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Nada Es Gratis

Nada Es Gratis

Status: En proceso
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: escritora 2.0

Anaís no se casó por amor; fue vendida para salvar un imperio. Ahora, atrapada en una mansión de mármol negro que se siente como una tumba, debe aprender la primera regla de su nueva vida: Ricardo nunca pierde. Él es un hombre que no acepta errores, que castiga con el silencio y reclama con dolor. Entre moretones escondidos bajo maquillaje caro y el miedo constante a una promesa de muerte, Anaís deberá cuidar a una niña que es la viva imagen de su captor. En esta casa, las lágrimas ensucian y la obediencia es el único camino para seguir respirando. Pero, ¿cuánto puede resistir un corazón antes de romperse por completo?

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Capítulo 10: El límite del cuerpo

El mundo empezó a perder el color. Estaba de pie frente a la estufa, tratando de servir el nuevo café que Ricardo había exigido, cuando el sonido de la cafetera empezó a escucharse como si estuviera a kilómetros de distancia. Mis piernas, que ya no tenían fuerza, empezaron a vibrar. Sentí un sudor frío recorrer mi espalda y un dolor agudo en el costado me quitó el aire por completo.

—El café, Anaís. No tengo todo el día —la voz de Ricardo sonó autoritaria desde la mesa.

Intenté dar un paso, pero el dolor en mi entrepierna fue como un tajo de cuchillo. Mis ojos se pusieron en blanco. Lo último que vi fue el suelo de mármol acercándose a mi cara y el grito ahogado de Bianca antes de que la oscuridad me tragara por completo.

No supe cuánto tiempo pasó. Cuando abrí los ojos, estaba en mi cama. La luz de la lámpara me lastimaba y sentía el cuerpo pesado, como si estuviera enterrada en cemento. Al lado de la cama, un hombre de maletín negro hablaba en voz baja con Ricardo.

—Te lo dije por teléfono, Ricardo. Esto es una negligencia —decía el médico con voz seria, pero con un miedo evidente hacia él—. Ella está en estado de shock traumático.

Ricardo estaba de pie junto a la ventana, fumando, con la cara rígida.

—Solo dime qué tiene y cuánto tardará en levantarse —respondió él, sin una pizca de remordimiento.

El médico suspiró y se acercó a mi cama para revisar el suero que me habían puesto en el brazo. Me miró con lástima, una lástima que me dolió más que los golpes.

—Tiene una costilla rota, seguramente por la presión o un golpe seco; eso es lo que le impide respirar bien —explicó el doctor, evitando mirar a Ricardo a los ojos—. Pero lo más grave es la zona pélvica. Tiene desgarros internos graves debido a la violencia del acto. Está perdiendo sangre y tiene una infección empezando por falta de higiene en las heridas.

Ricardo soltó una nube de humo y no dijo nada.

—Necesita descanso absoluto —continuó el médico—. Nada de esfuerzos, nada de limpieza y, sobre todo, nada de relaciones. Ni una sola. Si la vuelves a tocar en este estado, Ricardo, podrías causarle una hemorragia que no podré detener aquí. Necesita una semana completa de reposo total en cama.

—¿Una semana? —Ricardo se giró, furioso—. No tengo una semana para esperar a que una mujer aprenda a aguantar.

—Es eso o llevarla a un hospital —sentenció el médico—. Y sabes que en un hospital tendrán que hacer un reporte de lesiones por agresión sexual.

El silencio que siguió fue tenso. Ricardo apretó los puños, pero sabía que un escándalo legal no le convenía a sus negocios. El médico dejó unas pastillas fuertes para el dolor y se marchó rápido, como si quisiera huir de esa casa maldita.

Ricardo se acercó a la cama. Se sentó a mi lado y yo me encogí por puro instinto, lo que me provocó un grito de dolor por la costilla rota. Él me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo. Su rostro no mostraba arrepentimiento, solo una molestia profunda.

—Parece que eres más frágil de lo que pensaba —dijo, pasando su dedo por mi labio partido—. Una semana, Anaís. Te voy a dar esa semana porque no quiero que te mueras todavía. Pero no creas que es un regalo.

Se levantó y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.

—Voy a contratar a alguien para que cuide a Bianca y limpie, solo por estos días. Pero en cuanto el médico diga que estás sana, me vas a pagar cada hora de este descanso. Disfruta de tu cama, porque cuando te levantes, desearás no haber despertado nunca.

La puerta se cerró con llave. Me quedé sola, llorando en silencio, sintiendo el latido del dolor en cada parte de mi cuerpo roto, sabiendo que esa semana de "descanso" solo era la calma antes de una tormenta mucho más violenta.

A pesar de lo que dijo el médico, Ricardo no permitió que el día terminara en paz. Me obligó a sentarme a la mesa, aunque yo apenas podía sostener mi propio peso por la costilla rota. Tenía un plato de comida frente a mí, pero el olor me revolvía el estómago por el shock traumático.

—Come —ordenó Ricardo, golpeando la mesa con el puño—. No voy a tener a una inválida tirada en mi cama. ¡Dije que comas!

—Ricardo, por favor... no puedo, me duele el estómago —susurré con la voz quebrada.

Él no tuvo piedad. Se levantó, me agarró del cabello para tirarme la cabeza hacia atrás y empezó a embutirme la comida en la boca a la fuerza. La cuchara chocaba contra mis dientes, lastimándome el labio que ya estaba roto.

—¡Traga! —rugía él, mientras yo sentía que el aire se me escapaba—. ¡No me vas a manipular con tu debilidad!

Me obligó a tragar bocado tras bocado hasta que sentí que me asfixiaba. El pánico se apoderó de mí, mis pulmones se cerraron y, en un espasmo de agonía, mi cuerpo no aguantó más. Vomité ahí mismo, sobre la mesa de mármol, sobre su ropa cara, mientras tosía y luchaba por recuperar el aliento.

Él me soltó con asco, levantando la mano listo para darme un golpe que probablemente me habría matado. Pero algo en mí se rompió para siempre. Ya no había miedo, solo un odio puro y negro que me dio fuerzas para ponerme de pie, tambaleándome.

—¡PÉGAME! —le grité, y mi voz sonó como un trueno en el comedor—. ¡Mátame de una vez si eso es lo que quieres!

Ricardo se quedó congelado ante mi grito. Bianca, pálida en un rincón, lloraba desconsolada.

—¡Estoy harta, Ricardo! —seguí gritando, escupiendo cada palabra con toda la rabia de mi alma—. ¡Harta de que todos me maltraten! ¡Harta de mi familia que me vendió por dinero, harta de ti que me tratas como basura, harta de esta vida asquerosa! ¡Ya no aguanto más! ¡Prefiero morirme ahora mismo a vivir un segundo más a tu lado!

Ricardo se quedó lívido, con el rostro completamente desencajado. Dio un paso atrás, como si mis palabras hubieran sido balas físicas atravesándole el pecho. Sus ojos se abrieron con un terror que nunca le había visto.

—"Prefiero morirme a vivir esta vida..." —repitió él en un susurro, con la voz rota.

En ese momento, yo no lo sabía, pero esas palabras eran el fantasma que lo perseguía. Eran las mismas palabras que su esposa le gritaba cada día mientras el cáncer la consumía en el hospital; las mismas palabras que ella usaba para torturarlo y culparlo de su miseria antes de dejarlo solo.

El shock fue tal que Ricardo bajó la mano. Se quedó mirando el vacío, temblando, como si estuviera viendo el cadáver de su mujer otra vez.

—Cállate... —dijo en un ruego desesperado, casi sin aire—. No vuelvas a decir eso... ¡Cállate!

Se dio la vuelta y salió corriendo de la habitación, tropezando con las sillas, dejando la casa en un silencio aterrador. Me desplomé en el suelo, llorando sobre mi propio vómito, sabiendo que finalmente había encontrado la única herida que Ricardo no podía cerrar con dinero ni con golpes.

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Rossy Bta
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