Me desperté aturdida en un lugar desconocído y después de una serie de acontecimientos me di cuenta que habia reencarnado en una novela, pero mi personaje no existia
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Sombras sobre la Corona
Aurelian
Mi mente no encontraba descanso.
Intenté ignorarlo. Convencerme de que solo eran sospechas infundadas. Que estaba cansado. Que la guerra me estaba haciendo ver enemigos donde no los había.
Pero no podía.
Las palabras de Amara.
Las quejas de los soldados.
Las insinuaciones de Marcos.
Y las contradicciones del rey…
Todo empezó a encajar de una forma que me helaba la sangre.
—¿Y si tienen razón…? —murmuré en voz baja.
¿Y si esta guerra era su culpa?
Cerré los ojos.
Y lo peor era esto:
No me sorprendería.
El rey nunca fue un hombre brillante. Orgulloso, sí. Ambicioso, también. Pero inteligente… no lo suficiente como para prever las consecuencias de sus actos.
Exhalé con fuerza.
Ya no podía ignorarlo.
—Saúl.
Una figura emergió desde la oscuridad de la tienda, como si siempre hubiera estado ahí.
Mi sombra.
Mi hombre más leal.
—Mi señor.
Lo miré fijamente.
—Asegúrate de ser discreto. Mantén vigilada a toda la familia real.
Hice una pausa.
—En especial al rey.
Sus ojos no mostraron sorpresa.
Nunca lo hacían.
—Quiero saber todos sus movimientos.
Saúl inclinó la cabeza.
—Como ordene, mi señor.
Y desapareció en la oscuridad.
Silencioso.
Invisible.
Mortal.
Cuando se fue, Marcos, que había permanecido en silencio, habló:
—Por fin lo estás viendo.
No respondí.
Mi mirada se perdió en el vacío.
—Marcos… —dije finalmente—. ¿Qué piensas de Mateo?
Él sonrió levemente.
—Sabes lo que pienso.
Apreté la mandíbula.
—Cumple con todo.
Cada palabra me pesaba.
—La edad. La apariencia. El temperamento.
Tragué saliva.
—Incluso la marca.
Silencio.
—¿Crees… que por fin lo encontré?
Marcos me miró directo a los ojos.
Sin dudar.
—No lo creo.
Pausa.
—Lo sé.
Mi corazón se detuvo.
—Ese niño es idéntico a ti cuando eras pequeño. Incluso tiene tu misma mirada cuando se enoja.
Exhalé lentamente.
Doce años.
Doce años buscándolo.
—Creo que deberías hacer una prueba de sangre —continuó Marcos—. Y salir de dudas de una vez.
Asentí.
—Sí.
Era lo correcto.
Era lo necesario.
Pero había otro problema.
Uno que me inquietaba más de lo que quería admitir.
—Y la chica… —dijo Marcos.
Lo miré.
Sonreía.
Maldito bastardo.
—He visto cómo la miras.
Fruncí el ceño.
—No sabes de qué hablas.
Él soltó una risa baja.
—Claro que lo sé. Te conozco desde que eras un niño.
Se cruzó de brazos.
—No es como los demás.
No respondí.
Porque tenía razón.
No lo era.
—Además… —continuó—. No existe.
Lo miré.
—No hay registros de ella. Ninguno. Es como si hubiera aparecido de la nada.
Exactamente lo que yo pensaba.
—Es sospechoso —dije.
—Sí.
Pausa.
—Pero no es mala persona.
Lo miré.
—En lo poco que hemos hablado… es agradable. Inteligente. Y los hombres confían en ella.
Eso también era cierto.
Demasiado cierto.
—¿Ya investigaste a Mateo? —preguntó de pronto.
Parpadeé.
No.
No lo había hecho.
Me había concentrado tanto en ella…
Que olvidé lo más importante.
A él.
—Tal vez él tenga respuestas —continuó Marcos—. Después de todo, se nota que la ama. Le dice mamá.
Mi pecho se tensó.
—Tienes razón.
Me levanté.
—Investígalo también.
Marcos asintió.
—Lo haré.
Se dirigió hacia la salida, pero antes de irse, se detuvo.
—Duerme un poco, Aurelian.
Lo miré.
—Mañana hay una batalla que continuar.
Pausa.
—Y secretos que descubrir.
Cuando se fue, me quedé solo.
En silencio.
En oscuridad.
Y por primera vez en doce años…
Tenía miedo de la respuesta.
Porque si Mateo era mi hermano…
Entonces alguien me lo arrebató.
y cuando lo descubra no tendre compasion por su micerable vida.
pensó que podría pero ya demostró Aurelian su potencial y que Amara no es una muñeca de decoración allá gobernará como igual a Aurelian no será una muñeca de adorno