"En el pintoresco corregimiento de Jurubirá, en la exuberante región del Chocó colombiano, Aurora vive una vida sencilla y tranquila, ajena a los secretos que guarda su pasado. Rodeada de ríos cristalinos, selva vibrante y la calidez de su familia, cada día parece igual… hasta que la llegada de Pablo, un joven de la ciudad de Madrid, irrumpe en su mundo. Entre encuentros inesperados, emociones que desafían su corazón y secretos familiares que podrían cambiarlo todo, Aurora deberá enfrentar la diferencia de clases, los sentimientos prohibidos y la incertidumbre de un destino que jamás imaginó."
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Voces de Cristal
El único rincón con señal estable era una pequeña colina detrás de la iglesia de madera. Pablo subió hasta allí, todavía con las botas manchadas del lodo del manglar, y marcó el número de Beatriz Valenzuela. El tono de llamada sonó tres veces antes de que la voz aguda y perfectamente modulada de su prometida inundara su oído.
—¡Pablo! ¿Es que pretendes que me case con un fantasma? —exclamó Beatriz sin siquiera saludar—. Llevo dos días tratando de que me confirmes si prefieres el salmón o la ternera para la cena de gala. Mi madre dice que tu falta de interés es una señal, y yo empiezo a creerle.
Pablo cerró los ojos, frotándose el puente de la nariz. El sonido de las olas rompiendo abajo le resultaba mucho más real que el dilema del menú.
—Beatriz, estoy en medio de una negociación compleja. Aquí la gente no se mueve por contratos, se mueve por confianza. No tengo tiempo para pensar en cenas.
—¡Es nuestra boda, Pablo! El evento del año en Madrid —replicó ella, indignada—. Alessandro dice que ya deberías tener los permisos firmados. ¿Tan difícil es convencer a unos pescadores? Ofréceles un poco más de dinero y termina con eso. Quiero que estés aquí para la prueba del chaqué el próximo lunes.
—No es tan simple... —susurró Pablo, mirando hacia abajo, donde veía a Aurora caminando por la orilla con una red al hombro—. Aquí el dinero no lo es todo. Hay algo en este lugar que no se puede comprar, Beatriz. Algo que... que no entenderías.
—No me salgas con poesías, Pablo Rossi. Vuelve pronto o tendré que decirle a mi padre que la fusión de las empresas no es tan prioritaria como pensábamos. Un beso, te espero.
La llamada se cortó. Pablo se quedó mirando el horizonte, sintiendo que Madrid era una jaula de cristal donde cada palabra estaba escrita en un guion.
De regreso al pueblo, pasó por la casa de los Garcés. Sofía estaba sentada en el porche, con los ojos fijos en el camino. Al verlo llegar, su rostro se iluminó, pero luego bajó la mirada, recordando lo que Bertha le había dicho sobre la "novia".
—Señor Pablo... ¿es verdad que se va a casar pronto? —preguntó Sofía con una voz tan pequeña que casi se la llevó el viento.
Pablo se detuvo. Miró la inocencia en el rostro de la joven de diecisiete años y sintió una punzada de culpa.
—Es lo que se espera de mí, Sofía —respondió él con honestidad—. En mi mundo, las cosas se planean con años de anticipación. A veces, uno olvida preguntarse si es lo que realmente quiere.
Aurora salió de la casa en ese momento, secándose las manos en un trapo. Había escuchado las últimas palabras y su mirada se encontró con la de Pablo. No hubo burla esta vez, solo una observación silenciosa.
—La cena está lista, Sofía. Entra —ordenó Aurora con suavidad. Luego se dirigió a Pablo—: Rossi, mi mamá dice que si no quiere comer la comida recalentada de la posada, se siente con nosotros. Hoy hay arepas de huevo y café recién colado.
Pablo dudó. Sabía que aceptar significaba entrar más profundo en ese mundo que lo estaba cambiando, pero el olor del café era una invitación que su corazón, cansado de voces de cristal, no pudo rechazar.
—Me encantaría, Aurora. Gracias.
Esa noche, sentado a la mesa de madera rústica de los Garcés, rodeado de las risas de Santiago y la calma de Julio, Pablo se dio cuenta de algo aterrador: se sentía más en casa en esa cocina humilde de Jurubirá que en el gran comedor de mármol de su mansión en Madrid.