Ella ha dedicado su vida a entrenar y aunque ahora reencarna en otra época no dejará sus sueños.
* Esta Novela es parte de un mundo mágico*
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Damian 3
Los meses avanzaron con la misma fuerza implacable del entrenamiento.
El otoño dio paso al invierno, y luego al inicio de la primavera. El campo de combate cambió de color, pero la rutina permaneció.
Y también permaneció Damian Devlin.
No importaba cuánto lo ignorara.
No importaba cuán fría fuera su actitud.
Él siempre encontraba la manera de acercarse.
En el campo, sus combates se volvieron habituales.
Al principio eran tensos, casi competitivos hasta el orgullo.
Luego se transformaron en algo más técnico. Más refinado.
Ambos mejoraban.
Constance se volvía más rápida, más calculadora.
Damian más preciso, más adaptable.
Él intentaba hablar en medio de los intercambios.
—¿Siempre frunces el ceño bajo esa máscara?
—¿Sonríes alguna vez?
—Prometo no decirle a nadie que eres una dama temible.
Ella respondía con golpes.
Casi siempre acertados.
Pero lo que más la irritaba no era su insistencia.
Era su actitud.
Damian entrenaba porque le gustaba.
Se notaba.
Reía cuando caía.
Sonreía cuando recibía un golpe limpio.
Parecía disfrutar cada desafío como si fuera un juego emocionante.
Para Constance, el combate era disciplina.
Era superación.
Era necesidad.
Para él… era diversión.
Una mañana, después de que ella lo derribara por tercera vez consecutiva, él quedó tendido mirando el cielo despejado.
—Esto es lo mejor de mi semana —dijo entre risas.
Ella lo miró desde arriba.
—Levántate.
—Siempre tan seria —respondió, poniéndose de pie.
Y era verdad.
Ella nunca lo tomaba como un juego.
Hubo una vez en que él ganó.
Fue un combate largo, agotador.
Constance había estado entrenando de más esa semana. Sus reflejos estaban levemente retrasados. Damian lo notó.
Aprovechó una apertura mínima.
Una sola.
La proyectó con limpieza y la inmovilizó.
No fue una derrota humillante.
Fue justa.
Davies dio por terminado el combate.
Damian soltó la llave de inmediato y extendió la mano para ayudarla a levantarse.
Ella la ignoró y se incorporó sola.
—Mejoraste —admitió él con una sonrisa amplia.
Ella no respondió.
Esa misma tarde, cuando regresó a la residencia femenina, encontró algo inesperado.
Un ramo de flores frescas sobre su escritorio.
Elegantes. Delicadas.
Con una pequeña tarjeta.
“Para la combatiente más interesante de esta academia. —D.”
El corazón le dio un pequeño salto de irritación.
Las otras jóvenes se acercaron enseguida.
—¿Flores?
—¿Quién te las envió?
—¡Son carísimas!
Cuando alguien mencionó haber visto a Damian Devlin cerca de la residencia ese día, los susurros se multiplicaron.
—¿Te está cortejando?
—¿El hermano del conde Devlin?
Constance mantuvo el rostro sereno.
—Debe ser un error.
Pero el rumor ya estaba sembrado.
Esa noche, mientras sostenía las flores, sintió algo incómodo.
No vergüenza.
No emoción.
Molestia.
Porque aquello era ligero.
Superficial.
Como si todo fuera una broma agradable.
Al día siguiente, en el campo, lo confrontó sin palabras.
Atacó con más intensidad que de costumbre.
Damian bloqueó, esquivó, rió.
—¿Te gustaron? —preguntó mientras retrocedía.
Un golpe directo al abdomen lo hizo callar.
—No necesito flores —dijo ella fría.
Él se limpió el sudor con el antebrazo.
—Lo sé. Pero me parecieron apropiadas.
—No juegues conmigo.
Por primera vez, su tono fue más serio.
Damian ladeó la cabeza.
—No estoy jugando.
Ella lo miró incrédula.
—Todo en tu vida parece un juego.
Él no respondió de inmediato.
El combate se reanudó.
Intercambio rápido. Finta. Proyección fallida.
Cuando volvieron a separarse, él habló con menos ligereza.
—Entreno porque me gusta. No porque tenga que demostrar nada.
—Eso es un lujo —replicó ella.
—Tal vez.
Hubo un silencio breve entre golpes.
Luego él añadió, con naturalidad desconcertante..
—Siempre tengo tiempo libre. La mayor parte de los negocios los maneja mi hermano mayor. Yo solo superviso cuando es necesario.
Constance frunció el ceño bajo la máscara.
Ahí estaba.
La raíz de su molestia.
Ella entrenaba porque necesitaba volverse fuerte.
Porque si fallaba, perdería todo.
Porque su posición en el mundo era frágil.
Él entrenaba porque podía.
Porque tenía respaldo.
Porque su apellido ya lo protegía.
No luchaba contra el mundo.
Luchaba por placer.
Y esa diferencia le resultaba insoportable.
—No todos pueden darse ese lujo —dijo ella finalmente.
Damian la observó con más atención de lo habitual.
—No.. Pero eso no significa que no me lo tome en serio.
Ella atacó sin responder.
Pero en el fondo, algo la inquietaba.
Porque aunque él sonriera.
Aunque pareciera despreocupado.
Cuando combatían… él jamás la subestimaba.
Y eso, a pesar de todo, era lo único que Constance no podía odiar.