Giselle O'Connor huyó de un pasado que casi la destruye y encontró refugio bailando cada noche en el club Eclipse, donde solo en el escenario logra sentirse libre. Su mundo cambia cuando la mirada fría y poderosa de Dexter Müller, el líder de la mafia más temida de la ciudad, se fija en ella. Lo que empieza como una obsesión silenciosa se convierte en un vínculo prohibido lleno de deseo, peligro y salvación.
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LA MESA DEL JEFE
El camerino huele a perfume dulce, fijador de maquillaje y nervios. Estoy sentada frente al espejo iluminado, terminando el último trazo de delineador. Hoy no debería bailar, hoy solo atenderé mesas, así que mi maquillaje es más ligero: tonos cálidos, labios nude y un rubor suave que no grita "escenario", sino "trabajo".
Me coloco con cuidado la peluca rubia.
La acomodo hacia atrás, pasando los dedos por las hebras sedosas que esconden por completo mi cabello rojizo natural. La ajusto con precisión, como he hecho por dos años, hasta que queda firme, perfecta.
Luego vienen los lentes de contacto color café.
Los pongo despacio, parpadeo, respiro.
Ahora mis ojos verdes desaparecen, reemplazados por unos cálidos y falsamente dóciles.
Milene, versión mesera.
Sin brillo, sin luces, sin escenario.
Solo una mujer más intentando ser invisible entre focos y alcohol.
—¿Lista? —pregunta Thesa apoyada en la puerta, masticando chicle con su típico descaro encantador.
—Casi —respondo mientras tomo un bastoncillo para corregir un pequeño error del delineador—. ¿Cómo pinta la noche?
Thesa entra dando un saltito, dejando que su minifalda rosa se mueva con ella.
—Pues Ross dice que tenemos un grupo VIP. Empresarios alemanes. De esos que traen guardaespaldas, relojes caros y cero paciencia.
—Perfecto —murmuro—. Justo lo que me hacía falta.
—Ay, por favor —dice ella rodando los ojos—. Tú puedes lidiar con un salón lleno de idiotas con una mano atada a la espalda.
—Con gusto lo haría si me pagaran doble.
Se ríe y se sienta a mi lado.
—¿Segura que no bailarás hoy?
—Muy segura. Ross dijo que solo atendería mesas. Además, estoy agotada. Y tengo la cabeza en otro planeta.
Thesa me mira con esa mezcla de preocupación y cariño que siempre evita poner en palabras.
—Bueno... si necesitas que te cubra, ya sabes.
Asiento, agradeciéndole en silencio.
Ross aparece en la puerta de golpe. Lleva su traje rojo, impecable como siempre, y su expresión de "hoy no tengo tiempo para tonterías".
—Milene, ¿puedes venir un momento?
—Claro.
Me levanto y la sigo por el pasillo. El club ya está abriendo y la música vibra en el suelo, como si quisiera escalar por mis piernas.
Ross susurra mientras caminamos:
—Necesito que subas al piso VIP. Llevas los licores, das la bienvenida y luego bajas. Nada más. Todavía no estás en turno de baile.
—Perfecto —digo, aunque me tensan los VIP. Siempre traen miradas demasiado largas.
Caminamos hasta la barra especial. Ross señala una bandeja llena de botellas: vodka premium, champaña francesa, whisky carísimo.
—Esto va para la mesa del empresario. Llegaron hace cinco minutos. Comportamiento elegante, profesional y con distancia. Ya sabes cómo.
—Como siempre —respondo.
Tomo la bandeja, respiro profundo y subo las escaleras con pasos medidos, cuidando que los tacones no hagan ruido excesivo.
Cuando llego al piso VIP, lo primero que observo es el ambiente distinto: luces más tenues, música más baja, hombres con trajes oscuros conversando en tonos graves.
Tienen un aura... peligrosa.
Una que conozco demasiado bien.
Pero no aparto la mirada. Solo hago mi trabajo.
—Buenas noches —digo con voz suave pero firme, mientras dejo la bandeja en la mesa principal—. Bienvenidos a Eclipse. Soy Milene y estaré atenta a lo que necesiten.
Algunos levantan la vista.
Unos sonríen con interés.
Otros simplemente no me miran.
Hasta que veo a Lía acercarse desde el otro lado del salón. Camina elegante, con un vestido rojo que parece pintado sobre su piel. A su lado, un hombre rubio, alto... demasiado alto... avanza con ella.
Él no sonríe.
No habla.
Solo observa la sala como si le perteneciera.
Es musculoso, imponente, con la mandíbula marcada, hombros anchos y una presencia que corta el aire a su paso. No lleva tatuajes, ni un solo rastro de tinta en esa piel tan clara que parece hecha para el pecado.
Sus ojos...
Ojos avellana.
Brillantes, serios, peligrosos.
Por un segundo —solo uno—, nuestras miradas se encuentran.
Una chispa extraña, casi eléctrica, cruza el espacio entre nosotros.
Pero él sigue caminando, entrando a una sala privada.
Yo me quedo allí, respirando hondo.
Es solo otro cliente, me digo.
Nada más.
—Disfruten la noche —termino con un gesto profesional.
Bajo del VIP con pasos firmes que esconden el pequeño temblor en mis manos.
Estoy detrás de la barra guardando algunas copas cuando Ross se acerca apresurada, con el gesto tenso, casi alarmado.
—Milene, cambio de planes. Miriam no vendrá. Está enferma. Muy enferma.
—¿Qué? Pero Miriam tiene el show de medianoche...
Ross suspira profundamente.
—Y necesito que la reemplaces. Hoy.
Me quedo en silencio.
Trago saliva.
—Yo... Ross, hoy no iba a bailar.
—Lo sé, corazón, pero no tengo a quién más poner. Y tú conoces su rutina, la energía, el ritmo... Además, los VIP ya preguntaron por el espectáculo de medianoche.
Miro a mi alrededor.
Al ruido.
A las luces.
A las miradas.
Respiro.
—Está bien. Dame veinte minutos.
Ross me aprieta el hombro con alivio.
—Gracias. Sabía que podía contar contigo.
Me encierro en el camerino.
Cierro la puerta.
Respiro tres veces.
Y comienzo a transformarme.
Me quito el uniforme de mesera, dejando mi piel desnuda frente al espejo.
Me aplico brillo, más delineador, sombras plateadas.
Me ruborizo las mejillas hasta que parezcan arder.
Abro mi locker y saco el traje plateado.
Es ajustado, brillante como un pedazo de luna.
Me lo pongo despacio, sintiendo cómo se pega a mis curvas, cómo se adapta a mi cuerpo como una segunda piel.
Luego tomo las medias negras.
Los tacones altos.
El collar que solo uso en noches importantes.
Finalmente, me paro frente al espejo iluminado.
La estrella del Eclipse.