Después de años de separaciones, heridas y secretos, Natalie Cardona, una valiente capitana de élite, y Dereck Stein, un estratega marcado por la guerra, se reencuentran entre el deber y el amor que nunca pudieron apagar, descubren que incluso las almas rotas pueden volver a latir...
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La acompañante del coronel
La noche olía a gasolina cara y a secretos.
La subasta se celebraba en un hangar privado a las afueras de la ciudad, de esos donde el lujo se mezcla con el peligro sin pedir disculpas. Autos deportivos cubiertos por mantas negras, copas de champaña, trajes caros y sonrisas falsas. Todo tan perfectamente ajeno a lo que éramos... y sin embargo, ahí estábamos, disfrazados de compradores.
Yo llevaba un vestido negro ajustado, de seda, lo bastante elegante para el papel que me habían asignado: la acompañante del coronel Dereck Stein. No "la capitana Cardona", no "la agente infiltrada". Solo su maldita "acompañante".
No era la primera vez que fingía ser algo que no era, pero esa vez tenía un sabor amargo.
Caminé a su lado en silencio mientras él entregaba credenciales falsas al guardia de seguridad. El brillo de los faros se reflejaba en su rostro serio, controlado como siempre. Parecía disfrutar del papel de millonario arrogante.
-¿Lista para fingir que me admiras? -murmuró sin mirarme.
-No necesito fingir -respondí con sarcasmo-. Me basta con ignorarte.
Lo vi sonreír de lado, apenas un movimiento.
-Trata de mantener esa actitud dentro. No queremos llamar la atención.
Entramos al hangar. La música era suave, un jazz lento que llenaba el aire con esa elegancia artificial que suele preceder al crimen. En el centro, los autos relucían bajo las luces, como bestias dormidas. Los hombres hablaban en voz baja, las mujeres reían, y cada sonrisa era una máscara.
Yo observaba. Cada mirada, cada gesto, cada detalle.
Era una misión menor, sí, pero era la primera desde mi regreso, la primera donde Dereck y yo debíamos trabajar juntos desde aquella separación forzada.
James hablaba por el comunicador desde la furgoneta exterior.
-Canal abierto. Cardona, confirma posición.
-En el interior -respondí en voz baja, ocultando el micrófono en el pendiente-. Todo bajo control.
-Recuerda el objetivo: identificar al intermediario. No intervengan a menos que sea necesario.
"Intermediario." En otras palabras, un traficante disfrazado de coleccionista.
Dereck me ofreció una copa. No era una cortesía; era parte del papel.
-Brinda conmigo -ordenó con ese tono autoritario que parecía disfrutar más de la cuenta.
-No estoy de humor.
-No te pedí opinión, Cardona. -Sus ojos se encontraron con los míos, fijos, dominantes.
Tomé la copa, la levanté con una sonrisa falsa y bebí un sorbo.
-¿Feliz ahora, coronel?
-No. Pero al menos parecemos creíbles.
La tensión era palpable. Su mano rozó mi espalda al guiarme entre los asistentes. Fue un toque breve, casi accidental, pero me recorrió una corriente eléctrica que me recordó cada maldito motivo por el que no debía sentir nada.
Él se inclinó hacia mi oído, su voz grave, susurrando solo para mí.
-Tres hombres en el ala norte. El del reloj dorado es nuestro contacto.
-Lo tengo -respondí sin mirarlo, caminando con paso firme mientras el tacón resonaba en el piso metálico.
Nos acercamos lentamente. El sujeto, un hombre corpulento con un traje blanco y sonrisa untuosa, nos observó de pies a cabeza.
-Coronel Stein -dijo fingiendo cortesía-. Un placer conocerlo finalmente. ¿Y quién es la hermosa dama?
Dereck me miró de reojo, esa mirada de hielo que usaba cuando quería poner límites.
-Mi acompañante -respondió.
Tragué saliva. No dije nada. Solo mantuve la sonrisa, observando todo. Cada palabra, cada gesto.
El hombre se inclinó un poco hacia mí.
-Espero que disfrute la noche. No todos los días se ven máquinas como estas... ni compañías tan encantadoras.
-Estoy segura de que no -respondí con tono neutro, pero firme.
El hombre soltó una carcajada.
Dereck aprovechó para cambiar el tema hacia la "compra" de un Aston Martin, pero en realidad analizaba las transacciones y nombres que el sujeto dejaba caer entre frases. Yo, mientras tanto, revisaba discretamente los movimientos de los guardias, el número de salidas, los códigos de seguridad.
-¿Ves algo? -susurró James por el comunicador.
-Sí. El segundo guardia tiene una marca en la muñeca. Clan Nero. Confirmado.
Dereck lo escuchó también. Su mandíbula se endureció.
-Perfecto. Tenemos lo que necesitábamos.
Nos alejamos del grupo fingiendo desinterés. Pero el aire entre nosotros seguía cargado, denso, casi insoportable. Él me miró apenas, sin palabras, pero en sus ojos había algo que no se podía ocultar: la lucha entre el deber y el recuerdo.
Cuando pasamos junto a uno de los autos, él se detuvo.
-Sabes que no confío en ti del todo -dijo con calma.
-Y yo no necesito tu confianza -respondí, mirándolo con frialdad-. Solo necesito cumplir la misión.
-Siempre tan orgullosa. -Su voz bajó una octava-. Pero admito que te extrañaba en el terreno.
No supe si lo dijo en serio o solo para desestabilizarme, pero el corazón me golpeó con fuerza.
Me acerqué un paso, lo bastante como para que solo él me oyera.
-No confundas profesionalismo con nostalgia, Stein.
Sus labios se curvaron apenas.
-Entonces no me mires así.
Me quedé helada. No supe si era un desafío o una advertencia, pero el pulso me traicionó. Antes de que pudiera responder, el comunicador sonó otra vez.
-Retirada -dijo James-. El objetivo abandonó el lugar.
Dereck asintió, mirándome de reojo.
-Hora de irnos, "acompañante".
Salimos del hangar sin mirar atrás. Afuera, el aire frío de la noche me golpeó el rostro. Caminamos en silencio hacia el coche, sin decir una palabra, pero sabiendo que la misión más difícil no era la que acabábamos de cumplir... sino la de mantener la distancia.