La guerra terminó, pero la pesadilla acaba de despertar.
NovelToon tiene autorización de Anthony Medina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 13: EL CÓNCLAVE DE LAS SOMBRAS
El frío en la estación de Powell Street no era climático; era biológico.
Las paredes de azulejos blancos, que alguna vez vieron pasar a miles de ciudadanos hacia sus rutinas, ahora estaban revestidas por una red de micelio plateado que vibraba con una frecuencia inaudible, pero que Elías sentía en la raíz de sus dientes como un aviso constante de que estaban en territorio enemigo. Se encontraban en un antiguo cuarto de mantenimiento, el único lugar que Elena había logrado "limpiar" de sensores orgánicos usando una mezcla cáustica de amoníaco y lejía.
Elías Vane estaba sentado sobre una caja de herramientas oxidada, con el torso desnudo y envuelto en vendas amarillentas que Jake cambiaba cada pocas horas. Cada vez que inhalaba profundamente, el dolor de sus costillas fracturadas le recordaba el rostro de Alexia. Se preguntaba si ella, en la seguridad de la Ciudadela Aegis, podía sentir el peso del aire que él respiraba, un aire saturado de esporas y desesperación. Su amor por ella era su mayor secreto y su única debilidad; un incendio silencioso que lo mantenía en pie cuando el plomo y la pólvora no eran suficientes.
—Estás forzando la máquina, Elías
—dijo Elena, rompiendo el silencio mientras revisaba la tensión de su arco de poleas. El sonido del metal al ajustarse era seco, real
—Si esos Hijos de la Resonancia son tan rápidos como dicen, no te servirá de nada tener puntería si no puedes girar la cintura para esquivar su primer ataque.
Elías levantó la vista. Sus ojos eran dos pozos de fatiga y determinación gélida.
—No necesito girar más de lo necesario, Elena.
En la guerra de percusión, el que dispara primero y acierta no necesita bailar. Solo necesito que ellos entren en el embudo de muerte que vamos a preparar.
Jake, que había estado limpiando cuidadosamente las placas de identificación de su tío Marco con un trozo de fieltro, levantó la cabeza. El brillo del metal de las placas, marcadas por el tiempo pero libres de óxido, era lo único que parecía conservar algo de luz en esa habitación llena de sombras.
—No van a entrar por las buenas, maestro
—dijo Jake. Su voz había perdido la calidez de la juventud; ahora era el tono de un hombre que ha visto lo que hay bajo la piel de los monstruos
—Los vimos en el mercado. Esos Hijos de la Resonancia se mueven como si estuvieran coreografiados. Si disparamos a uno, los otros cuatro ya saben desde dónde vino la bala antes de que el casquillo toque el suelo.
Elías observó a su alumno, el sobrino del héroe caído. Vio el cuchillo de trinchera apoyado en su rodilla y sintió una punzada de orgullo mezclada con una amargura profunda. Jake estaba aprendiendo demasiado rápido porque el mundo no le daba otra opción.
—Por eso no vamos a pelear contra sus cuerpos, Jake. Vamos a pelear contra su entorno
—Elías señaló un mapa táctico que había dibujado con tiza en el suelo de hormigón
— La Fase 5 depende de la estabilidad del micelio que pisan. Es su sistema nervioso extendido. Si cortamos la "tierra" bajo sus pies, sus reflejos se volverán basura.
—¿Con qué?
—preguntó Jake, acercándose al mapa
—Los fusiles de percusión son certeros, pero no detienen una mente colmena.
Elías sacó de su mochila cuatro bolsas de lona pesada, atadas con mechas de combustión lenta y rellenas de una mezcla de magnesio, pólvora negra y fósforo blanco que habían recuperado de los almacenes del Mercado Negro.
—Pólvora y fuego, Jake. No hay nada más honesto que eso
—sentenció Elías
—Vamos a sembrar la plaza de la iglesia con estas cargas. No buscan solo matar; buscan crear un muro de calor y destellos que sature sus sensores biológicos. El fósforo blanco quema el hongo de forma que no puede regenerarse en semanas. Cuando las cargas detonen, tendremos una ventana de sesenta segundos.
—Sesenta segundos de humo, fuego y ceguera
—calculó Elena con una sonrisa de media luna
— Es una apuesta arriesgada, Vane.
Si el viento cambia, nosotros también seremos ciegos.
—Por eso usaremos el acero
—replicó Elías, mirando a Jake
—Mañana, tú serás el cebo. Llevarás las placas de tu tío por fuera de la armadura. El metal de Aegis brilla con una frecuencia que los Hijos de la Resonancia codician; quieren el ADN de los héroes para sus "archivos de carne". Te seguirán hasta el centro de la plaza porque creen que eres una presa fácil, un eco del pasado.
Jake no parpadeó. El recuerdo de Marco, cuya muerte en el Capítulo 10 todavía era una herida abierta en la Ciudadela, pareció darle un propósito renovado.
—¿Qué quieres que haga cuando esté en el centro?
—preguntó el chico con una calma que hizo que Elías se estremeciera por dentro.
—Correr
—respondió Elías
—Correr hacia las sombras de la catedral mientras yo activo los detonadores de percusión. Elena te cubrirá desde el campanario. Cuando el fósforo estalle, quiero que saques el cuchillo de Marco. En ese minuto de caos, ellos no serán Hijos de la Resonancia; serán solo carne asustada. Y tú serás el carnicero.
Elías hizo una pausa, sintiendo un pinchazo de dolor en el costado que le cortó la respiración por un segundo. Se llevó la mano a las vendas, apretando los dientes.
—Maestro
—dijo Jake suavemente, poniendo una mano sobre el brazo de Elías
— Alexia te necesita vivo en el laboratorio. Yo te necesito vivo para que veas cómo termino esto. No te sobreexijas con el rifle si no puedes sostener el retroceso.
Elías miró la mano de Jake sobre su brazo. Por un momento, no vio al alumno, sino el reflejo de Marco en aquel último día. Sintió un nudo en la garganta, un sentimiento que no se atrevía a nombrar frente a los demás.
—Si yo caigo, Jake, tú sigues
—ordenó Elías, su voz volviéndose una orden militar inapelable
—No te detengas por mí. No mires atrás. Ni siquiera por Elena. La misión es entrar en ese laboratorio y encontrar la forma de que Alexia pueda apagar esta pesadilla. Nosotros somos solo las herramientas; ella es la solución.
Elena bajó la vista, ajustando una flecha incendiaria, pero Jake sostuvo la mirada de Elías. Había una nueva comprensión entre ellos, un pacto de sangre y pólvora que iba más allá de la instrucción técnica.
—Mañana no es el día de morir, maestro
—dijo Jake, guardando las placas de su tío bajo su pechera
—Mañana es el día en que les recordamos a esos bastardos que el plomo de Aegis todavía tiene la última palabra.
Se quedaron en silencio, preparándose para la batalla del día siguiente. En la oscuridad de la estación, tres corazones humanos latían con fuerza contra la marea de la Fase 5. Elías se recostó contra la pared, permitiéndose cerrar los ojos e imaginar, por un breve instante, el aroma a tierra limpia y flores de los jardines de Alexia, antes de que el olor a pólvora y humedad volviera a reclamar su realidad.