Bienvenido a EL CONTRATO, una historia donde el poder, el dolor y el deseo se entrelazan en una lucha constante entre la supervivencia y el amor. Esta novela no habla solo de contratos ni de dominación, sino de heridas invisibles, decisiones imposibles y del precio que algunas personas deben pagar para proteger a quienes aman. Aquí conocerás a Monserrat Villarreal y Alexander Montenegro, dos almas marcadas por el pasado que deberán enfrentarse no solo entre sí, sino también a sus propios demonios. Prepárate para un viaje intenso, oscuro y emocional donde cada elección cambia destinos y donde el corazón siempre exige su verdad.
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ORGULLO
El silencio dentro de la oficina era tan pesado que Monserrat podía escuchar su propia respiración.
Alexander esperaba su respuesta.
Ella sentía el corazón golpeándole el pecho con fuerza, pero aun así levantó la cabeza y lo miró directamente a los ojos. No quería temblar. No quería parecer débil.
Respiró hondo.
—No.
La palabra cayó firme, como una piedra.
Alexander no se movió.
—No voy a aceptar ese contrato.
continuó ella, apretando las manos.
—No haré algo tan inmoral… tan inhumano como lo que usted tiene en mente.
Sus ojos brillaban con una mezcla de rabia y miedo.
—En esta oficina hay muchas mujeres que morirían por estar con usted bajo esas condiciones.
dijo, manteniendo la voz firme.
—pero yo no. No soy así.
Alexander la observaba sin parpadear.
—Yo seguiré haciendo las cosas como siempre las he hecho.
añadió.
—Voy a seguir trabajando, esforzándome, luchando por salir adelante. Pero jamás… jamás aceptaré esas condiciones.
El silencio volvió.
Alexander caminó lentamente alrededor del escritorio, las manos en los bolsillos, como un depredador analizando a su presa.
—¿De verdad crees que puedes seguir así?
preguntó finalmente, su voz baja.
¿Cuánto tiempo crees que te queda?
Monserrat frunció el ceño.
—Eso no es asunto suyo.
—Claro que lo es
respondió él, acercándose.
-Porque sé exactamente en qué situación estás.
Ella tragó saliva.
—Dime algo, Monserrat
continuó Alexander.
—¿Serías capaz de dejar de buscar a tu hermano?
Esa pregunta la golpeó como una bofetada.
—Nunca
susurró.
—¿Ni siquiera si fuera imposible encontrarlo?
insistió él.
—Porque siendo realistas… las probabilidades son mínimas.
Ella sintió cómo el nudo en su garganta crecía.
—No tiene derecho a decir eso.
Alexander inclinó la cabeza.
—Y tu tía… ¿serías capaz de dejarla morir?
Los ojos de Monserrat se llenaron de lágrimas al instante.
—No diga eso…
Alexander abrió un cajón del escritorio y sacó una carpeta gruesa. La dejó frente a ella.
—Léelo.
Ella dudó, pero tomó la carpeta con manos temblorosas.
Informes médicos.
Números.
Fechas.
Tratamientos.
Sus ojos se movían rápido por las líneas hasta que llegó al punto clave.
la clinica privado dejaría de cubrir el tratamiento en pocas semanas si no se realizaba un pago mayor.
Y un hospital público… no aceptaría mantenerla conectada a las máquinas necesarias.
Las palabras parecían borrosas.
—No…
murmuró.
—Esto es lo que va a pasar.
dijo Alexander con voz calma.
—En unas semanas, si no pagas, tu tía y su esposo perderán el soporte médico que los mantiene vivos.
Monserrat sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies.
Las lágrimas comenzaron a caer sin permiso.
Alexander la observaba sin suavizar la expresión.
—No estoy inventando nada
continuó
—Esa es la realidad.
Ella cerró la carpeta de golpe.
—Yo… encontraré la manera.
—¿Cómo?
preguntó él, directo.
—¿Trabajando horas extra?
¿Con préstamos que ya no te aprueban?
¿Con un sueldo que apenas cubre tus gastos?
Cada palabra era una cuchilla.
Monserrat apretó la mandíbula.
—Yo voy a resolverlo.
dijo, aunque su voz se rompía.
Alexander dio un paso más cerca.
—Escúchame bien.
dijo en tono más bajo.
—Lo sexual… se puede moderar. Podemos ajustar las condiciones para que no se sientan tan… extremas para ti.
Ella levantó la mirada sorprendida.
—No se trata solo de eso.
susurró.
—Se trata de lo que significa.
Las lágrimas seguían cayendo.
—Yo no soy un objeto.
Alexander la miró en silencio unos segundos.
—Nunca dije que lo fueras.
El silencio entre ellos se volvió insoportable.
Monserrat inhaló profundamente, intentando recuperar el control.
—Yo… voy a resolverlo antes de esa fecha.
dijo finalmente, con la voz quebrada.
—Lo juro.
Se puso de pie rápidamente, intentando salir antes de derrumbarse frente a él.
Caminó hacia la puerta.
Pero no llegó.
Una mano firme la detuvo.
El contacto la sorprendió.
Alexander la giró suavemente, pero con decisión, hasta dejarla contra la pared.
No fue brusco… pero sí inevitable.
El aire entre los dos se volvió caliente, denso.
Ella levantó la mirada, sorprendida.
—Alexander…
No terminó la frase.
Él se inclinó y la besó.
Fue un beso desesperado, intenso, cargado de algo que no era solo deseo.
Era frustración. Era necesidad. Era control.
Monserrat se quedó rígida al principio, los ojos abiertos de sorpresa.
El corazón le latía tan fuerte que pensó que él podía escucharlo.
Las manos de Alexander se apoyaron a ambos lados de la pared, rodeándola sin atraparla del todo.
Su boca insistía, buscando una respuesta.
Pero ella no respondió con el mismo fuego.
No lo empujó… pero tampoco se entregó.
Sus manos permanecieron inmóviles a los lados, su cuerpo tenso.
Alexander se separó apenas, respirando cerca de sus labios.
—Esta es tu única opción.
susurró.
—Deja tu orgullo de lado.
Sus ojos grises estaban oscuros, casi vulnerables.
—Porque si no… vas a dejar morir a tu familia.
Las palabras le atravesaron el pecho.
Él volvió a besarla, menos brusco esta vez, pero igual de intenso.
Monserrat cerró los ojos, sintiendo el caos dentro de ella.
No era deseo lo que sentía.
Era miedo.
Confusión.
Dolor.
Cuando finalmente él se separó, el silencio cayó como un golpe.
Ella respiraba agitada, los ojos llenos de lágrimas.
Alexander la observó unos segundos más.
—Piénsalo.
dijo con voz baja.
Monserrat bajó la mirada, incapaz de hablar.
Luego reunió fuerzas, se apartó lentamente y abrió la puerta.
Sin mirar atrás, salió de la oficina.
El pasillo estaba vacío.
Sus pasos resonaban mientras intentaba mantener el equilibrio.
El beso seguía ardiendo en sus labios.
Y la decisión… aún pesaba sobre su alma.