Morí siendo una escritora de novelas mediocres…
solo para despertar dentro de la peor de mis historias.
Ahora soy Ciel Rousla, la “princesa tonta”: hermosa, ingenua… y destinada a ser traicionada y devorada por bestias.
En la historia original, confiaba ciegamente en su “amable” hermana, la hija ilegítima que todos adoraban, mientras tres poderosos prometidos la controlaban bajo la excusa de protegerla… hasta abandonarla en su peor momento.
Pero esta vez es diferente.
Yo conozco el final.
Sé quién me manipula.
Sé quién me traicionará.
Y sé que cada sonrisa a mi alrededor… es una mentira.
Ya no seré la princesa ingenua.
Aunque tenga que enfrentar a la “santa”, romper mis propios lazos y cambiar todo lo que escribí…
Voy a sobrevivir en este mundo bestia
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Capítulo 18: El banquete donde nace la guerra
Había pasado una semana desde aquella conversación entre Ciel y Erina. Siete días en los que ninguna se buscó, pero ambas se prepararon. El castillo no había estallado… pero por dentro, todo se estaba acomodando para lo inevitable.
El banquete fue anunciado bajo el nombre de Erina.
No como celebración.
Como declaración.
Y todos lo entendieron.
El gran salón estaba lleno como nunca. Duques, archiduques, marqueses, ministros… cada figura importante del imperio estaba presente. No por respeto, sino porque sabían que esa noche tendrían que elegir.
El primero en entrar fue el emperador Leonarno, acompañado por la emperatriz Luna. Detrás de ellos venían los otros dos consortes: Lord Valerius D’Argent, elegante y calculador, y el general Draven Kaelor, cuya sola presencia imponía silencio.
Tres figuras de poder.
Tres influencias.
Tres posibles caminos.
Las miradas cambiaron cuando entraron ellas.
Ciel apareció vestida de azul marino, elegante, firme, con Kael a su lado. No buscaba atención, pero la dominaba. Poco después entró Erina, perfecta, intocable, acompañada por Aerin y Darius.
Ahí quedó claro.
Los bandos comenzaban a formarse.
El murmullo creció apenas, contenido, peligroso.
Los nobles empezaron a moverse, no como invitados, sino como jugadores. El duque Rheinhardt Velkan fue uno de los primeros en acercarse a Ciel, midiendo cada palabra.
—Princesa, el norte valora la estabilidad.
Ciel lo miró sin sonreír.
—Y la tendrá.
No prometió más.
No lo necesitaba.
A unos metros, la archiduquesa Marla observaba en silencio, sin decidir aún. Mientras tanto, el ministro Edric Solvain dudaba, mirando a ambos lados, intentando mantenerse en equilibrio.
Error.
—
En medio de ese movimiento, Leonarno se acercó a Ciel.
No como emperador.
Como padre.
La observó con detenimiento, como si comparara lo que fue con lo que tenía enfrente.
—De pequeña eras tierna… amable… astuta.
Ciel no dijo nada.
—Nunca hacías daño… a menos que te lo hicieran primero.
El ruido del salón parecía apagarse alrededor.
—Hace tres años… no eras así.
Pausa.
—Querías dañar por dañar.
Ciel sostuvo su mirada.
—Pero ahora…
Leonarno dio un leve suspiro.
—Ahora pareces saber lo que haces.
Eso no fue crítica.
Fue reconocimiento.
—Te necesito.
La frase cayó directa.
—Ayúdame.
Ciel sintió el peso de esas palabras. No era simple afecto. Era poder. Era responsabilidad.
“Es cierto… no soy la misma.”
“Soy una reencarnada…”
“Tengo culpa…”
“Y voy a cambiar muchas cosas…”
Cerró los ojos un instante.
“Pero ahora…”
“sí necesito su ayuda.”
Abrió los ojos.
—Solo esta vez.
No fue sumisión.
Fue elección.
Leonarno sonrió levemente.
—Eso es suficiente.
—
Al otro lado del salón, Erina observaba la escena.
Su padre, Lord Cassian Viremont, se inclinó apenas hacia ella.
—Este es tu momento.
Erina no apartó la mirada de Ciel.
—Es hora de brillar.
Pausa.
—Quitarle el lugar a esa mocosa.
Su voz era baja, pero cargada de ambición.
—El trono debe ser tuyo.
Erina no respondió.
—Te daré poder.
—Ministros.
—Apoyo.
—Todo lo que tengo.
Pausa.
—Y cuando tengas la corona…
—yo tendré aún más.
Eso no era amor.
Era alianza.
Erina cerró los ojos un segundo.
—Lo haré.
No por él.
Por decisión propia.
—
Desde lo alto, la emperatriz Luna observaba en silencio.
Sin intervenir.
—Mientras mis otras hijas no se metan…
Pensó.
—veré quién merece ganar.
Para ella…
esto no era familia.
Era selección.
—
El banquete continuó, pero ya nadie comía tranquilo. Cada conversación era una negociación, cada mirada un cálculo. Algunos se acercaban a Ciel, otros a Erina, otros intentaban mantenerse neutrales.
Pero la neutralidad no duraría.
Erina lo vio.
Antes que todos.
El marqués Tiberon Hale hablaba con ambos lados, sonriendo, prometiendo sin comprometerse.
Un error.
La copa fue servida como cualquier otra. Una sirvienta se acercó con naturalidad, sin levantar sospechas.
El marqués la tomó.
Bebió.
Y minutos después…
su voz falló.
Su cuerpo cedió.
Y cayó.
El salón se congeló.
Silencio absoluto.
Un asesinato.
En medio del poder.
Erina dio un paso al frente, con calma perfecta.
—Qué desafortunado.
Su voz fue suave.
—Parece que el marqués… no supo decidir a tiempo.
No fue una excusa.
Fue una advertencia.
El mensaje fue claro.
Aquí…
no elegir…
era morir.
—
Las reacciones no tardaron.
El duque Velkan volvió a Ciel.
—El norte ya decidió.
Del otro lado, el ministro Edric bajó la mirada y caminó hacia Erina.
Aerin sonreía.
Darius observaba en silencio.
Kael no se movía del lado de Ciel.
Los consortes también comenzaron a inclinarse.
Valerius se acercó a Erina, claramente interesado en su ambición.
El general Draven aún dudaba, pero su mirada iba más hacia Ciel.
Leonarno ya no necesitaba decir nada.
Su postura hablaba por él.
—
Cuando el banquete terminó…
no terminó.
Porque esa noche no cerró nada.
Lo abrió todo.
—
Ciel lo entendió.
Erina también.
—
La guerra ya no era privada.
Era del imperio.