Lilian es la hija "perfecta" de un juez implacable, pero su vida de cristal se rompe cuando Killian, el heredero de un imperio criminal, la secuestra para vengarse de su padre. Sin embargo, el cautiverio no es lo que ella esperaba. Killian no busca su cuerpo, busca corromper su alma. Entre juegos mentales, traiciones familiares y una atracción prohibida, Lilian descubrirá que la línea entre el odio y la obsesión es de sangre. ¿Podrá escapar del monstruo, o descubrirá que ella es más peligrosa que él?
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Capitulo 10
El eco de la última detonación todavía golpeaba las paredes de la mansión, un recordatorio vibrante de que la muerte había pasado rozando sus pieles. Pero el silencio que sobrevino no era paz; era una presión sorda, una estática que hacía que el aire pesara toneladas. Lilian sentía el pulso tronando en sus sienes, un tamborileo errático que mezclaba el terror residual de haber visto a hombres caer bajo su propio fuego con una euforia salvaje, eléctrica y desconocida.
Killian no le dio tiempo a procesar el vacío. La tomó por el cuello de la blusa con una mano enguantada y ruda, sus dedos rozando la piel que aún quemaba por el sudor y el calor del cañón del arma. La empujó contra la madera sólida de la puerta de su habitación, cerrándola con un golpe seco.
—Has matado por mí, Lilian —gruñó él. Su rostro estaba a milímetros del suyo, impregnado del olor acre de la cordurita y el metal. Sus ojos, que siempre habían sido de un acero impenetrable, ahora eran dos brasas que amenazaban con consumirla—. Mírame. No te atrevas a cerrar los ojos ahora. No te escondas de lo que eres.
—No los cierro —respondió ella en un jadeo que fue más un desafío que una respuesta. La rabia acumulada durante décadas contra el Juez, la humillación de haber sido una moneda de cambio y el dolor de ser "desechable" se habían transformado en una necesidad física, un hambre asfixiante que solo podía saciarse con violencia—. Siento que voy a prender fuego, Killian. Siento que si no me tocas, voy a estallar.
—Entonces quédate conmigo en las llamas. Si te vas a quemar, que sea en mi infierno.
Killian la reclamó con un beso que fue una colisión brutal. No hubo rastro de ternura, ni preliminares galantes; fue un choque de dientes, lenguas y furia contenida. Sabía a hierro, a cafeína y a esa desesperación que solo conocen los que han mirado a la muerte a los ojos y han ganado. Lilian no retrocedió. Se aferró a sus hombros anchos, hundiendo las uñas en la tela técnica de su camisa, buscando el contacto de ese cuerpo que se sentía como una roca tallada por la guerra. La adrenalina la había despojado de cualquier inhibición, de cualquier rastro de la "niña bien" que solía ser.
Él la levantó del suelo con una brusquedad animal. Las piernas de Lilian se envolvieron en su cintura por puro instinto, buscando anclarse al único punto sólido en un mundo que acababa de desmoronarse. Killian la llevó hacia la cama sin romper el beso, arrancando las prendas que se interponían entre ellos con una urgencia que rayaba en lo maníaco.
Cuando sus pieles finalmente chocaron, el contraste fue letal. El calor febril de Isabel, húmedo y tembloroso, se encontró con la piel fría, marcada por cicatrices y tatuajes antiguos de él. Era como si el hielo y el fuego intentaran ocupar el mismo espacio al mismo tiempo. Killian la inmovilizó contra el colchón, atrapando sus muñecas por encima de su cabeza con una sola mano. Era una exhibición de poder absoluto, una muestra de fuerza que hizo que Lilian arqueara la espalda, gimiendo ante la sensación de sometimiento que tanto había temido y que ahora la encendía con una intensidad que la avergonzaría si le quedara una pizca de moral.
—Maldita sea, princesa —murmuró él contra su cuello, mordiendo la piel sensible justo sobre la clavícula, dejando una marca que sería su nuevo sello de propiedad—. Te has convertido en el demonio más hermoso que he visto. Tu padre quería enterrarte bajo tierra, pero yo voy a enterrarte en este placer hasta que olvides cómo te llamas. Voy a hacer que me supliques que nunca te deje ir.
—No hables de él... —rogó ella, tirando de sus manos atadas, sintiendo el roce del metal de su reloj contra su piel—. Haz que se borre su cara. Haz que desaparezca todo lo que no sea este momento. Destrúyeme tú antes de que lo haga él.
Killian no tuvo piedad. La poseyó con una ferocidad que le robó el aliento, marcando su territorio con cada movimiento. Cada embestida no era solo un acto de deseo, era un recordatorio rítmico de que ella ya no pertenecía al mundo de la luz. Lilian respondía con la misma violencia, reclamando su lugar en ese caos. Sus gemidos eran roncos, cargados de una rabia que por fin encontraba un escape físico. Sus uñas marcaron la espalda de Killian, dibujando surcos de sangre y sudor sobre sus viejas heridas. No era solo sexo; era el lenguaje de dos depredadores que solo sabían comunicarse a través del conflicto.
En el clímax, Lilian sintió que su alma terminaba de fracturarse. No hubo la paz que prometen los libros, hubo una explosión de sensaciones cromáticas que la dejaron vacía, drenada, temblando bajo el peso abrumador de Killian. Él se hundió en el hueco de su cuello, respirando con dificultad, su cuerpo aún tenso como una cuerda de violín a punto de romperse por la sobretensión.
El silencio que siguió era denso, casi sólido, cargado del olor a sexo, pólvora y el incienso que siempre ardía en la habitación. Las sombras de la noche se alargaban sobre ellos, pero ya no daban miedo. Eran un refugio.
—Ahora eres mía de una forma que ningún juez podrá borrar con un mazo —susurró Killian, su voz vibrando profundamente en el pecho de Lilian mientras la rodeaba con sus brazos, negándose a darle espacio para arrepentirse—. Ni las leyes, ni los mercenarios, ni el Dios al que solías rezar. Te he bautizado en sangre y en mi propia carne.
Lilian cerró los ojos, sintiendo el sudor enfriándose en su piel y el peso reconfortante de él. Las manos de Killian, las mismas que habían ejecutado a los hombres de su padre minutos antes sin pestañear, ahora la sujetaban con una posesividad que la hacía sentir, por primera vez en veinticuatro años, que tenía un lugar en el mapa. Era un lugar oscuro, pecaminoso y rodeado de enemigos, pero era real. No era una fachada de perfección.
—Ya no hay vuelta atrás, ¿verdad? —preguntó ella, su voz siendo apenas un hilo de aire, desprovista de la inocencia que la había caracterizado.
Killian levantó la vista y la miró con una sonrisa gélida, una mueca triunfante de quien sabe que ha ganado la batalla más importante: la de su voluntad.
—El puente hacia tu antigua vida ya se quemó, Isabel. Las cenizas están ahí afuera, mezcladas con la sangre de esos bastardos. Lo que acabamos de hacer... este caos, esta entrega... es el primer paso de tu reinado. No busques el cielo, princesa. Aquí abajo, conmigo, es donde realmente vas a gobernar.
Ella se apretó contra él, buscando el latido de su corazón, ese motor implacable que ahora parecía dictar su propia vida. Sabía que afuera el mundo la daría por muerta, que su nombre sería arrastrado por el fango y que su padre la buscaría hasta el fin de sus días para silenciar la verdad que ella guardaba. Pero dentro de esa habitación, junto al monstruo que la había roto para reconstruirla a su imagen y semejanza, Lilian aceptó su destino.
Prefería ser la reina de un demonio, coronada con espinas y pólvora, que volver a ser la marioneta de un santo de porcelana. La guerra apenas comenzaba, pero esa noche, entre las sábanas revueltas y el eco de los disparos, Lilian descubrió que la libertad no era la ausencia de cadenas, sino elegir a quién le entregaba las llaves de su jaula.