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La Sangre Que Doblegó Al Rey

La Sangre Que Doblegó Al Rey

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Hombre lobo / Mujer poderosa
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: Caami Puig

Sophia Clarkson, 17, heredera de Luna Plateada.
Kael Drevon, 24, rey de reyes de Colmillo Negro.

No se conocen. Pero el hilo los encontró.

A 600 kilómetros, ella se quema las manos para no correr hacia él.
Él apoya la frente en vidrio frío para no decir su nombre.

NovelToon tiene autorización de Caami Puig para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

*Puerta cerrada*

El fuego seguía lamiendo las vigas. Bajito. Naranja cansado en la chimenea de roble tallado. La habitación de Sophia estaba cálida de verdad. Piedra gris que guarda el calor. Tapices azules que seguro tejió su madre hace años. Pieles de oso gruesas en el piso, mullidas, que se hunden bajo las botas. Cama enorme con montañas de mantas. Sábanas que huelen a lavanda, a jabón casero. A ella. A hogar.

Ella dormía al fin. Enroscada bajo la manta hasta la nariz. Solo se le veían las pestañas. Largas. Semi mojadas todavía. El corte de la mejilla se notaba menos con la luz del fuego. Se veía chica. Se veía rota. Se veía mía para cuidar. Y me odié por pensarlo. Me odié con asco.

Toc, toc.

Dos golpes. Suaves. Pero el castillo entero los oyó. Porque cuando Aldric golpea, hasta las paredes se callan.

"Kael." Voz grave. Cansada. No entró. Apoyó el hombro ancho en el marco de roble. Grande. Canoso en las sienes. Ojos Azul Hielo, iguales a los de ella cuando no está llorando. Ojos de padre que no durmió en toda la noche. Ojos que ya vieron demasiado.

No era orden. Era límite. Pared.

No contesté. Seguí mirando a Sophia. El pecho le subía y bajaba parejo. Por primera vez en horas. Si me quedaba, la despertaba con mi respiración. Si me iba, se rompía el hechizo de paz que le costó tanto conseguir.

"Rey." Dijo el título ahora. Bajito. Recordatorio. Los dos sabíamos quién soy allá afuera. Rey de Reyes. Corona que pesa, ejércitos que obedecen, cabezas que ruedan con un gesto. Acá adentro no servía para nada. Acá adentro manda él. Es su casa. Es su hija. Es su regla. Y su miedo.

Cerré los ojos. Mandíbula apretada hasta que me crujió la cara. Me dolieron las muelas de aguantarme.

Me despegué de la viga. Las pieles de oso me hundieron las botas. Todo acá es acogedor. Hecho para que nadie se sienta solo en invierno. Qué joda del destino que yo me sienta el tipo más solo del mundo con ella a un metro de distancia.

Caminé hasta la cama. Pasos cortos. Me frené a un metro exacto. Si daba un paso más, me arrodillaba al lado. Y si me arrodillaba, no me iba más. Lo sabía. Él lo sabía.

La miré. Pálida. Labios sin color. Pero respiraba. Viva. Gracias a mis manos que anoche no dudaron para matar y hoy temblaron para limpiar.

Tragué saliva. Me quemaba la garganta. Como si hubiera tragado vidrio molido.

"Descansá, cachorra" le dije bajito. Ronco. Roto. No sé si me oyó dormida. "Me voy por un rato."

Mentira. Era toda la noche. Era hasta que Aldric me dejara volver a respirar el mismo aire que ella sin que me partiera la cara de las ganas.

Ella frunció el ceño dormida. Como si me oyera irme y no le gustara. Se aferró más a la manta. Dedos chiquitos agarrando la tela como si fuera mi camisa.

Aldric abrió un poco más la puerta. Luz de antorcha del pasillo se metió. Calentó sin quemar. Como él. Como todo en Luna Plateada. Cálido, pero con límites.

"Rey de Reyes" dijo. Sin veneno. Sin desafío. Voz de padre que ya entendió todo sin que se lo expliquen. "Esta casa es cálida. Siempre lo fue. Pero acá ella duerme con puertas cerradas. Regla vieja de mi abuelo."

Choque de poder sin sangre. Él en su territorio. Yo con una corona que pesa una tonelada y no sirve para convencer a un padre de que no le robe a la hija.

Podía plantarme. Soy Kael. Nadie me corre de ningún lado. Nadie me dice qué hacer. Mato reyes antes del desayuno.

Pero era su hija. Y ella estaba dormida porque yo me quedé toda la noche sin tocarla más que para limpiarla. Sin pedir nada. Sin esperar nada. Solo vigilia.

"No quería irme" dije. Honesto. Me salió del pecho, no de la boca. Me salió mal. Roto. "Pero tenés razón, Aldric."

Usé su nombre. No "Alfa". No "señor". Aldric. De hombre a hombre. De padre a hombre que la tocó con miedo.

Él asintió. Lento. Una vez. "Te guardé la del ala este. Tiene chimenea también. Cama grande, blanda. Te vas a hundir. No es castigo. Es... distancia." Me sostuvo la mirada. Ojos azul hielo firmes, pero cansados. "Kael. Yo confío. Pero es su cuarto. No el tuyo. Acordate."

No era cárcel. Era padre cuidando. De Alfa a Rey. De hombre a hombre que tembló limpiándole la espalda a su hija con dedos que parten cuellos sin esfuerzo.

Asentí. No dije gracias. No hacía falta. Los dos sabíamos que me estaba dando más de lo que merecía dejándome a tres pasillos en vez de en el calabozo bajo tierra.

Antes de irme miré para atrás. Una vez. Solo una. Me lo debía. Me lo debía a mí.

Sophia se dio vuelta dormida. Abrazó la almohada como si fuera un cuerpo. Susurró algo. No entendí las palabras. Pero sonó a mi nombre. Mal pronunciado. Dormida. Rota.

Se me cerró la garganta. Dolió más que cualquier filo que me atravesó en batalla. Más que doce espadas.

"Mañana vamos a hablar" cortó Aldric. Simple. Firme. Sin crueldad. "Y me vas a decir qué está pasando, de hombre a hombre. Sin corona. Pero ahora... ahora dejala respirar, Kael. Necesita aire que no sea el tuyo para sanar. Necesita ser mi hija un rato antes de ser tu obsesión."

Tenía razón. Y me partía en pedazos que la tuviera. Porque la tenía él. No yo.

Salí. Puerta cerrada. Clic suave. Roble tallado, cálido al tacto. Como todo acá. Como su mano cuando me la dio para despedirme sin tocarla.

Pasillo largo. Piedra gris. Alfombras gruesas que amortiguan los pasos. Antorchas que no tiran humo. Calor. Hogar. Y yo yéndome.

La pieza del ala este. Abrí la puerta de roble.

Chimenea prendida. Fuego bajo, constante, que crujía bajito. Cama enorme, mantas de lana. Suave. Olía a pino y a madera limpia. A hombre solo. Nada de lavanda. Nada de ella. Pero cálida. Acogedora. Casa de Aldric igual.

Cerré la puerta atrás mío. Apoyé la frente en la madera. Del lado equivocado. Del lado que no es ella.

Amarok empujaba por dentro. Garras en el pecho. Arañando costillas. _Volvé. Fijate si respira. Quédate en el piso al lado de la cama. Vigilia. Siempre vigilia. Es tuya._

"No" le dije a Amarok. Voz baja. Cansado de pelearme conmigo toda la noche. Cansado de ser dos. "Mañana hablamos con Aldric. De por qué estamos así, aunque ya se lo imagina. De los doce. De la sangre."

Mañana. Rey de Reyes explicándole a un Alfa por qué mira a su hija como si fuera lo único en el desierto. Sin mentir. Sin esconder que mis manos temblaron. Sin esconder que quería más que lavarla. Quería quedarme.

Hoy tocaba bancarme. Tragar. Aguantar.

Me saqué el abrigo negro. Lo tiré en el sillón de cuero. Me senté al borde de la cama. Me hundí. Demasiado blanda. Me recordaba a la suya. A ella. Al calor que dejé.

Manos en la cara. Ojeras que pesan kilos. No dormí en 24 horas. No iba a dormir ahora.

Escuchaba. El fuego crepitaba. Afuera el viento pegaba en la piedra gris. Lejos, muy lejos, el silencio de ella dormida. Sin pesadillas, por favor. Diosa, sin pesadillas.

Me paré de golpe. Mano en el picaporte de bronce. Puerta sin llave. Tres pasillos de alfombra gruesa.

A un segundo de cagarla toda. De cruzar. De arrodillarme al lado de su cama otra vez. De romper la regla de Aldric y la mía.

Solté el picaporte. Puño. Me di vuelta. Espalda a la puerta. Espalda a la tentación.

"Quedate acá, Kael" me dije al cuarto vacío. Voz ronca. Cansada. "Rey de Reyes, sí. Pero acá sos solo el tipo que no la tocó mal anoche. No la toques mal ahora yendo. No la cagues. No la cagues otra vez."

Me senté otra vez. Mano abierta en la manta de lana. Cerré los dedos como si fuera su mano chiquita. Fría. Temblando. La que sostuve bajo el agua.

"Descansá" susurré al fuego. "Cálida como tu casa, cachorra. Yo vigilo desde acá. Te lo juro por mi corona. Por lo que soy. Por lo que no soy todavía."

Puerta cerrada. Tres pasillos. Muro de piedra gris entre nosotros.

Porque soy Rey de Reyes, sí. Pero frente a la puerta de la hija de Aldric, soy solo un hombre de veinticuatro años con miedo de quedarse... y más miedo de irse y que le pase algo y no estar.

Y mañana Aldric me iba a servir preguntas en el salón cálido. Me iba a mirar a los ojos por encima del té humeando y me iba a decir bajito, como padre, no como Alfa:

"Qué está pasando, Kael. Rey de Reyes. Acordate mientras hablamos de por qué la mirás así. De por qué tus manos tiemblan con ella."

Línea dibujada en el piso. Sentencia. Promesa que no debía cruzar aunque me quemara por dentro. Aunque me secara.

Diosa, dame fuerza para bancarme sin romperme. Sin tocarla. Siendo Rey con corona y hombre sin derecho. Dos meses. Aguanta dos meses.

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Caami Puig
Hola, me ayudaría muchísimo si le ponen me gusta y me comentan. cualquier critica o lo que quieran decirme no tengo problema. muchas gracias y espero que la sigan disfrutando ❤️🥰
Tamara Cruz
👏
Caami Puig
Hola buenas noches!
voy a estar subiendo capitulos día por medio. así tengo tiempo de planificar y crear. espero que le guste. estaba haciendo otra novela. pero no me convencio, asiq espero que está si puedan disfrutar. muchas gracias y cualquier cosa que quieran decirme bienvenido sea❤️❤️❤️❤️🥰🥰🥰🥰
ximijass: cuando esté completa, avisa!!!!🥰🥰🥰👏☺️
total 1 replies
Claudia Correa
es entretenida, y me gusta q la trama se desarrolle en Argentina
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