Despues de ser humillada Lucciana decide hacer un viejo ritual para cobrarse las penas.
Vende su alma a Lucifer a cambio de castigar a quien se atrevió a dañarla pero en el instante en que firma el pacto de sangre, algo que jamás contempló ocurre...
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Decisión.
Lord Pendelton intentó huir hacia la salida trasera, pero Lucciana lo interceptó en el pasillo de las planchas. Lo agarró por las solapas de su levita y lo estampó contra el tambor giratorio de la máquina que aún se movía por la inercia del vapor.
—¡Es inútil! —gritó Pendelton, con la cara manchada de tinta y los ojos desorbitados por el miedo—. ¡El dinero ya tiene valor legal! ¡El contrato está distribuido!
Lucciana se quitó la costra de su herida de la palma izquierda con los dientes, dejando que su sangre azul brillante goteara directamente sobre el tambor de cobre donde los billetes se imprimían.
—La tinta es un medio de absorción, Milord —dijo Lucciana, y sus ojos brillaron como dos carbones encendidos en el fondo del abismo—. Y mi sangre es el disolvente universal para las firmas de su clase. ¡Reviértelo!
Al entrar en contacto la sangre de Lucifer con las planchas de cobre, el circuito místico de la trampa se invirtió. El papel moneda que ya estaba impreso en los furgones de la superficie comenzó a arder con un fuego azul invisible en las cajas de caudales; la energía de la culpa no se dispersó entre el pueblo de Londres, sino que fue succionada de vuelta por la matriz, viajando a través de las tuberías de tinta directamente hacia el cuerpo de su emisor.
Arthur Pendelton soltó un alarido que fue devorado por el estrépito de las máquinas. Su piel comenzó a cubrirse de líneas negras intrincadas, letras y números de serie que se tatuaban en su carne a la velocidad del rayo, quemándole los vasos sanguíneos. Los treinta años de riqueza robada, el sufrimiento de las plantaciones de Bengala y el peso total del contrato cayeron sobre él en un solo segundo de gravedad absoluta.
El director de la Compañía de las Indias se desplomó sobre el suelo del sótano, cubierto de una costra de tinta seca y negra que le endureció el cuerpo como si fuera una estatua de carbón. Seguía respirando, pero sus ojos, fijos en el techo abovedado, se habían vuelto dos esferas opacas de color gris metálico. Su fortuna era ceniza y su mente era un libro de cuentas vacío. El Gran Saldo se había ejecutado.
Lucciana se apoyó contra la prensa rota, jadeando, sintiendo que la runa de su mano izquierda se apagaba por completo, dejando una cicatriz blanca, limpia y lisa. El dolor del antebrazo desapareció de golpe.
En su bolso, el frasco de plata de los Vance estalló en una luminiscencia dorada tan intensa que atravesó el cuero del maletín, inundando el sótano de la Compañía con una luz que olía a los jardines de Fiesole en verano. El limbo se había roto. La esencia mística de Matteo se liberó del metal, transformándose en una silueta dorada y etérea que flotó ante Lucciana por un breve y desgarrador segundo. El rostro del hombre que amaba le sonrió, un gesto de paz y agradecimiento absoluto, antes de ascender hacia el techo y disolverse en la luz del cielo, libre por fin de las deudas del abismo.
—Lo lograste, Lucciana —dijo la voz de Luca Ferro desde las sombras del pasillo.
El Diablo caminó entre los restos de la tinta y el metal roto, observando el cuerpo petrificado de Pendelton con una seriedad casi religiosa. Se quitó el sombrero de copa y lo colocó sobre su pecho en una reverencia que ya no tenía rastro de burla.
—Un deudor de Primera Categoría saldado. Las planchas destruidas. El alma de Matteo Vance ha sido retirada de mis libros de manera definitiva e irrevocable. Eres una mujer libre, Signorina Bianchi. El contrato ha terminado.
Lucciana miró su mano izquierda. La piel estaba intacta. El metrónomo helado de su pecho dio un vuelco sordo y, por primera vez en meses, sintió el calor de su propio pulso humano regresar a sus venas. El precio estaba pagado. Matteo descansaba en la luz y ella tenía su vida de vuelta.
Caminó hacia la escalera que conducía a la superficie, dejando atrás el infierno de Threadneedle Street. Al salir a la calle, la niebla de Londres pareció abrirse ante ella, revelando las primeras luces de un amanecer limpio sobre el Támesis.
Luca Ferro la siguió hasta la acera, deteniéndose junto a un carruaje que esperaba.
—¿Y ahora qué harás, Lucciana? —preguntó el Diablo, y por primera vez, sus ojos pálidos mostraron un matiz de curiosidad humana—. Regresarás a Florencia? ¿A limpiar los cuadros de otros en tu sótano oscuro?
Lucciana Bianchi se detuvo antes de subir al carruaje. Miró la ciudad que comenzaba a despertar, las chimeneas que humeaban y la humanidad que se movía ignorante de las sombras que la rodeaban. Se tocó la palma de la mano, donde la cicatriz blanca seguía allí, un recordatorio de lo que había sido capaz de hacer.
La restauradora inocente había muerto en el altar de Santa María del Fiore, pero la mujer que había doblegado a los deudores de Europa no iba a esconderse de nuevo entre el barniz y el polvo.
—Florencia ya no tiene nada que restaurar, Luca —respondió Lucciana, volviéndose hacia él con una sonrisa fría, serena y soberana—. El mundo está lleno de hombres que creen que sus contratos no tienen fecha de vencimiento... Y creo que le he tomado el gusto a cobrar las facturas.
El Diablo sonrió, una línea de dientes perfectos que reflejó la luz del nuevo día, y le abrió la portezuela del carruaje con la mayor de las reverencias.
—Entonces, que comience el segundo volumen, Condesa. Las oficinas del Infierno siempre tienen una vacante para alguien con su talento.
gracias autora por esta joya 👏👏👏