Renace en un mundo mágico, en un matrimonio sin amor, pero decidida a cambiar su destino.
* Esta novela es parte de un mundo mágico *
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Cripta
Cuando Helen regresó a la mansión Opathi, lo hizo con el rostro impasible y el paso firme. Atravesó los salones sin saludar, sin detenerse ante nadie. Los criados se apartaron a su paso como sombras obedientes.. nadie se atrevió a llamarla, nadie osó preguntarle nada. Había algo distinto en su presencia, una frialdad elegante que imponía distancia.
Subió a sus habitaciones y cerró la puerta.
Ese día no existió para la mansión.
Al día siguiente, el destino o quizá la ironía.. quiso que se encontrara con Claud en uno de los corredores bañados por la luz de la mañana. Él se mostró sorprendentemente amable, con una sonrisa ensayada y un tono suave que no coincidía con sus actos pasados.
—Helen.. pensé que tal vez podríamos salir a pasear hoy. El clima es agradable.
Ella lo observó apenas un instante. Lo suficiente para medirlo. Para confirmar que seguía siendo el mismo hombre superficial, convencido de que una cortesía bastaba para borrar humillaciones.
—No.. Iré a la cripta de la familia Lewis. Quiero orar por mi padre.
La mención del barón Lewis hizo que Claud parpadeara, sorprendido, pero reaccionó rápido. Demasiado rápido.
—Por supuesto.. Enviaré una corona de flores a la tumba de mi suegro. Es lo correcto.
[qué conveniente eres cuando te conviene parecer respetuoso]
Helen asintió levemente, sin agradecerle, sin añadir nada más. Se disponía a seguir su camino cuando Claud dio un paso al frente, acercándose demasiado. Ella percibió la intención antes de que ocurriera.. él inclinándose, buscando un gesto íntimo, un beso público que fingiera una armonía inexistente.
Justo en ese instante, Helen tosió.
Fue una tos breve, seca, perfectamente colocada. Lo suficientemente fuerte como para obligarlo a detenerse, a retroceder un poco, a recomponer su expresión.
—Disculpa.. El aire de la mansión es algo pesado por las mañanas.
Claud quedó suspendido en una incomodidad silenciosa, con el gesto congelado y la sonrisa forzada. Helen no esperó respuesta. Pasó a su lado sin mirarlo, dejando atrás no solo al hombre, sino la ilusión de control que él creía tener.
Mientras avanzaba hacia el carruaje, una certeza se afianzó en su interior..
[diez días… y ni uno más te permitiré acercarte]
La cripta, las flores, las cortesías falsas… todo formaba parte del juego.
Y Helen Lewis ya había aprendido a jugarlo mejor que él.
La cripta de la familia Lewis se alzaba en un terreno silencioso, apartado del bullicio del pueblo, rodeada por antiguos árboles cuyas raíces parecían abrazar la tierra misma donde descansaban generaciones enteras. El carruaje se detuvo y Helen descendió con paso lento, como si aquel lugar exigiera respeto incluso antes de cruzar su umbral.
El aire era frío y solemne.
Las puertas de piedra se abrieron con un leve eco, y Helen entró sola. La luz se filtraba a través de vitrales antiguos, tiñendo el interior con tonos apagados de azul y dorado. Allí estaban los sarcófagos de la familia Lewis, alineados con orden impecable, cada uno grabado con nombres que habían sostenido el poder, el honor y la riqueza de la casa durante siglos.
Helen avanzó hasta el centro, frente a la tumba de su padre.
Por primera vez desde su reencarnación, no fingió. No calculó. No actuó.
Se arrodilló, apoyando las manos sobre la piedra fría, y cerró los ojos. Su respiración se volvió lenta, profunda. Las palabras no salieron de inmediato.. primero llegó el peso de la responsabilidad, luego la emoción contenida.
—Padre… de Helena.. Ancestros de la casa Lewis…
Inclinó la cabeza con respeto genuino.
—No sé por qué he despertado en este cuerpo ni por qué el destino me ha traído hasta aquí, pero honraré el nombre que llevo. No permitiré que nadie manche su legado ni se apropie de lo que construyeron con tanto sacrificio.
El silencio de la cripta parecía escucharla.
—Prometo cuidar el patrimonio Lewis.. Cada moneda, cada tierra, cada acuerdo. No solo lo protegeré… lo haré crecer. Elevaré aún más el nombre de nuestra casa, para que sea recordado con respeto y admiración, no con lástima ni abuso.
Una calma extraña la envolvió, como si aquellas palabras hubieran sido aceptadas. Como si los muros antiguos y los nombres grabados en piedra reconocieran su juramento.
Helen permaneció allí varios minutos más, orando en silencio, dejando que la determinación reemplazara cualquier rastro de duda. Cuando finalmente se puso de pie, su expresión había cambiado.. ya no era solo la de una heredera traicionada, sino la de una guardiana de un legado.
Al salir de la cripta, el sol iluminó su rostro con una suavidad casi simbólica.
[no fallaré]
Con ese pensamiento, Helen Lewis regresó al mundo exterior, consciente de que su promesa no era solo para los muertos… sino para sí misma y para el futuro que estaba decidida a conquistar.
Cuando Helen volvió a la mansión Opathi, el cansancio emocional se le había asentado en los huesos. No era un agotamiento físico, sino algo más profundo.. la carga de fingir, de medir cada gesto, cada palabra, cada silencio dentro de una casa que no sentía como suya.
Apenas cruzó el salón, llamó a una de las criadas más jóvenes, una muchacha de rostro amable y pasos silenciosos.
—Tráeme las aguas especiales para el dolor del período.. Hoy tengo esas incomodidades.
La criada no mostró sorpresa ni curiosidad. Asintió de inmediato, con la naturalidad de quien ha escuchado esa petición muchas veces en la mansión.
—Enseguida, mi lady —respondió, inclinando la cabeza antes de retirarse.
Helen subió a sus habitaciones sin prisa, cerrando la puerta tras de sí y apoyando la espalda en la madera por un instante. Exhaló despacio. En ese mundo, incluso el malestar femenino podía convertirse en una barrera social infranqueable.. nadie cuestionaba, nadie insistía, nadie se atrevía a acercarse.
[al menos cuatro días de paz]
Se sentó junto a la ventana, observando los jardines desde la distancia. Sabía que, con esa simple excusa, Claud no intentaría visitarla. No fingiría preocupación, no exigiría su presencia, no buscaría proximidad. En esa casa, el dolor femenino era incómodo… y por eso, convenientemente evitado.
[cuatro días de lejanía… cuatro días menos para soportarte]
Cuando la criada regresó con las aguas cuidadosamente preparadas, Helen las aceptó con una leve inclinación de cabeza y cerró nuevamente la puerta. El aroma suave de las hierbas llenó la habitación, creando una sensación de refugio temporal.
Por primera vez en días, Helen se permitió recostarse sin estar en guardia.
Cuatro días para pensar.
Cuatro días para planear.
Cuatro días más cerca de la anulación.
Y mientras sostenía la copa tibia entre las manos, una certeza se reafirmó en su mente..
[no necesito enfrentarte ahora… el tiempo se encargará de ti]
En la quietud de su habitación, Helen Lewis sonrió apenas, sabiendo que incluso la distancia era, en ese momento, una forma silenciosa de victoria.