Scarlett, Santiago y Ángel eran tres hermanos unidos por algo más fuerte que la sangre: el amor y la lealtad. Vivían una vida tranquila, lejos de problemas, en una casa humilde donde las risas de sus padres llenaban cada rincón. Scarlett era inteligente y valiente; Santiago, serio y protector; y Ángel, el menor, noble pero impulsivo. Nunca buscaron enemigos ni conflictos, pero una noche todo cambió. Unos hombres desconocidos entraron a su hogar y asesinaron brutalmente a sus padres frente a ellos. Desde ese instante, el dolor se convirtió en odio. Los tres hermanos hicieron una promesa sobre las tumbas de sus padres: encontrar a los culpables y cobrar venganza, aunque eso significara perderse a sí mismos en el camino.
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Capítulo 2 Hola, soy Santiago Beltrán
Mi nombre es Santiago Beltrán. Nací el 12 de febrero del 2002 en Pereira, Colombia, y tengo 24 años. Mucha gente cree que soy alguien complicado apenas me conoce. Tal vez porque siempre mantengo una expresión seria o porque casi nunca sonrío. Pero la verdad es que simplemente me cuesta confiar rápido en las personas.
Tengo el cabello negro, corto y algo ondulado. Mi rostro es marcado, con mandíbula definida y cejas gruesas que hacen que mi mirada se vea más pesada de lo normal. Mis ojos son color café oscuro, casi negros cuando estoy serio. Mi mamá siempre dice que tengo mirada de hombre cansado aunque todavía esté joven.
Desde pequeño aprendí que uno tiene que hacerse fuerte porque nadie más va a hacerlo por uno. Mi papá trabajó toda la vida para sacar adelante a la familia y yo crecí viendo eso. Por eso empecé a trabajar joven y prácticamente dejé de pensar como pelado desde hace mucho tiempo.
Trabajo desde los 17 años en un taller mecánico de Pereira. Empecé limpiando herramientas, barriendo pisos y ayudando en trabajos pequeños. Poco a poco fui aprendiendo hasta convertirme en uno de los mejores mecánicos del lugar. Me gustan las motos, los carros y todo lo relacionado con motores. El ruido de las herramientas y el olor a gasolina ya son parte de mi vida.
Mi mamá se llama Celeste de Beltrán y tiene 44 años. Es una mujer tranquila, cariñosa y demasiado paciente. Siempre intenta mantener la paz en la casa incluso cuando todos estamos discutiendo. Tiene esa manera de hablar que automáticamente calma a cualquiera.
Mi papá se llama Leonardo Beltrán y tiene 49 años. Trabaja conduciendo camiones de carga pesada y prácticamente pasó toda su vida viajando para que nunca nos faltara nada. Tiene carácter fuerte, pero también ama muchísimo a su familia aunque no siempre lo diga.
Scarlett, mi hermana, tiene 19 años y aunque muchas veces es demasiado terca, haría cualquier cosa por ella. Y Ángel, aunque parece más relajado que yo, también es alguien a quien siempre intento proteger.
Y sí… tengo mujer.
Se llama Victoria Quintana y tiene 18 años. No es solamente mi novia. Es mi prometida y llevamos viviendo juntos varios meses. Llevamos dos años de relación y un año comprometidos. Todavía no estamos casados oficialmente, pero sinceramente sentimos que ya tenemos una vida juntos.
Victoria tiene el cabello largo, oscuro y liso. Sus ojos son claros y tranquilos, de esos que transmiten paz apenas uno los mira. Tiene una sonrisa suave que automáticamente logra calmarme incluso en mis peores días.
La conocí hace exactamente dos años y sinceramente nunca pensé que alguien pudiera cambiarme tanto.
Todo empezó una tarde lluviosa en Pereira.
Yo acababa de salir del taller completamente cansado y lleno de grasa. Había trabajado desde temprano arreglando motos y solamente quería llegar rápido a mi casa para bañarme y dormir un rato.
Pero empezó a llover tan fuerte que me tocó detenerme bajo el techo de una cafetería pequeña cerca del centro.
Fue ahí donde la vi.
Estaba sentada cerca de la ventana tomando chocolate caliente mientras miraba la lluvia con cara de fastidio. Tenía el cabello cayéndole sobre los hombros y una mirada tranquila que sinceramente llamó mi atención desde el primer momento.
No sé por qué me quedé observándola.
Tal vez porque a diferencia de otras muchachas, ella se veía sencilla… real.
Entré solamente para esperar que bajara la lluvia, pero terminé sentado cerca de ella.
La señora del local me llevó un café y yo me quedé mirando el celular hasta que escuché una voz.
—¿Siempre tienes cara de estar bravo?
Levanté la mirada y era ella.
—No estoy bravo.
—Entonces tu cara vive confundida.
Solté una pequeña risa sin querer.
Y sinceramente… desde ese momento llamó completamente mi atención.
—¿Y tú siempre hablas tanto? —pregunté.
—Cuando alguien parece secuestrador, sí.
—Qué confianza.
Ella empezó a reírse.
Recuerdo perfectamente esa risa porque fue la primera vez en mucho tiempo que alguien lograba hacerme olvidar el cansancio.
Nos quedamos hablando casi una hora mientras seguía lloviendo afuera. Descubrí que se llamaba Victoria, que tenía 16 años en ese momento y que estudiaba cerca del taller donde yo trabajaba.
También descubrí que hablaba muchísimo cuando agarraba confianza.
Antes de irse me dijo:
—Bueno, mecánico serio, espero no verte tan bravo la próxima vez.
—Y yo espero que hables un poquito menos.
—Mentiroso, sí te gustó hablar conmigo.
Y tenía razón.
Después de ese día empezamos a vernos más seguido.
Primero coincidíamos “por casualidad” cerca de la cafetería, aunque los dos sabíamos que ya era intencional. Luego comenzamos a escribirnos todos los días.
Victoria empezó a quedarse algunas tardes en el taller mientras yo trabajaba. Se sentaba cerca escuchando música o molestándome.
—¿Por qué siempre trabajas con esa cara de sufrimiento?
—Porque ustedes dañan mucho las motos.
—Yo ni tengo moto.
—Entonces cállese.
Ella solamente se reía.
Lo que más me gustaba de Victoria era que conmigo siempre era sincera. Nunca intentó aparentar algo que no era ni cambiarme por mi manera seria de ser.
Con ella podía estar tranquilo.
Mi familia la conoció unos meses después.
Mi mamá prácticamente la quiso desde el primer día.
—Esa muchacha transmite paz —me dijo una noche.
Scarlett también se llevó bien con ella enseguida porque ambas podían pasar horas hablando.
Y Ángel empezó a molestar apenas la vio.
—Cuñada, ¿cómo hace para soportar esta cara de amargado todos los días?
—Con paciencia —respondía ella riéndose.
Yo terminaba mirándolo mal mientras ellos seguían burlándose de mí.
Hace un año decidí pedirle matrimonio.
No fue algo elegante ni lleno de lujos porque sinceramente nunca me importó eso. Solamente quería que fuera real.
La llevé a un mirador de Pereira en la noche. Desde ahí se veían todas las luces de la ciudad brillando hermoso.
Victoria estaba hablando sin parar como siempre hasta que la interrumpí.
—¿Qué pasó? —preguntó confundida.
Saqué la cajita del anillo y sentí los nervios golpeándome el pecho.
—Quiero pasar mi vida contigo.
Ella se quedó completamente callada.
—¿Eso significa lo que creo?
—Sí.
Victoria empezó a llorar mientras se tapaba la boca.
—Claro que sí, Santiago.
Y sinceramente nunca voy a olvidar cómo brillaban sus ojos esa noche.
Meses después Victoria se fue a vivir conmigo a la casa de mi mamá. No teníamos dinero suficiente para comprar algo propio todavía, así que acondicionamos un cuarto en la casa.
Y aunque la casa no era grande, Victoria logró hacer que se sintiera más cálida.
Mi mamá ama tenerla ahí.
A veces las escucho cocinando juntas mientras hablan de cualquier cosa y sinceramente eso me da tranquilidad. Mi papá también le agarró muchísimo cariño porque Victoria siempre ha sido respetuosa y humilde.
Muchas noches llego cansado del taller y encuentro a Victoria esperándome sentada en la cama.
—¿Cómo te fue hoy? —pregunta siempre.
Y sinceramente… en momentos así siento paz.
Porque aunque todavía no estamos casados oficialmente, yo ya la siento como mi esposa.
Pero últimamente esa tranquilidad estaba desapareciendo.
Yo seguía viendo carros desconocidos pasar lento cerca de la casa.
Y algo dentro de mí decía que nuestra vida estaba a punto de cambiar para siempre.