NovelToon NovelToon
Los Que No Huelen

Los Que No Huelen

Status: Terminada
Genre:Omegaverse / Mundo de fantasía / Héroes / Completas
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

historia de Alfas, omegas y betas

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23 — Cordón

La casa de Cordón olía a humedad vieja, a comida recalentada y a libros. La beta que nos abrió se llamaba Silvia. Cincuenta y dos, pelo corto teñido de rojo desparejo, brazalete gris en el cajón de la cocina junto a las pilas y las llaves. No lo usaba “desde que dejaron de dar turnos en el Centro y empezaron a dar excusas”.

—Acá duermen —dijo, señalando la pieza del fondo—. Acá no preguntan. Si preguntan, dicen que son primos de Rosario.

—Gracias —dije.

—No me agradezcas —contestó—. Lía me sacó a mi hermana en 2038. Le debo.

Dejó tres tazas de mate cocido en la mesa y se fue a trabajar.

Nos quedamos los tres sentados en la cocina sin hablar. Elián tenía los ojos hinchados de no dormir. Valenti miraba por la ventana cada vez que pasaba un auto. Yo tenía el teléfono de Ramiro en la mano: sin señal. Lo habían bajado.

A las diez Silvia volvió con pan, dulce y un diario. No el portal: papel. El País. Página 14, recuadro chico: “Gobierno niega autenticidad de lista difundida en redes. Investigan origen.” Abajo, una línea: Tres personas con pedido de captura se habrían fugado a Uruguay.

No pusieron los nombres. No hacía falta. Elián leyó por encima de mi hombro y dejó el diario en la mesa.

—Ya está —dijo.

Valenti se acercó y le puso la mano en la nuca, un segundo.

—Ya está —repitió.

Esa tarde no salimos. Beta no sale cuando no hay a dónde. Elián durmió cuatro horas en la cama chica. Valenti se quedó en la silla de la cocina, con la vista en la puerta. Yo terminé el mate cocido y abrí el libro de Lía otra vez. Subrayé una frase nueva: “El que no huele aprende a oler con las manos.”

Cuando se hizo de noche, Silvia volvió con guiso. Comimos los cuatro en la mesa chica. No habló de la lista. Habló del precio de la yerba y de que el hijo estaba en Buenos Aires y no le contestaba los mensajes desde hacía tres días.

Después de cenar, Elián lavó los platos. Yo sequé. Valenti se quedó sentado, pero cuando terminé me hizo un gesto con la cabeza hacia la pieza.

—Dormí —dijo.

—Vos también —contesté.

Se paró.

En la pieza había dos camas: una de una plaza, otra de dos. Elián ya estaba acostado en la chica, de costado, mirando la pared. No dormido.

Valenti y yo en la otra. No hablamos. Se sacó la remera y se sentó en el borde. Yo hice lo mismo. No por calor —porque no sabíamos qué otra cosa hacer con el cuerpo cuando no está corriendo.

Me acosté primero. Él después, de costado, dándome la espalda al principio. La cama era chica. A los cinco minutos se giró.

—¿Dormís? —susurró.

—No.

Se acercó hasta que me rozó la frente con la suya. No me besó enseguida. Me pasó el pulgar por el pómulo, despacio.

—Tinta —dijo, bajito.

—Hierro —contesté.

Me besó. Sin apuro, sin ruido, con la boca cerrada al principio y después no. Sabía a guiso y a nada más. Le puse la mano en la cintura, por arriba de la remera. Él me la puso en la nuca. Nos quedamos así largo, besándonos y separándonos solo para respirar. Beta no hace ruido. Alfa tampoco cuando no está dando orden.

En un momento me apretó un poco más contra él y se quedó quieto.

—No quiero que mañana nos separen —dijo contra mi boca.

—No nos separan —dije.

—Damián —dijo, y era la segunda vez que usaba mi nombre así, sin apellido, sin protocolo.

—Estoy —dije.

Nos quedamos abrazados. No pasó más. No hacía falta. Era eso: saber que si golpeaban la puerta, íbamos a estar los dos despiertos.

Elián se movió en la otra cama y dijo sin darse vuelta:

—Duerman. Si vienen, me despiertan.

Valenti se rió bajito contra mi pelo. Primera vez que lo escuchaba reír desde el Centro.

—Dormí vos —le contesté a Elián.

—Ya estoy —dijo.

Nos dormimos los tres con la luz de la calle entrando por la persiana. Sin brazaletes. Sin folleto. Con la nota borrada pero copiada mil veces y con los nombres corriendo solos.

A las tres de la mañana golpearon la puerta.

No fue Prefectura. Fue Ramiro.

—Se filtró el acta —dijo cuando Silvia abrió, con la notebook abajo del brazo—. Amaral la subió entera. Con firmas. Con sellos. Con los tres nombres de los que aprobaron el Protocolo 6. Está en todos lados. No la pueden bajar.

En la pantalla: acta escaneada. Abajo, firmas. Rinaldi. Lazzari (María). Y un tercero que no conocía: Méndez, P. – Director Nacional de Censos 2031-2044.

—Ahora sí —dijo Ramiro—. Ahora no es lista. Es prueba.

Valenti me miró. Yo lo miré. Elián se sentó en la cama de golpe.

—¿Y ahora? —preguntó.

—Ahora —dijo Ramiro— el beta que archiva tiene que hablar. En cámara. Con nombre. Con cara.

Me quedé callado un segundo. Beta no habla en cámara. Beta sella.

Después miré a Valenti. Después a Elián.

—Hablo —dije.

Valenti me apretó la mano.

—Hablamos —corrigió.

Elián se paró.

—Los tres —dijo.

Ramiro asintió.

—Mañana. Acá. Grabo yo. Subo yo. Después lo que pase, pasa.

No dormimos más. Nos quedamos en la cocina, los tres en la misma silla larga, mirando la pantalla donde el acta seguía abierta. Mi nombre no estaba ahí. Estaban los de arriba.

Beta no sale en el folleto. Pero beta guarda el papel que después rompe el folleto.

1
luma
🥰🥰😈
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play