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La Piel Del Subconsciente

La Piel Del Subconsciente

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Traiciones y engaños
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Fenty fuentes

Valeria sobrevive a un matrimonio gélido refugiándose en un cuarto secreto, donde plasma en lienzos los sueños húmedos que tiene con un hombre desconocido que la adora. Tras descubrir la cínica traición de su esposo, el dolor se transforma en una sed de venganza diseñada con la precisión de una obra de arte. En esta batalla por su amor propio, la línea entre la fantasía y la realidad se rompe cuando el hombre de sus pinturas aparece frente a ella, desatando un deseo prohibido que podría ser su salvación o su ruina.

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el refugio del amor

Capítulo 21:

​El sol de la tarde comenzó a ceder, pintando las paredes del museo con tonos cobrizos y sombras alargadas. Valeria dio una última ronda por la galería principal, pero sus ojos ya no se fijaban en las texturas de los lienzos ni en la iluminación de las esculturas. Su mente estaba a kilómetros de allí, en una pequeña cabaña donde el tiempo parecía detenerse. Al despedirse de sus compañeros de trabajo, lo hizo con una ligereza en la voz que no pasó desapercibida; había en ella una urgencia dulce, una electricidad que le recorría la punta de los dedos.

​Antes de salir, entró en su despacho y se detuvo frente al espejo de cuerpo entero. Se observó con un escrutinio que nada tenía que ver con la vanidad profesional. Se ajustó el vestido, alisando con las palmas de las manos la tela que se ceñía a su figura, y se retocó el cabello, asegurándose de que cada mechón cayera con esa naturalidad estudiada que tanto le gustaba a él. Se humedeció los labios, suspiró profundamente para calmar el aleteo en su estómago y, finalmente, se regaló una sonrisa a sí misma. Hoy no era la directora del museo; hoy era simplemente Valeria, la mujer que esperaba al hombre que le había devuelto la esperanza.

​Subió a su carro y el trayecto hacia el supermercado fue un borrón de anticipación. Caminando por los pasillos, seleccionó cada ingrediente con una devoción casi sagrada. Eligió los camarones más frescos, de un color rosado vibrante, y buscó la pasta artesanal que sabía que tenía la textura perfecta para absorber la salsa. Compró crema, hierbas frescas y un toque de picante. Quería que la cena no fuera solo comida, sino un lenguaje, una forma de decirle a Adrián todo lo que las palabras a veces callaban.

​Al llegar a la cabaña, el silencio del bosque la envolvió. Era su santuario. Sin perder un segundo, se puso un delantal y comenzó la preparación. El sonido del cuchillo rítmico contra la tabla de madera y el siseo de los camarones al entrar en contacto con el sartén caliente llenaron la cocina. El aroma a mantequilla, ajo y mar era embriagador. Mientras la pasta se cocía, Valeria bajó al sótano. El aire allí era más fresco y olía a madera antigua y tierra. Buscó entre las botellas hasta que su mano dio con la indicada: un vino que había guardado celosamente para una ocasión que transformara su existencia. Lo subió con cuidado, como si transportara un tesoro, y procedió a montar la mesa. Colocó copas de cristal fino, velas que empezaban a derramar su luz dorada y se aseguró de que cada detalle fuera un refugio para ambos.

​El escape de Adrián

​A la misma hora, en el último piso del edificio corporativo, Adrián firmaba el último documento del día con una energía renovada. La frialdad de las oficinas y el estrés de las decisiones millonarias parecían quedar en otro plano. Al cruzar el umbral hacia el ascensor, su rostro cambió por completo. La rigidez de los hombros desapareció, reemplazada por la sonrisa de quien sabe que está a punto de volver a casa, aunque su casa no fuera un edificio, sino una persona.

​Bajó al estacionamiento con pasos largos y decididos. Al subir a su auto, no encendió la radio; prefería el silencio para saborear la idea de Valeria esperándolo. Manejó por la carretera disfrutando del cambio de paisaje, dejando atrás el concreto para internarse en el verde profundo de los árboles. Cada minuto que pasaba era una cuenta regresiva que lo llenaba de una ansiedad deliciosa. Cuando finalmente vio las luces cálidas de la cabaña filtrándose entre las ramas, sintió que el corazón le daba un vuelco.

​Estacionó y caminó hacia la puerta. Antes de tocar, se tomó un segundo para ajustar su camisa y respirar el aire puro. Al llamar a la puerta, el sonido resonó en la madera con la promesa de un reencuentro esperado.

​El choque de dos mundos

​Valeria abrió la puerta y, antes de que pudiera pronunciar una sílaba de bienvenida, Adrián se abalanzó sobre ella. No hubo espacio para las dudas. Sus labios se encontraron con una urgencia que rozaba la desesperación, un beso largo, profundo y hambriento que les robó el aliento y los dejó suspendidos en el tiempo. Era un beso que sabía a perdón, a deseo y a una promesa cumplida. Cuando finalmente se separaron apenas unos milímetros, él mantuvo sus manos en el rostro de ella, como si temiera que se desvaneciera.

​—Te extrañé tanto... —susurró Adrián con la voz ronca—. No contaba los minutos para verte, Valeria. Contaba los segundos para volver a sentir que estoy vivo.

​Valeria, con los ojos empañados por la emoción y las mejillas encendidas, lo miró en silencio. No hacían falta discursos. Lo tomó de la mano y lo guió hacia la mesa, donde el vapor de la cena recién servida y la luz de las velas creaban una atmósfera de ensueño. Se sentaron frente a frente y, por un momento, solo se miraron, reconociéndose de nuevo.

​Adrián probó los espaguetis de camarón y un gesto de puro placer cruzó su rostro. Saboreó cada matiz, la suavidad de la crema y la firmeza del marisco.

—Valeria, esto es… increíble —dijo, dejando el tenedor un momento—. Es, sin duda, la mejor comida que he probado en mi vida. Y mira que es difícil ganarle a la sazón de mi nana, pero tú lo has logrado.

​Ella soltó una risa cristalina, sintiendo que el cansancio de los últimos días se evaporaba.

—Me alegra mucho que te guste. Quería que esta noche fuera especial. He servido este vino porque creo que hoy celebramos algo más que una cena. En pocos días estaré libre de muchas cosas, y quería que este fuera el inicio de nuestra libertad.

​La danza de la entrega

​Cenaron entre confidencias, compartiendo detalles de sus días, pero siempre con las manos buscándose por encima de la mesa. Al terminar, en un gesto de intimidad compartida, ambos se levantaron para recoger. No permitieron que el servicio o la formalidad los separara; juntos llevaron los platos a la cocina y comenzaron a lavar la loza. Había algo profundamente romántico en ese acto cotidiano: el roce de sus manos bajo el agua jabonosa, las bromas susurradas al oído.

​Cuando Valeria terminaba de secar las últimas piezas, Adrián se acercó por detrás. La rodeó por la cintura, pegando su pecho firme a la espalda de ella, y hundió su rostro en la curva de su cuello. Comenzó a besarla lentamente, recorriendo con sus labios cada centímetro de piel, despertando un incendio que Valeria ya no quería apagar. Con una destreza cargada de ternura, él buscó el cierre de su vestido y lo bajó centímetro a centímetro.

​La prenda cayó al suelo como un susurro de seda, dejándola solo en ropa interior. Valeria, presa de una timidez repentina que la hacía ver aún más hermosa, intentó cubrirse con los brazos, pero Adrián la tomó de las muñecas con suavidad, obligándola a mirarse a través de sus ojos cargados de adoración.

—No te tapes, por favor —le pidió en un susurro—. Eres perfecta. Eres lo más bello que mis ojos han visto jamás.

​Valeria sintió que sus mejillas se teñían de un carmín intenso. Adrián la tomó en sus brazos con una facilidad asombrosa y ella, en un acto de entrega total, rodeó su cintura con las piernas, aferrándose a él mientras él iniciaba el camino hacia la habitación de la planta alta. Cada escalón era un grado más en la temperatura de sus cuerpos.

​Al llegar al cuarto, la depositó sobre la cama con una delicadeza infinita, como si fuera de cristal. Bajo la luz tenue que entraba por la ventana, él se despojó de su ropa hasta que ambos quedaron desnudos, sin barreras, sin secretos. Se miraron por un instante eterno antes de que sus cuerpos se fundieran en uno solo. El acto de amor fue una conversación sin palabras, un sello de fuego sobre sus almas. Aquella noche, entre las paredes de madera de la cabaña, Valeria y Adrián no solo unieron sus cuerpos, sino que tejieron el inicio de una historia que el destino ya no podría desatar. El amor, en su forma más pura y humana, se hizo presente para sellar su pacto para siempre.

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la niña de corazón
si
la niña de corazón
comienzo
para mí será negativo 🤭
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