos aclararlo ahora mismo.

El joven negó con la cabeza.

—No es necesario. Me disculpo.

Isabela inclinó apenas la cabeza.

—Le devolveré la misma franqueza que usted me ofreció. El hombre con el que llegue a casarme deberá, al menos, ser capaz de sostener una conversación. De nada sirve destacarse en eventos sociales si no tiene nada que decir.

Lo observó un segundo más, con una calma que ya no era cortesía, sino decisión.

—Si me disculpa… me he aburrido.

Y sin esperar respuesta, se retiró.

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