Cassidy Boone era ladrona, pistolera y la mujer más buscada al oeste del Mississippi. Murió con una bala en la espalda por culpa de un imbécil y un reloj de oro.
Despertó en el siglo XXI.
En un hospital. En un cuerpo que no era el suyo. Noventa kilos, papada, moretones en los brazos y un tubo metido por la nariz.
El cuerpo pertenecía a Emilia Montero: heredera de un imperio millonario, casada con un hombre que la despreciaba, traicionada por su mejor amiga, y recién salida de un coma después de que alguien intentara matarla y lo hiciera parecer un suicidio.
Emilia se fue.
Lo que despertó en su lugar es mucho peor.
Cassidy no sabe usar un teléfono, no entiende qué es un EBITDA y le tiene desconfianza a los autos. Pero sabe leer mentirosos, sabe cuándo alguien esconde un as bajo la manga y sabe pelear sucio. Tiene doce meses para descubrir quién la quiso matar, recuperar la fortuna que le están robando y destruir al marido estafador y a la amiga trai
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CAPÍTULO 22: La noche del whisky.
Pasó un miércoles por la noche, sin aviso, sin razón aparente.
Cassidy estaba en el despacho revisando contratos que Valentina le había pedido cuando abrió el tercer cajón del escritorio y encontró la botella. La misma que había descubierto semanas atrás, la primera noche que se encerró ahí. Whisky caro, de etiqueta dorada, a medio tomar.
La agarró. Le quitó la tapa. Olió.
Y algo se le rompió adentro.
No fue el olor del whisky. Fue lo que el olor le trajo. Porque el whisky de esta época olía igual que el del Viejo Oeste: a madera quemada, a grano fermentado, a noches largas en saloons con techo de lámina donde el humo de los cigarros te picaba los ojos y la música de un piano desafinado te arrullaba mientras contabas las monedas del último golpe.
Le dio un trago largo. El ardor le bajó por la garganta y le calentó el pecho y de golpe estaba ahí otra vez. En Arizona. En los caminos de tierra roja. En la vida que ya no existía.
Segundo trago.
Billy el Tuerto. Murió en una emboscada en Yuma. Le dispararon tres veces y siguió cabalgando medio kilómetro antes de caerse del caballo. Tenía veintiún años y el único ojo que le quedaba era el más azul que Cassidy había visto en su vida.
Tercer trago.
La Colorada, que se llamaba Margaret pero nadie la llamaba así. La mejor tiradora del grupo. Le enseñó a Cassidy a disparar con la zurda por si algún día le herían la derecha. Murió de tuberculosis en un burdel de Tucson tosiendo sangre en un colchón que no era suyo.
Cuarto trago.
Roy. El maldito Roy. El que la dejó sin cobertura por un reloj de oro. Cassidy no sabía si Roy había muerto esa noche o si escapó. No lo supo nunca. Porque ella murió primero.
La botella fue bajando. El despacho se fue llenando de fantasmas.
Cassidy bebía sentada en el piso, con la espalda contra el escritorio y las piernas estiradas, porque en algún momento se bajó de la silla y no se molestó en volver a subir. El piso era frío y duro y eso estaba bien. Le recordaba a las noches en el desierto, durmiendo sobre piedras y arena, con el revólver debajo de la cabeza porque no tenía almohada.
Maté a once hombres. Bueno, trece. Dos no contaban porque fueron en defensa propia y uno era un desgraciado que se lo merecía. Trece hombres que tenían nombre y cara y probablemente alguien que los esperaba en algún lado. Trece hombres que dejaron de respirar porque yo apreté el gatillo.
Trago.
Nunca me arrepentí. Ninguno de los trece fue un inocente. Todos sabían las reglas del juego. Si sacas un arma, prepárate para que te la saquen a ti. Así funcionaba el Oeste. Así funcionaba todo.
Trago.
Pero a veces, en las noches malas, cuando el whisky se acababa y el frío del desierto se te metía en los huesos, pensabas en ellos. No con culpa. Con algo peor. Con la certeza de que un día alguien iba a pensar en ti de la misma manera. Como un nombre más en la lista de los que no llegaron a viejos.
La botella quedó en un cuarto. Cassidy tenía los ojos calientes y la nariz tapada y un nudo en la garganta que no se deshacía por más que tragara.
Y entonces lloró.
No por Emilia. No por la empresa ni por los titulares ni por Andrea ni por el veneno en el té.
Lloró por Cassidy Boone.
Por la niña de catorce años que se escapó de una casa donde el padrastro le pegaba y la madre miraba para otro lado. Por la adolescente que aprendió a robar para comer y a disparar para sobrevivir. Por la mujer que cabalgó durante once años por los caminos más peligrosos del territorio y que nunca, ni una sola vez, tuvo un lugar al que volver. Ni una casa. Ni una cama que fuera suya. Ni un ser humano que dijera «me alegro de que estés viva.»
Murió a los veinticinco con la cara en el polvo y nadie la lloró. Nadie la enterró. Nadie dijo su nombre en voz alta después de que los buitres hicieran su trabajo. Cassidy Boone desapareció del mundo como si nunca hubiera existido, y el mundo siguió girando sin notar la diferencia.
Y ahora estoy aquí. En otro cuerpo, en otro siglo, en otra vida. Rodeada de enemigos, igual que antes. Peleando sola, igual que antes. Sin un lugar al que pertenecer, igual que siempre.
Lloró con la botella en una mano y la otra en el piso frío, con las lágrimas cayéndole por las mejillas redondas de Emilia y los sollozos sacudiéndole el cuerpo gordo y suave que ya empezaba a sentir como propio. Lloró feo, ruidoso, sin dignidad, como lloran los que llevan demasiado tiempo aguantando.
El teléfono sonó.
Daniel. La pantalla brillaba en la oscuridad con su nombre y Cassidy lo miró a través de las lágrimas sin contestar. Sonó tres veces. Cuatro. Se fue al buzón.
Un minuto después, un mensaje.
«Buenas noches. Solo quería saber cómo estás.»
Cassidy agarró el teléfono. Escribió «bien» con el pulgar. Lo borró. Escribió «mal.» Lo borró. Escribió «no sé.» Lo borró.
Dejó el teléfono en el piso y se terminó lo que quedaba del whisky.
No puedes ayudarme con esto, Daniel. No puedes ayudarme porque no puedes entenderlo. No puedes entender lo que se siente morirte y despertar en otro cuerpo. No puedes entender lo que se siente cargar los recuerdos de dos mujeres que tuvieron vidas de mierda. No puedes entender lo que se siente ser un fantasma que camina y habla y come y coge y pelea pero que por dentro sigue muerta en un camino de Arizona con la cara en el polvo.
Se quedó dormida en el piso del despacho con la botella vacía al lado y el teléfono brillando con el mensaje de Daniel sin contestar.
Lucía la encontró a las seis de la mañana.
Entró al despacho a dejar unos papeles y se la encontró hecha un ovillo contra el escritorio, con el pelo tapándole la cara y la boca abierta y la botella vacía rodando a medio metro. La casa estaba fría porque alguien dejó una ventana abierta y Cassidy temblaba en sueños.
Lucía no la despertó. Fue al armario del pasillo, sacó la manta más gruesa que encontró y se la puso encima con cuidado, metiéndole los bordes debajo del cuerpo para que no se le escapara el calor. Le apartó el pelo de la cara. Le quitó la botella vacía y la tiró a la basura.
Se quedó un momento mirándola. La mujer que le había triplicado el sueldo, que la había sacado de la cocina y la había convertido en su mano derecha, que peleaba contra el mundo entero sin pedir ayuda y sin mostrar debilidad. Hecha un ovillo en el piso, con la cara hinchada de llorar y temblando de frío.
Lucía le puso la mano en el hombro. Despacio. Sin apretar.
—Duerma, señora —susurró—. Yo cuido la puerta.
Salió del despacho, cerró con cuidado y se sentó en el pasillo con la espalda contra la pared y el cuaderno en el regazo.
No anotó nada.
Algunas cosas no se anotan. Se guardan.
toy segura que Daniel en cuál querer situación elegirá a cassidi
Rodrigo Reyes tu hijo se pondrá en contra tuya.
Amo a Cassidy y a Daniel 💖💖💖💖💖