Ella es obligada a tomar el lugar de su hermana en un matrimonio arreglado entre clanes de la mafia
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Prólogo El acuerdo
El salón estaba cubierto de oro, cristal y mentiras.
Del techo colgaban candelabros tan imponentes que parecían diseñados para un palacio, no para una boda que en esencia no era más que un acuerdo cuidadosamente disfrazado de unión sagrada. Las mesas, dispuestas con precisión impecable, reflejaban el poder de dos familias que no podían permitirse perder. Cada invitado, cada sonrisa, cada brindis, estaba medido con la misma exactitud que un movimiento en un tablero de ajedrez.
Y en medio de todo aquello, de pie frente al altar, estaba ella.
Ariana De Luca.

O al menos, eso era lo que todos creían.
El velo cubría parcialmente su rostro, pero no lo suficiente para ocultar la tensión en su mirada. Sus manos, entrelazadas frente a su cuerpo, no temblaban. No porque no sintiera miedo, sino porque había aprendido desde pequeña que en su mundo el miedo no se mostraba: se ocultaba, se tragaba, se convertía en silencio.
Respiró hondo, sosteniendo el aire en el pecho unos segundos, como si así pudiera contener también la realidad que amenazaba con desbordarla.
Esa no era su boda.
Ese no era su lugar.
Ese no era su nombre.
La verdadera Ariana había huido tres noches atrás.
Y nadie, salvo un puñado de hombres sentados en la primera fila, parecía dispuesto a admitirlo.
—Mantén la cabeza en alto —le había dicho su padre esa misma mañana, sin mirarla a los ojos—. Nadie debe notar la diferencia.
Como si fuera tan sencillo reemplazar a una persona por otra.
Como si ser gemelas significara ser iguales.
Ella asintió en silencio. Discutir no cambiaría nada. Nunca lo hacía. En su familia, las decisiones no se debatían: se imponían.
Y ahora, allí estaba, a punto de casarse con un hombre al que apenas había visto una vez en la vida.
Levantó la mirada con lentitud.
Él estaba frente a ella.
Alessandro Moretti.
Su nombre circulaba en susurros entre quienes sabían demasiado y hablaban demasiado poco. Decían que era implacable, que no confiaba en nadie, que había heredado no solo el poder de su familia, sino también su capacidad para destruir sin remordimiento. Algunos lo llamaban líder. Otros, algo mucho más cercano a un verdugo.
En ese momento, vestido con un traje oscuro perfectamente ajustado, parecía la encarnación misma del control. Su postura era firme, su expresión inescrutable, y sus ojos estaban fijos en ella con una intensidad que la obligó a contener el impulso de apartar la mirada.
No lo hizo.
Si algo tenía claro, era que no podía permitirse parecer débil.
El sacerdote comenzó a hablar, recitando palabras que se deslizaban en el aire sin llegar realmente a ella. Promesas, votos, fidelidad… conceptos que en ese lugar carecían de significado real. Aquello no era una historia de amor; era un contrato sellado ante testigos.
Aun así, cada palabra pesaba.
Porque aunque todo fuera una farsa, las consecuencias serían reales.
Sintió la mirada de Alessandro sobre ella, evaluándola, analizándola con una precisión inquietante. No era una mirada distraída ni superficial. Era la de un hombre acostumbrado a detectar mentiras, a encontrar grietas donde otros solo veían perfección.
Y por un instante peligroso, tuvo la sensación de que podía verla.
No a Ariana.
A ella.
Su respiración se volvió más lenta, más controlada. Si él sospechaba algo, no podía demostrarlo. No allí. No frente a todos.
—Puede besar a la novia.

La frase cayó como una sentencia.
El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que el mundo pareciera detenerse.
Alessandro dio un paso hacia ella. No hubo vacilación en su movimiento, pero sí algo distinto en su expresión. Una leve sombra, casi imperceptible, cruzó su mirada mientras alzaba la mano para apartar el velo.
El contacto fue firme, pero no brusco.
Cuando el velo cayó, sus ojos se encontraron por primera vez sin barreras.
Y entonces ocurrió.
No fue un gesto evidente ni una reacción exagerada. Nadie en la sala habría podido señalarlo con claridad. Pero ella lo sintió.
Un cambio.
Algo en la forma en que él la miraba.
Como si, en algún lugar muy profundo de su mente, una pieza no encajara del todo.
Como si supiera que algo estaba mal.
Ariana —la falsa Ariana— sostuvo su mirada sin retroceder.
Si ese era el momento en que todo podía derrumbarse, lo enfrentaría de pie.
Los labios de Alessandro rozaron los suyos en un beso breve, medido, carente de emoción… pero no de intención.
Fue un gesto formal.
Y al mismo tiempo, una marca invisible.
Cuando se separó, no apartó la mirada de inmediato. La sostuvo. La estudió.
Y en ese instante, sin necesidad de palabras, dejó claro algo que le heló la sangre:
Él no era un hombre que aceptaba las cosas tal como se le daban. Era un hombre que investigaba. Que dudaba. Que descubría.
Los aplausos estallaron a su alrededor, llenando el salón de una celebración que ninguno de los dos parecía compartir realmente.
Ella sonrió, como se esperaba de ella.
Él también.
Pero mientras los invitados brindaban por una unión perfecta, dos verdades comenzaron a abrirse paso en silencio.
La primera: ese matrimonio se había construido sobre una mentira.
La segunda, mucho más peligrosa: Alessandro Moretti ya había comenzado a darse cuenta.