La historia comienza con Agustina y Cristian, dos novios que se amaban profundamente, pero que fueron separados por circunstancias ajenas a su voluntad. Ella se marchó llevándose consigo algo muy valioso.
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capitulo 12: De frente y sin miedo
Siete años habían pasado desde que la vida de Agustina dio un giro definitivo.
Seguía trabajando en el hospital como enfermera, cumpliendo turnos largos y agotadores. Don Jaspar continuaba siendo el director, y sus miradas incómodas no habían cambiado con el tiempo.
Aun así, Agustina seguía adelante con la misma fuerza, con un solo pensamiento que la mantenía firme: su hijo.
Esa mañana, Agustina estaba cumpliendo su turno cuando don Jaspar se le acercó sin dejar de mirarla de esa forma que tanto le molestaba.
—Agustina, ven a mi oficina —dijo sin más.
Ella dudó un segundo, pero terminó asintiendo.
—Sí, señor.
Minutos después, entró a la oficina.
—Cierra la puerta —ordenó él.
Agustina lo hizo, manteniéndose seria.
—Sabes que están eligiendo a la nueva enfermera jefa —dijo él, acercándose un poco—. Y tú podrías ser una de las opciones.
Agustina guardó silencio. Ese puesto lo había querido desde hace tiempo.
—Tienes que saber sacar provecho —añadió—. Una noche conmigo y ese puesto puede ser tuyo.
Agustina no dijo nada al principio. Por dentro estaba incómoda y molesta. Ese era su sueño, pero no pensaba conseguirlo así.
—Pues no. Ese puesto lo quiero, pero no así… yo no soy de esas —respondió Agustina, conteniendo el coraje para no reaccionar de peor manera.
Agustina se dio la vuelta sin esperar respuesta y salió de la oficina.
Don Jaspar se quedó mirándola, molesto.
—Ya veremos cuánto te dura ese orgullo… —murmuró entre dientes.
Había soportado demasiado con la manera en que la miraba, siempre incómoda, pero eso fue lo que la hizo perder la paciencia.
Al salir de la oficina, entró al cuarto de descanso y golpeó la camilla con fuerza.
—Viejo asqueroso… —murmuró.
Niko tenía diez años y cursaba quinto grado. Era un niño de mirada dulce, tranquilo y bien portado. Desde pequeño había tenido que usar gafas, unas que su madre le compró con mucho esfuerzo después de que la EPS se las negara.
Poseía una inteligencia extraordinaria, aunque ni su madre, ni su abuela, ni nadie a su alrededor lo sabía aún. Siempre sacaba buenas notas y ocupaba los primeros lugares, sin hacer alarde de ello.
Ya estaba en el colegio, sentado en su pupitre, mirando al frente sin interés. La profesora explicaba un tema que para él ya estaba resuelto desde hacía rato. Giraba el lápiz entre los dedos, aburrido, esperando a que la clase terminara.
La profesora lo notó. Era una mujer estricta, rígida, sin paciencia para enseñar.
Se acercó a él y golpeó el pupitre, llamando la atención de toda la clase.
—Levántate —ordenó—. Ya veo que aquí tenemos a otro que no entiende nada.
Niko se puso de pie y la miró sin miedo.
—Respóndeme sin escribir nada —ordenó—, ¿48 por 75?
—Tres mil seiscientos —respondió el niño tras apenas un segundo de cálculo mental.
La profesora pasó saliva con dificultad. Aun así, no estaba dispuesta a ceder y formuló una pregunta todavía más difícil.
—Muy bien, genio —dijo con ironía—. Dime cuánto es 3.600 dividido entre 15, ahora mismo.
—Doscientos cuarenta —dijo enseguida—. No salen decimales porque el número se divide completo.
Sonrió apenas—: Si lo multiplica, vuelve a salir igual.
Pensó un segundo más—: Y su raíz cuadrada es exacta sesenta.
La profesora caminó rápido hasta su escritorio, tomó la calculadora y tecleó con brusquedad. Al ver el resultado, levantó la vista y clavó los ojos en Niko.
—Hiciste trampa —dijo, señalándolo con el dedo—. Un niño como tú no sabe estas cosas.
—Eres un burro —remató.
Niko solo negaba con la cabeza.
Ese mismo día llamaron a su abuela para que fuera por él.
Ya en casa, ella decidió comprobarlo por sí misma.
—Hazme estas cuentas, mijito —le dijo, mientras le ponía divisiones y multiplicaciones más difíciles.
Niko las resolvió todas, sin equivocarse.
Su abuela se ajustó las gafas y revisó los números con cuidado. Luego tomó la calculadora y comprobó todo: era correcto.
Se llevó la mano a la boca, sorprendida, y susurró:
—Eres un niño especial.
Esa noche, Agustina llegó del hospital y se dirigió a la habitación de Niko. Ya sabía por su madre lo que había pasado en la escuela, así que quería escucharlo directamente.
—Hola, mi amor —dijo, sentándose junto a él en la cama—. Cuéntame, ¿qué pasó hoy en la escuela?
Niko suspiró.
—Hoy la profesora explicó cosas demasiado simples para quinto grado —contestó Niko—. Y me llamó burro.
—¿Te dijo burro? —preguntó Agustina, tratando de mantener la calma frente a su hijo.
—Sí —respondió Niko—. Primero me pidió que me pusiera de pie y me preguntó algunas divisiones y multiplicaciones que resolví mentalmente. Le dije los resultados al instante: 48 por 75 es 3.600, y luego 3.600 dividido entre 15 es 240. Todo correcto. Después se acercó a su escritorio, sacó la calculadora y revisó todo. Todo estaba correcto y aun así me dijo burro, como si yo no supiera nada.
Agustina se levantó de la cama, molesta, pero intentó mantenerse tranquila frente a Niko.
—Mañana voy a ir a hablar con esa profesora —dijo, acercándose de nuevo para darle un beso en la frente—. Y no te preocupes, mi amor, tú eres un niño muy listo.
—Gracias, mamá, eres mi heroína —expresó Niko. Amaba a su madre más que a nada en el mundo.
—Y tú, mi príncipe hermoso —respondió Agustina, sonriendo—. Ahora duerme, que mañana será otro día.
Lo arropó con la sábana, le dio un último beso y salió de la habitación.
Se sentó en la barra de la cocina, pensando en lo difícil que era salir adelante como madre soltera. A veces tenía que aguantar mucho, pero nunca se rendía. Lo hacía por ella, por su madre y por su hijo, que lo era todo.
Al día siguiente, Agustina dejó a Niko en casa con su mamá y salió antes de estrenar su turno en el hospital. Necesitaba hablar con la profesora que se atrevió a llamar burro a su hijo.
Al llegar al colegio, Agustina vio a la profesora entrar al plantel con un aire orgulloso y arrogante, como si ella fuera lo mejor de toda la escuela. Sin pensarlo, se acercó decidida:
—Como usted, maestra de quinta, necesito hablar —dijo Agustina, sin importarle nada.
La profesora se volteó y la miró de pies a cabeza, notando su uniforme de enfermera, con gesto de desprecio.
—Ah, ya veo… la mamá de Niko —respondió sin emoción alguna—. ¿Qué desea?
—¡Ni se le ocurra volver a decirle burro a mi hijo! ¡La próxima vez que abra la boca se va a arrepentir, profe! —exclamó Agustina, la rabia brillando en sus ojos.
—Jajaja, tenía que ser usted. Qué manera de no aceptar la realidad… su hijo es un burro, y eso nadie lo cambia —dijo la profesora, riéndose maliciosamente.
Antes de que pudiera decir más, Agustina le propinó una fuerte cachetada.
—¡No se le ocurra volver a llamarle burro a mi hijo, señora! Esto no lo va a olvidar —advirtió Agustina, con la cara roja y respirando agitadamente.
La profesora se llevó la mano a la mejilla, atónita, cuando de repente apareció la directora del colegio, observando la escena con gesto serio.
—Señora García, me parece inaceptable este tipo de escenas en mi escuela —dijo la directora, mirando a su alrededor para cerciorarse de que nadie más estuviera presente.
—Señora directora, yo no hice nada, ella me atacó primero —intentó justificarse la profesora, con la cara enrojecida y la mirada fija en la directora.
—Pues dígale a la directora, ¿qué le soltó a mi hijo? —exigió Agustina, conteniéndose para no darle otra cachetada.
—Cálmense ambas y síganme a mi oficina—ordenó la directora, mientras las guiaba adentro.
—Pues mire, directora —empezó Agustina, respirando hondo—, solo vine a defender a mi hijo. Esa vieja lo llamó burro, y eso no se lo permito a nadie. Mi niño es muy listo.
—Señora García, ya basta. No se justifica lo que hizo y además ofendió a la profesora —replicó la directora, sin darle la razón.
Con una sonrisa torcida, la profesora se acomodó en la silla, mirando a Agustina satisfecha, al darse cuenta de que la directora le estaba dando la razón.
—¿Ofendiendo? ¡No mames! Está clarito que son del mismo pedo —comentó Agustina, clavándoles la mirada.
La profesora y la directora se sintieron ofendidas por el comentario. La profesora fue la primera en hablar, tratando de que su rostro no delatara lo mucho que le había dolido.
—¡Jaja! ¿Y usted qué se cree? Muy… que porque es la madre de un… —empezó la profesora, con una sonrisa burlona, queriendo ofender a Niko de nuevo.
Agustina ya lo había intuido, así que se acercó rápido y le propinó una bofetada que la dejó con la mano en la mejilla, sorprendida.
—¡Señora Agustina, suficiente! Este tipo de conducta no se tolera en mi escuela. Su hijo queda expulsado inmediatamente — Intervino la directora, poniéndose de pie para que su voz se escuchara más fuerte.
—¿Qué? —gritó Agustina, pero pronto se calmó—. La neta, mejor que mi hijo no esté en esta escuela de mierda, donde hay gente como ustedes que se creen profesionales y no son más que unas viejas sin madre ni vocación.
La directora le entregó los papeles de Niko, mirándola directamente con gesto de ofendida.
—Busque otra escuela, aquí ya no puede quedarse.
Agustina arrancó los papeles de sus manos, con la mirada encendida como una leona. Sin más palabras, salió de la oficina decidida a encontrar otra escuela para su hijo.
En el hospital, todavía preocupada por la educación de Niko, don Jaspar la llamó a su oficina. Cerró la puerta, empezó a recriminarle la tardanza, y cuando intentó acercarse indebidamente, Agustina lo enfrentó sin dudar.
Doris esta loca mando hacer tarjeta de bodas que obsesión tiene por Cristian pero esta jodida porque si se encuentra con su chaparrita las demás quedan por fuera.
Lectores, sé que muchos se preguntan por qué el investigador no ha logrado dar con Agustina. Como mencioné antes, Rebecca hizo todo para ocultarla y que no estuviera cerca de Cristian.
Por eso, aunque hay un investigador privado, no ha podido encontrarla Rebecca borró pistas, ocultó información y manipuló todo para desviar la búsqueda.
Aun así, él cumple su papel porque la verdad no se revelará de golpe sino poco a poco.
Eso lo mencioné en un capítulo, cuando ya habían pasado los años.
Rebeca ya le dijo a Betania que regreso la campesina que harán este par de arpías 🤔🤔🤔❓❓❓
Quien es el hombre elegante y misterioso que llego 🤔🤔🤔❓❓❓
Ricardo y Martin como que son gay porque hubo una conexión rara.
Doris la insufrible ya no la soporta pero parece una garrapata mal pegada.
Rebeca si reconocio a Agustina que hará y dirá 🤔🤔🤔❓❓❓
Dos locas obsesionadas con Cristian que quieren tenenerlo a como de lugar Doris y Betania no tienen autoestima a una la utilizan y la otra no la ven con ojos de negro gustas que ridículas otras patéticas mas.
Cristian ahora caes de ese edificio e iras a parar al hospital donde esta Agustina y a ella le tocara atenderte y lo peor sera que llegaran todas las arpías osea Doris, Betania y Rebeca la alcohólica y despreciable madre.
Otro director que se fijo en Agustina no me parece que venga otro a joderle la vida.