Camila nunca imaginó que el hombre que marcó su adolescencia regresaría a su vida de la forma más inesperada. Leví, ahora un hombre poderoso y rodeado de sombras, no solo reclama su atención, sino que la arrastra a un mundo donde el peligro y la pasión caminan de la mano. Entre secretos familiares y una red de poder, Camila deberá decidir si proteger su corazón o entregarse al hombre que siempre fue su destino.
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CAPÍTULO 20 – LUCHA POR NO PERDERLA
El silencio de Camila durante los últimos días había sido más cruel y devastador que cualquier grito o palabra hiriente. Leví sentía, con una angustia creciente, que ella se le escapaba entre los dedos como arena fina. Aunque en el pasado su orgullo lo había empujado a guardar distancias y a proteger su vulnerabilidad, ahora las reglas habían cambiado. Estaba dispuesto a todo, incluso a exponerse por completo, con tal de no perderla otra vez.
Esa mañana, apenas los primeros rayos de sol golpearon los cristales de la ciudad, Camila salió rumbo al trabajo. Las ojeras marcaban sus noches en vela y sentía el alma hecha un nudo apretado, pero llevaba una determinación clara grabada en fuego: no derramar ni una sola lágrima más por Leví. Sin embargo, la vida volvió a demostrarle que sus planes eran frágiles. Apenas cruzó la puerta principal del edificio, lo vio.
Él la esperaba justo en la entrada, apoyado contra su impecable auto negro. Vestía de manera informal, con una camisa de lino que le daba un aire más humano y menos corporativo, pero su postura hablaba de una espera eterna, de una urgencia que no podía ocultar y de un dolor contenido que se reflejaba en la tensión de sus hombros. En su mano derecha, sostenía un ramo de girasoles vibrantes —sus favoritos—, que destacaban contra el asfalto gris como una súplica silenciosa de perdón y esperanza.
—¿Podemos hablar, Camila? Solo cinco minutos —preguntó él sin rodeos. Su voz grave sonaba cargada de una mezcla de emociones que ella nunca le había escuchado.
Camila se detuvo en seco. Su mirada se desvió hacia un lado, buscando en el aire una fuerza que ya casi no le quedaba. Se cruzó de brazos, construyendo un escudo físico entre los dos.
—Cinco minutos, Leví. Es todo lo que tengo —respondió finalmente, intentando que su voz no delatara el temblor de sus manos.
—Valeria solo representa un pasado que jamás quise recuperar y que hoy desprecio —empezó él, dando un paso cauteloso hacia ella—. Ella lo sabe perfectamente, y por eso busca hacerte daño, porque sabe que tú eres mi único punto débil. Desde que volviste a mi vida, no he aceptado nada de ella, ni un mensaje, ni una llamada que no sea estrictamente profesional. Ella es la sombra, Camila. Pero tú… tú eres mi luz, mi presente. Y si me lo permites, quiero que seas el resto de mi futuro.
Camila bajó la mirada, sintiendo cómo las palabras de Leví martilleaban su resistencia. Una parte de ella moría por creerle, por correr a sus brazos y olvidar el veneno de Valeria. Pero la otra parte, la que aún ardía por la humillación, se mantenía en guardia.
—¿Y por qué parece que ella siempre tiene más control que yo en tu vida? —preguntó ella con la voz quebrada por una mezcla de rabia y vulnerabilidad—. ¿Por qué siempre tiene que aparecer justo cuando estamos encontrando un poco de paz? Siento que camino sobre cristales rotos cada vez que ella sonríe.
—Porque el pasado es un experto en encontrar las grietas por donde colarse —respondió Leví con una intensidad que la desarmó—. Pero esta vez no me voy a rendir. No te voy a soltar tan fácil como lo hice hace años. Si tengo que luchar por ti contra el mundo entero cada día, lo haré sin dudarlo. No eres un capricho del momento, Camila. Eres lo que estuve buscando durante toda mi vida sin saber que me faltaba.
Las palabras terminaron por agrietar su armadura. Tomó los girasoles con una delicadeza extrema, como si temiera que los pétalos fueran a marchitarse si los apretaba demasiado contra su pecho. El aroma de las flores frescas inundó sus sentidos, dándole un respiro de calma en medio de la tormenta.
—Necesito tiempo, Leví —murmuró ella, sin ser capaz todavía de mirarlo directamente a los ojos.
—Te lo doy. Te doy todo el tiempo que necesites —dijo él, retrocediendo un paso para darle espacio—. Pero no me voy a ir lejos. No dejaré de recordarte, con hechos y no solo con palabras, que eres lo único que le da sentido a todo este caos en el que vivo.
Ella asintió levemente y caminó hacia el ascensor, sintiendo el peso de las flores y la mirada de él fija en su espalda. Justo antes de que las puertas metálicas se cerraran por completo, Camila giró el rostro una última vez. Leví no se había movido ni un centímetro; permanecía allí, bajo la luz de la mañana, con los ojos brillando como si el destino del mundo entero dependiera solo de ese instante.
Aún había esperanza. El hilo que los unía se había estirado hasta casi romperse, pero seguía ahí, vibrando con una fuerza invisible. Y aunque ninguno de los dos se atreviera a decirlo en voz alta bajo el techo de esa oficina, ambos lo sabían en lo más profundo de sus almas: esta historia estaba muy lejos de haber terminado.