romance, contrato, amor, diversión
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CAPÍTULO 16: El rugido del león y el aroma de la melancolía
La lluvia golpeaba con furia las ventanas de la vecindad en Queens, como si el cielo mismo estuviera indignado por lo sucedido en el Plaza. Dentro de su pequeño apartamento, Elena no lloraba más; el dolor se había transformado en un entumecimiento pesado.
Se había quitado el vestido roto y se había puesto su pijama más vieja. Sin encender las luces de la sala, se refugió en la cocina. El sonido rítmico de un batidor contra un bol de acero era lo único que llenaba el espacio. Estaba preparando un pie de limón, batiendo el merengue con una intensidad mecánica. Cada vuelta del batidor era un intento de sacar de su cabeza la voz de Vanessa: "Tus padres sabían que no valías nada".
—No vales nada... —susurró Elena al ritmo del batido, con la mirada perdida en la mezcla blanca y brillante. En ese momento, el postre no era comida, era su terapia para no desmoronarse por completo.
El Hotel Continental - 1:00 AM
Mientras tanto, en la suite presidencial del hotel más exclusivo de la ciudad, el hombre del traje gris, cuyo nombre seguía siendo un misterio para Manhattan, permanecía de pie frente al ventanal, observando las luces de los rascacielos. Su rostro, que bajo la luz de la luna mostraba aún más parecido con el de Elena, estaba contraído en una mueca de odio puro.
Su teléfono vibró sobre la mesa de caoba. Lo tomó con un movimiento rápido y autoritario.
—Habla —ordenó con una voz que habría hecho temblar a cualquier ejecutivo de Wall Street.
—Señor, estamos procesando la información —dijo la voz al otro lado del mundo.
—No quiero que la procesen, ¡la quiero ahora! —rugió él, perdiendo por un segundo su compostura gélida—. Quiero todos los informes sobre Vanessa Thorne y su familia. Quiero saber hasta el último centavo que deben, cada secreto sucio de sus negocios y la verdadera razón por la que esa mujer volvió a Nueva York. Quiero el historial médico, bancario y legal de los Thorne en mi oficina de este hotel a primera hora de la mañana.
El hombre hizo una pausa, apretando el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.
—Nadie toca a una... —se calló antes de decir la palabra, pero sus ojos brillaron con una luz peligrosa—. Nadie humilla a alguien de mi sangre y vive para contarlo. Voy a destruir a Vanessa Thorne. No solo le quitaré su dinero; le quitaré su nombre, su estatus y su aire. Voy a borrar a los Thorne del mapa de esta ciudad.
Colgó el teléfono y se quedó mirando su propio reflejo en el cristal.
"Perdóname, pequeña", pensó con un dolor antiguo. "Llegué tarde para evitarte el orfanato, pero llegué a tiempo para quemar el mundo por ti".
La Vecindad - 1:15 AM
Abajo, en la calle, un motor rugió y se detuvo. El brillo de los faros de un coche de lujo iluminó los charcos de la acera. Alexander Zenith bajó de su vehículo, ignorando la lluvia que empapaba su impecable traje de mil dólares. Se veía acabado; el nudo de su corbata estaba flojo y sus ojos reflejaban una desesperación que nunca antes había sentido.
Subió las escaleras de la vecindad de dos en dos hasta llegar a la puerta de Elena. Tocó suavemente, luego con más fuerza.
—¡Elena! ¡Abre, por favor! —gritó Alexander, apoyando la frente contra la madera vieja—. ¡Elena, lo de Vanessa fue una infamia! ¡Yo no sabía que ella llegaría tan lejos! ¡Por favor, déjame entrar!
Dentro, Elena se detuvo. El batidor quedó suspendido en el aire. Escuchó la voz del hombre que la había metido en ese juego, el hombre que la había usado como escudo y que, al final, no pudo protegerla de la verdad más dolorosa de su vida.
—Váyase, Alexander —respondió ella desde la cocina, con una voz extrañamente tranquila y fría—. El contrato se terminó. Ya no hay "Davenport", ya no hay boda y ya no hay nada que limpiar. Usted tiene su empresa y yo tengo mi horno. Déjeme en paz.
—¡No me importa el contrato, Elena! —Alexander golpeó la puerta con el puño—. ¡No eres desechable para mí! ¡Maldita sea, abre la puerta!
Pero Elena no respondió. Volvió a batir el merengue con fuerza, ignorando los ruegos de Alexander que se quedaban grabados en la madera de la puerta. Alexander finalmente se rindió y bajó las escaleras. No se fue; entró en su coche y se quedó allí, estacionado bajo la lluvia, mirando hacia la ventana de Elena, dispuesto a esperar a que amaneciera solo para verla un segundo.
No sabía que, desde un coche oscuro a una cuadra de distancia, los hombres del hombre misterioso lo vigilaban, reportando cada uno de sus movimientos.