Anastasia solo quería un café tranquilo y quizás encontrar la oferta del 2x1 en su supermercado. En cambio, terminó siendo el centro de atención de siete hombres que parecen sacados de una fantasía... o de un manicomio con buena genética.
Un millonario excéntrico, un artista bohemio dramático, un científico genio con alergia social, un chef que solo cocina para ella, un guardaespaldas estoico que le tiene miedo a los gatos... ¿y la lista sigue? Anastasia intentará mantener la cordura (y su espacio personal) mientras su "harem" compite por su afecto de las maneras más hilarantes y desastrosas imaginables.
¿Podrá encontrar el amor verdadero o solo una gran factura de terapia?
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Capítulo 10: La Crisis Artística de Caleb y la Terapia del Alma
La gala de la Fundación Starlight había terminado en un caos memorable, con el gato, bautizado cariñosamente como "Candelabro" por Nico, siendo el centro de atención. Max, sorprendentemente, había desarrollado una extraña tolerancia felina después de que Candelabro decidiera que su cabeza era el trono perfecto. Ana, por su parte, se había dado cuenta de que, en su vida, la "normalidad" era una ilusión. Su nuevo estado, el "caos organizado", era su realidad.
Pero el caos tenía sus propias secuelas. La subasta benéfica había sido un desastre para los organizadores, pero una mina de oro para Caleb. Su boceto del "Guardaespaldas y el Felino en el Candelabro" había alcanzado un precio astronómico, vendiéndose a un coleccionista excéntrico que, según los rumores, tenía una galería dedicada exclusivamente a obras de arte inspiradas en gatos.
Paradójicamente, el éxito de Caleb desencadenó una profunda crisis artística. Al día siguiente de la gala, Ana encontró a Caleb en su estudio (que, al parecer, estaba estratégicamente ubicado justo enfrente del suyo), rodeado de lienzos destrozados y con una expresión de profunda angustia.
"¡Musa!", exclamó Caleb, con la voz rasgada. "¡Estoy perdido! ¡He vendido mi alma al gato! ¡Mi arte se ha convertido en un circo! ¡Ya no puedo sentir la verdadera angustia! ¡La inspiración se ha secado!"
Ana miró a su alrededor. El estudio, normalmente lleno de vida y colores vibrantes, ahora parecía un campo de batalla. Tubos de pintura vacíos, pinceles rotos y bocetos arrugados yacían esparcidos por el suelo.
"Caleb, ¿qué pasó?", preguntó Ana, recogiendo un boceto medio rasgado de una Ana-diosa con un halo de palomitas de maíz.
"¡Es el éxito! ¡Es la comercialización! ¡He traicionado a mi arte! ¡He creado una obra que ha sido aplaudida por las masas! ¡Me he convertido en un artista popular! ¡Un charlatán!" Caleb se sentó en un taburete, con la cabeza entre las manos. "Ya no hay dolor, Ana. Ya no hay lucha. Solo... gatos. ¿Cómo puedo crear si no hay alma que atormentar?"
Ana suspiró. Una crisis existencial-artística. Esto era nuevo. Necesitaba ayuda. Así que, con un mensaje colectivo de texto, convocó a la "Junta de Asesoramiento de la Musa".
Max llegó primero, con una botella de champán y una oferta. "Caleb, mi querido amigo, veo tu dilema. Necesitas inspiración. ¿Qué tal un viaje? Te puedo comprar una isla privada en las Maldivas. Podrías pintar el amanecer. O los peces tropicales. Sin gatos."
Caleb negó con la cabeza. "¡No es un problema de escenario, Max! ¡Es un problema del alma! ¡La isla solo serviría para ahogar mis penas en el conformismo visual!"
Silas apareció, con su tablet, escaneando el estudio de Caleb. "La crisis creativa, o 'bloqueo del artista', es un fenómeno bien documentado. La exposición a un entorno estimulante, la reevaluación de los parámetros del 'éxito' y la introducción de nuevos estímulos cognitivos pueden ser factores clave para la recuperación." Silas proyectó un gráfico en la pared que mostraba los picos y valles de la productividad artística. "Hemos detectado una correlación inversa entre la satisfacción monetaria y la producción de obras emocionalmente complejas."
Caleb lo miró. "¡Me estás analizando, Silas! ¡Estás intentando cuantificar mi tormento! ¡Mi dolor es inmedible!"
Nico llegó con una bandeja de delicias culinarias. "Caleb, amigo mío, el arte, al igual que la vida, se alimenta. El cuerpo y el alma necesitan nutrición. Te he preparado unos macarons de lavanda y chocolate. La lavanda calma los nervios, el chocolate estimula la creatividad."
Caleb tomó un macaron, pero su expresión seguía siendo sombría. "El sabor es sublime, Nico. Pero el vacío... el vacío es insaciable."
Y Rocky, por supuesto, apareció con una caja de herramientas. "Señorita, creo que el problema es estructural. Demasiada luz en este estudio. Distrae. Necesita un entorno más controlado. Puedo construirle una nueva pared."
Ana se frotó las sienes. "Chicos, esto no es un problema que se resuelva con dinero, datos, comida o paredes. Es un problema emocional."
"¡Exacto!", exclamó Caleb. "¡Mi alma está en pedazos! ¡Mi musa se ha ido! ¡Me he vuelto complaciente!"
Ana lo miró. "Tu musa no se ha ido, Caleb. Solo... está un poco cansada de ser una diosa griega con halo de palomitas. Y, francamente, la angustia está sobrevalorada. ¿Qué tal si intentamos algo diferente? ¿Algo que no implique tu tormento?"
Ana tuvo una idea. Recordó los dibujos espontáneos de Caleb en el supermercado, en la lavandería, incluso junto a los contenedores de basura. Era en esos momentos, cuando no estaba intentando crear "arte" con mayúsculas, sino simplemente observando, que su creatividad fluía de forma más auténtica.
"Caleb", dijo Ana, "vamos a salir. Vamos a ir a algún lugar donde no tengas que ser 'el artista', donde solo tengas que mirar."
La "terapia del alma" de Caleb comenzó con una visita al mercado local. Ana lo llevó entre los puestos de frutas y verduras, las flores vibrantes, el bullicio de la gente. Le prohibió llevar su caballete. Solo su cuaderno de bocetos.
Al principio, Caleb estaba reacio. "¡Pero Ana! ¡El mercado! ¡Demasiado color! ¡Demasiada vida! ¡No hay lugar para la melancolía aquí!"
Pero Ana lo ignoró. Lo sentó en un banco y le dijo: "Solo mira, Caleb. Mira los colores, mira la gente, mira cómo interactúan. No intentes capturar una emoción. Solo observa."
Los otros hombres, por supuesto, no tardaron en aparecer. Max compraba las frutas más exóticas para Nico. Silas estaba analizando la eficiencia del flujo de tráfico de los compradores. Nico estaba regateando con los vendedores de especias. Y Rocky estaba en alerta máxima, ya que los mercados eran conocidos por su alta densidad de "felinos oportunistas" que merodeaban entre los puestos de pescado.
Poco a poco, Caleb comenzó a relajarse. Empezó a garabatear en su cuaderno. No eran grandes obras de arte, sino pequeños detalles: la arruga en la cara de un vendedor, el brillo de una manzana, el patrón en un tejido.
El verdadero avance llegó en la parada de flores. Había un anciano que vendía rosas, y sus manos, nudosas y fuertes, eran una historia en sí mismas. Caleb, sin pensarlo dos veces, se acercó y pidió permiso para dibujarlas. El anciano sonrió.
Durante una hora, Caleb se olvidó de su crisis. Se perdió en la forma, la textura, la expresión de las manos. Y cuando terminó, había creado un boceto que era simple, honesto y lleno de alma.
"Ana", dijo Caleb, mirándola, sus ojos brillando con una luz diferente. "Lo he encontrado. La verdad no está en la angustia. Está en la observación. En la simplicidad. En la conexión."
Ana sonrió. "Bienvenido de nuevo, Caleb."
Los otros, al ver la transformación de Caleb, también se alegraron a su manera. Max ofreció comprar todas las rosas del anciano. Silas anotó que "la interacción social y la estimulación visual no estructurada tienen un impacto positivo en la creatividad". Nico le ofreció al anciano un macaron. Y Rocky, sorprendentemente, se quedó observando el boceto de las manos, con una expresión pensativa.
Pero el día no podía terminar sin un último giro. Al regresar a casa, Candelabro, el gato de la gala, estaba sentado en el umbral del estudio de Caleb, maullando. Al parecer, había seguido a Caleb desde la gala y había decidido que el estudio del artista era un lugar interesante para acampar.
Caleb, que había superado su aversión a la comercialización del arte felino, ahora miró al gato con una nueva perspectiva. "¡Candelabro! ¡Mi pequeño tormento! ¡Mi recordatorio de que la belleza puede ser simple y complicada a la vez!" Caleb se arrodilló y le ofreció un pequeño trozo de queso.
Rocky, al ver la escena, soltó un grito ahogado. "¡Un... un felino en mi perímetro! ¡Y está... comiendo! ¡Es una táctica de infiltración avanzada!"
Y así, la vida de Ana siguió su curso, llena de momentos de iluminación, crisis dramáticas y la constante presencia de su singular séquito. Había aprendido que la normalidad era aburrida, y que el caos, con la gente adecuada, podía ser sorprendentemente divertido. Su terapeuta, si alguna vez la tuviera, tendría material para un libro. Y ella, Ana, estaba empezando a sospechar que su propia historia estaba lejos de terminar.