Morí siendo una escritora de novelas mediocres…
solo para despertar dentro de la peor de mis historias.
Ahora soy Ciel Rousla, la “princesa tonta”: hermosa, ingenua… y destinada a ser traicionada y devorada por bestias.
En la historia original, confiaba ciegamente en su “amable” hermana, la hija ilegítima que todos adoraban, mientras tres poderosos prometidos la controlaban bajo la excusa de protegerla… hasta abandonarla en su peor momento.
Pero esta vez es diferente.
Yo conozco el final.
Sé quién me manipula.
Sé quién me traicionará.
Y sé que cada sonrisa a mi alrededor… es una mentira.
Ya no seré la princesa ingenua.
Aunque tenga que enfrentar a la “santa”, romper mis propios lazos y cambiar todo lo que escribí…
Voy a sobrevivir en este mundo bestia
NovelToon tiene autorización de karolina oquendo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2: La sonrisa perfecta
El silencio no duró mucho.
No en este lugar.
No en esta vida.
…
—Alteza… su hermana ha venido a visitarla.
La voz de la sirvienta fue suave, pero suficiente para tensar mi cuerpo.
…
Hermana.
…
No.
No era solo eso.
…
Era la protagonista.
La “santa”.
La persona que más había influido en la caída de la princesa.
…
La única en la que ella confiaba sin dudar.
…
Mi pecho se apretó levemente.
No por afecto.
Sino por lo que sabía.
…
—Déjala pasar.
Mi voz salió estable.
Más de lo que esperaba.
…
Hubo un pequeño silencio al otro lado de la puerta.
Como si la orden hubiera sido… inesperada.
…
—Sí, alteza.
…
Pasos.
Tela rozando el suelo.
La puerta abriéndose con cuidado.
…
Y entonces—
Entró.
…
La habitación pareció cambiar con su presencia.
No por magia.
Sino por… costumbre.
…
Era hermosa.
Pero no de la forma impactante.
No como la princesa.
…
Su belleza era suave.
Cálida.
Agradable.
…
Fácil de aceptar.
Fácil de querer.
…
—Hermana…
Su voz fue dulce.
Cercana.
Casi… afectuosa.
…
Ese tono.
Ese maldito tono.
…
Antes…
La princesa habría respondido de inmediato.
Habría sonreído.
Se habría acercado sin pensar.
…
Buscando aprobación.
Buscando cariño.
…
Yo no me moví.
…
Solo la miré.
…
Ese pequeño detalle…
Fue suficiente.
…
Lo noté.
…
El cambio.
…
Fue mínimo.
Casi imperceptible.
…
Pero estuvo ahí.
Un segundo de pausa.
Una leve rigidez en su expresión.
…
Como si algo no encajara.
…
Interesante.
…
—¿Te sientes mejor? —preguntó, acercándose.
Sus pasos eran ligeros.
Elegantes.
Seguros.
…
Como si ese espacio…
Le perteneciera.
…
—Estoy bien.
…
Mi respuesta fue simple.
Neutral.
…
No cálida.
No distante.
…
Pero tampoco la que esperaba.
…
Se detuvo frente a mí.
Sus ojos me recorrieron con atención.
…
No solo como una hermana preocupada.
…
Sino como alguien evaluando.
Midiendo.
Comparando.
…
—Me alegra —sonrió—. Estaba preocupada por ti.
…
Esa sonrisa.
…
Perfecta.
Demasiado perfecta.
…
En mi vida pasada…
Había visto expresiones así.
…
Personas que nunca se equivocaban.
Que siempre sabían qué decir.
Que parecían buenas con todos.
…
Pero no lo eran.
…
Una máscara.
…
—Hoy todos están hablando de ti —dijo con suavidad, tomando asiento sin pedir permiso—. Parece que causaste una gran impresión.
…
Ahí estaba.
…
El inicio.
…
—¿Ah, sí?
…
—Sí —rió levemente—. Algunos dicen que fuiste un poco dura.
…
“Dura”.
…
Qué palabra tan conveniente.
…
Ni error.
Ni abuso.
Ni humillación.
…
Solo… “dura”.
…
—Pero no te preocupes —continuó—. Puedo ayudarte a manejarlo.
…
Ayudar.
…
Siempre esa palabra.
…
—Si quieres, puedo revisar lo que planeas hacer mañana.
…
Silencio.
…
Ahí estaba.
Otra vez.
…
La costumbre.
…
Revisar.
Corregir.
Ajustar.
…
Decidir por ella.
…
Por mí.
…
Recordé.
…
—Esto está bien.
—Esto deberías cambiarlo.
—Eso no es adecuado.
…
Y la princesa…
Aceptaba.
…
Siempre.
…
Porque confiaba.
…
Porque no tenía a nadie más.
…
—¿Y tú qué opinas?
…
La miré directamente.
Sin bajar la mirada.
Sin suavizar mi expresión.
…
Silencio.
…
Lo noté otra vez.
…
Esa pequeña pausa.
Ese instante en el que pensaba qué decir.
…
—Creo que hiciste lo correcto.
…
Mentira.
…
Lo sabía.
…
Ese momento…
Ese “incidente”…
…
Fue uno de los puntos que marcó el inicio de su caída.
…
Y ella…
Lo aprobó.
…
Como siempre.
…
—Entiendo.
…
No sonreí.
No suspiré aliviada.
No mostré gratitud.
…
Nada.
…
Y eso…
La incomodó.
…
No mucho.
…
Pero lo suficiente.
…
—Hermana… —su voz bajó apenas—. ¿confías en mí?
…
Ah.
…
La pregunta clave.
…
La que lo controlaba todo.
…
Antes…
La respuesta habría sido inmediata.
…
“Sí.”
…
Sin pensar.
Sin dudar.
…
Porque para la princesa…
Ella era todo.
…
Pero ahora…
…
Mi mirada se deslizó ligeramente hacia el espejo cercano.
…
Y la vi.
…
Cabello blanco puro.
Piel impecable.
Rostro perfecto.
…
Y esos ojos.
…
Azules.
Claros.
Brillantes.
…
Hermosos.
…
Pero ya no iguales.
…
Aún había ingenuidad.
Aún había suavidad.
…
Pero ahora…
Había filo.
…
—Debería hacerlo, ¿no?
…
Silencio.
…
Esa vez…
No pudo ocultarlo del todo.
…
Su mirada se tensó apenas.
Su sonrisa… se sostuvo con más esfuerzo.
…
—Claro que sí —respondió—. Siempre he estado de tu lado.
…
Siempre.
…
Qué palabra tan peligrosa.
…
Asentí levemente.
…
—Lo tendré en cuenta.
…
No fue un “sí”.
…
Y ella lo entendió.
…
Se levantó con elegancia.
Como si nada hubiera cambiado.
…
Como si todo siguiera bajo control.
…
—Descansa —dijo con suavidad—. Vendré a verte más tarde.
…
Caminó hacia la puerta.
…
Sus pasos eran tranquilos.
Medidos.
…
Pero justo antes de salir—
…
Se detuvo.
…
Giró lo suficiente para que pudiera verla.
…
Su sonrisa seguía ahí.
…
Perfecta.
…
Pero sus ojos…
…
No eran cálidos.
…
—Me alegra que estés mejorando, hermana.
…
La puerta se cerró.
…
Silencio.
…
Exhalé lentamente.
…
—…Es peor de lo que pensé.
…
No era solo manipulación.
…
Era control.
…
Constante.
Silencioso.
Preciso.
…
—Y cree que nada ha cambiado.
…
Eso…
Era su mayor error.
…
Mis dedos se cerraron ligeramente.
…
—Esta vez…
…
Levanté la mirada.
…
—No voy a dejar que decidas por mí.