⚠️🔞El Alfa se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Cass. El olor a roble y romero se volvió tan fuerte que Cass sintió un mareo súbito. El Alfa inhaló profundamente, llenando sus pulmones con el aroma a miel y café del Omega. Una atracción peligrosa, pero predestinado.🔞⚠️
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Eres mi propiedad
El estruendo de un motor derrapando sobre la grava no fue solo una señal; fue el primer pulso de una guerra que ya no tenía vuelta atrás. Desde la habitación, Cass apretaba sus manos contra sus oídos, pero las paredes vibraban. Abajo, Kenny ya no era el hombre que le preparaba café por las mañanas. Era un Alfa en estado puro, una bestia de roble y romero cuyo instinto de nido se había disparado hasta la psicosis.
Cuando Kenny salió al porche, el aire ya estaba roto. Tres vehículos negros escupieron hombres armados, pero él solo tenía ojos para Danilo.
—Vaya, Kenny. Te has buscado un escondite muy acogedor —soltó Danilo, bajando de la camioneta con una arrogancia que quemaba—. Pero el aire aquí arriba es demasiado dulce. Huele a miel... y a café. Huele a algo que no te pertenece.
La respuesta de Kenny no fue un rugido, fue un estallido de violencia kinética. Antes de que Danilo pudiera alzar su arma, Kenny voló sobre el espacio que los separaba. El primer golpe sonó como una rama de roble partiéndose: el puño de Kenny conectó con la mandíbula de Danilo, lanzándolo contra el metal de su propia camioneta.
—¡Fuego! —gritó uno de los hombres de Danilo, y el caos se volvió absoluto.
La grava volaba bajo las botas de los subordinados de Kenny que salían de la espesura del bosque como lobos hambrientos. No hubo formación táctica, solo una carnicería coreografiada. Kenny esquivó un disparo por milímetros, sintiendo el calor de la bala pasar cerca de su sien, y respondió hundiendo un cuchillo táctico en el hombro de un atacante sin desviar la vista de Danilo.
Kenny tomó a Danilo por el cuello y lo estrelló contra un árbol cercano con tal fuerza que la corteza se astilló. Danilo, desesperado, le hundió los dedos en la herida abierta del hombro a Kenny, haciendo que el Alfa gruñera, pero no por dolor, sino por una furia que rozaba el frenesí. Sus aromas chocaron como dos frentes de tormenta: el ciprés helado intentando sofocar el roble ardiente.
—Él es mío —gruñó Kenny, su voz rompiéndose en una frecuencia inhumana—. Si vuelves a mencionar su aroma, te arrancaré la lengua y te obligaré a tragártela.
Le propinó un cabezazo que hizo que la sangre de ambos se mezclara y salpicara el suelo. Danilo, aturdido y con el rostro desfigurado por el impacto, apenas pudo dar la orden de retirada cuando vio que sus hombres estaban siendo masacrados o superados. Los motores rugieron de nuevo, huyendo en una retirada humillante que dejó el camino teñido de carmesí y pólvora.
Kenny se quedó allí solo, los nudillos destrozados, el pecho subiendo y bajando en espasmos de pura adrenalina. El aroma a jengibre de Danilo todavía flotaba, infectando su territorio. Y eso lo estaba volviendo loco.
Subió las escaleras de tres en tres. Cass apenas tuvo tiempo de girar la llave cuando la puerta fue derribada, literalmente, por el hombro de Kenny. El Alfa entró como un huracán de feromonas. Estaba cubierto de suciedad, sangre ajena y propia, y sus ojos... sus ojos eran dos pozos negros de posesividad.
—¿Estás bien? —preguntó Kenny, pero antes de que Cass pudiera responder "sí", el Alfa ya lo tenía acorralado contra la pared, no contra la cama. Necesitaba el contacto frío de la madera para contrastar con el calor abrasador que emanaba de su cuerpo.
—Estás sangrando, Kenny, déjame... —Cass intentó tocar la herida de su labio, pero Kenny le atrapó ambas muñecas sobre la cabeza con una sola mano, inmovilizándolo con una fuerza que hizo que Cass soltara un gemido que no era de miedo.
—Hueles a él —sentenció Kenny, su voz vibrando en el pecho de Cass—. El maldito jengibre se te pegó a la piel solo de escucharlo. No lo soporto. Me quema.
Kenny enterró la cara en el cuello de Cass, no para buscar consuelo, sino para reclamar. Sus dientes se hundieron en la piel sensible cerca de la marca, rozando el límite del dolor. Cass arqueó la espalda, su aroma a miel y café disparándose por el estrés y el deseo. Era una sobredosis sensorial: el sabor metálico de la sangre de Kenny en sus besos, el peso del Alfa aplastándolo, y esa mirada fija que decía: eres mi propiedad.
—Bórrame el rastro de ese imbécil, Cassy —ordenó Kenny, bajando la mano para desgarrar la camiseta del Omega sin ninguna delicadeza—. Quiero que cuando despiertes mañana, lo único que sientas en tus pulmones, en tu piel y en tus sábanas sea yo. Solo yo.
Kenny lo lanzó a la cama y se deshizo de su propia ropa con una urgencia violenta. Al entrar en él, no hubo sutileza; fue una invasión necesaria, un anclaje. Cass rodeó la cintura del Alfa con sus piernas, enterrando sus uñas en la espalda marcada de Kenny, sintiendo cómo el ritmo de la cópula seguía el mismo compás frenético de la pelea afuera.
—Está mal... —jadeó Cass, con la cabeza hacia atrás y los ojos nublados por el placer y el nudo de feromonas en el aire—, es demasiado... pero dios, me encanta. Me encanta que te vuelvas loco por mí.
Kenny le tapó la boca con un beso posesivo, silenciando cualquier otra palabra que no fuera su nombre. En ese momento, en esa habitación cargada de olor a victoria y sexo, Cass entendió que Kenny no era solo su protector. Era su adicción: le encantaba.
corta pero muuuuyyyy sustanciosa como dice el dicho